Cuando Walli, Malek, Moussa y Lamine -nombres ficticios para proteger su identidad- llegaron a Canarias lo hicieron con miedo, incertidumbre, y al mismo tiempo con ganas de empezar una nueva vida. La primera barrera de las muchas con las que tropezaron, fue la lengua, muy diferente a la que hablaban en Mali.
Pasó un tiempo, aterrizaron en Puerto de la Cruz, donde viven actualmente, y aunque entre ellos se comunican en su idioma, se defienden en un español que perfeccionan cada día gracias a las clases que impulsa el área municipal de Participación Ciudadana y el colectivo Aquí estamos migrando con el objetivo de concienciar sobre la migración y fomentar la inclusión social en la comunidad.
Los beneficiarios son una veintena de jóvenes varones malienses, gambianos y senegaleses de entre 16 y 17 años que dos días a la semana, en concreto, lunes y miércoles, asiste a las clases en el pabellón de Deportes Miguel Díaz Molina para dominar una herramienta fundamental para su día a día y la clave para abrirse puertas y un futuro: el dominio del idioma.
El proyecto comenzó en enero y se retomó la pasada semana. En la primera clase de esta segunda parte contaron qué les gustaba de Tenerife, cómo pasaron el verano, si habían hecho nuevas actividades, sumado amigos o “alguna novia”, mientras reían, se esforzaban por escribir correctamente y prestaban atención a las indicaciones de Emma Servando, su profesora.
La clase sirvió para retomar el contacto tras las vacaciones, contar lo que habían hecho y hablar sobre la despedida de un compañero que había conseguido asilo.
Uno de ellos contó que durante el verano había tenido una novia. Se llama Anabella, es alemana, la conoció en el muelle y se comunicaban “un poco en español y otro en alemán”, y ahora que ella regresó a su país mantienen el contacto a través de las redes sociales.
Además de su origen, son muchas las cosas que comparten entre ellos. Desde el deporte, porque a todos les gusta el fútbol, hasta la comida. Este verano probaron la pizza en todas sus versiones, cuatro quesos, margarita y de pollo, y no dejaron de alabarla.
Pero también los unen los valores. Cuando tenían que contar qué era lo que no les gustaba, la mayoría confesó que “los problemas y las peleas”, ya que son personas que evitan cualquier tipo de conflicto.
Son muchos los y las expertas que señalan que el lenguaje es el requisito fundamental para la integración y que esta es mucho más fácil de conseguir si se dominan las habilidades lingüísticas del país de acogida, algo que puede resultar muy complicado si su idioma no comparte la misma familia lingüística, como es el caso de las lenguas africanas, con una gran variedad.
La mayoría habla hasta tres porque la migración dentro de África es muy común. Todas tienen una similitud y se suelen entender entre ellos. Además, dominan el francés, se defienden en inglés, y alguno hasta “chapucea” el alemán.
No es casual que la mayoría aprenda español fácilmente y de manera rápida. Donde todavía queda trabajo por hacer es en la escritura, ya que cuando se desconoce el idioma “se copia sin entender y cuesta más escribir, y por ello, lo ideal es comprender antes de transcribir palabras”, explica Emma.
Los jóvenes son conscientes que deben dominar la lectura y la escritura para poder integrarse y tener oportunidades laborales. Emma intenta enseñarles palabras que le sean útiles y que escuchen en su día a día, como pasaporte, papeles, cita, o médico, por poner algunos ejemplos, porque de ese modo les resultará más fácil empezar a escribir.
Algunos de ellos no han estado escolarizados y por eso su forma de aprender es totalmente diferente. “La clase es compleja porque hay varios niveles y es difícil transmitir desde una perspectiva académica estricta conceptos sobre el idioma”, puntualiza la docente.
Para facilitarles el aprendizaje Emma se centra en cada uno de los alumnos que acude a su clase, fomenta el espíritu de grupo en un espacio seguro, en el que se sientan tranquilos, y la conexión con y entre ellos.
Y aunque no comprendan el idioma, rescata lo más importante, la actitud y las ganas que tienen de aprender una lengua tan diferente “a la vez que se enfrentan a otras formaciones y a una vida autónoma desde temprana edad y estando lejos de su casa”, puntualiza.
La integración es mucho más que el lenguaje y requiere la implicación de toda la sociedad. “Estos chicos aportan un montón de valores, como el esfuerzo, la dedicación al trabajo y las ansias que tienen de aprender, en este caso, el español. Solo por eso merecen tener más de una oportunidad”, considera la profesora.
“Hay que tener en cuenta su bienestar psicológico”
La pasada semana el concejal de Participación Ciudadana, David Hernández, les dio la bienvenida a los jóvenes, les preguntó cómo habían pasado el verano y se interesó por saber cómo estaban y la manera en la que habían llegado a la Isla.
Hernández recalcó que el objetivo final de este proyecto, que abarca otros ámbitos además de la alfabetización, “es garantizar que el proceso de integración de los migrantes sea lo más humano posible, teniendo en cuenta el aprendizaje académico y el bienestar psicológico y emocional”.





