La voz se corría por La Gomera, la noticia de que Martinillo, que había emigrado clandestinamente a Venezuela en el “Estrella Polar”, con otros dieciocho valientes, había enviado tantas pesetas. “Martinillo mandó este mes mil pesetas”, decían unos; “Martinillo el mes pasado giró dos mil quinientas pesetas”, comentaban otros. Lo cierto es que empezó la especulación, el negocio y también, cómo no, la ilusión en los años del hambre y de la persecución política. Y Venezuela era la panacea, el nuevo paraíso americano. Con lo que me contó Carlos Jara Mesa en Los Limoneros podría escribir una novela. Pero otros han relatado antes que yo esta historia sin límites. “Aunque con algunas equivocaciones”, asegura mi interlocutor, pasajero del “Telémaco”. Era el tripulante más joven, 17 años, de un motovelero, casi centenario entonces, que el 9 de agosto de 1950, cuando sus 171 pasajeros y tripulantes partieron de Valle Gran Rey, pretendía llegar a La Guaira. El próximo 2 de diciembre, Carlos cumplirá 93 años. Está muy sordo, pero con la cabeza como una puncha. Solo una mujer iba a bordo, Teresa García Arteaga, recién casada por poderes, “a la que todo el mundo respetó”, me dice mi interlocutor. “Ella tenía papeles porque su marido ya estaba en Venezuela y la reclamó”. Y un gato. Y una curiosidad, entre tantas: su padre, Juan Jara Santos, que le acompañó en el viaje, era el más viejo a bordo, con 57 años. Cuando llegaron a Martinica, antes de arribar a La Guaira, no quedaba nada de las pellas de gofio con miel que su padre y Carlos habían llevado como provisión de emergencia. En realidad, no quedaba nada de nada a bordo.
-¿Qué fue del gato? –le grito a Carlos.
“Se lo llevó el temporal”.
-¿Cómo se organizaban 171 personas en un barco con capacidad para veintipocas?
“Como podíamos. Acabamos organizándonos por pueblos: los de Alojera, los de Hermigua, los de Valle Gran Rey. Nos turnábamos en las faenas del barco, en la elaboración de la comida, en la limpieza, en el reparto del agua, etcétera”.
-¿Hay héroes en el viaje del “Telémaco”?
“Para mí el héroe fue Benjamín Ascanio. Y se le hizo una gran injusticia, porque lo repatriaron creyéndolo miembro de la tripulación. Y él había pagado su pasaje, como todos los demás. Cuando lo devolvieron a España sentí mucho dolor, porque Benjamín sí tenía problemas con las autoridades españolas, por razones políticas”.
-¿Por qué dices que fue un héroe, Carlos?
“Cuando el 30 de agosto, un par de días después del temporal, divisamos el “Campante”, el petrolero español que nos auxilió lanzándonos arroz, aceite y agua, Benjamín se ató una cuerda a la cintura y se lanzó a un mar lleno de tiburones a recoger las viandas. Fue un valiente y gracias a su actuación sobrevivimos”.
-¿Cómo fue lo del “Campante”? Algunos critican la labor de su capitán, que no quiso subirlos a bordo.
“Improvisamos una bocina con unas latas y nos dirigimos a gritos al capitán. Nos vio tan desarrapados que no quiso hacerse cargo de nosotros. Sospechaba. Pero sí nos lanzó las provisiones y el agua, atadas a unas boyas, que nos salvaron la vida. Tengo que hablar de ese rescate”.
-Pues adelante.
“Detrás del petrolero venía una gran cortina de agua, como yo nunca había visto nada igual. Habíamos pasado por dos temporales, uno terrible. Todo se fue al mar: agua, comida, hasta el pobre gato. Cuando el buque se nos acercó vi que de pronto desaparecía entre aquella tromba de agua. Luego entendí que había girado para no embestirnos. Lo di todo por perdido, nos invadió la tristeza, no sabíamos dónde estábamos (en realidad, a unas 200 millas de Barbados y a unas 400 de Martinica)”.
-¿Qué ocurrió después?
“Cuando volvió a acercarse el petrolero al “Telémaco” nos dijeron que habían comunicado por radio con las autoridades de Barbados y que enviaban un remolcador a rescatarnos, que permaneciéramos en nuestras coordenadas. Pero los que gobernaban el barco no querían caer en poder de los ingleses de Barbados, sino de las más flexibles y hospitalarias autoridades de Martinica. Y no le hicieron caso al capitán del “Campante”. Seguimos rumbo a Martinica, pero sin seguridad alguna de estar en el trayecto correcto. La verdad es que el navegante, que era del Puerto de la Cruz, acertó”.
-¿Cuánto pagaste por el viaje?
“El pasaje costaba entre 3.000 y 5.000 pesetas. Mi padre y yo, pues ya lo ves, 10.000 pesetas. Algunos entregaron un cochino, otros una vaca y así se fueron añadiendo provisiones, que el mar se llevó después”.
-Con 10.000 pesetas se compraba entonces una casa buena y una finca.
“Pues claro que sí. Mi padre había viajado a Cuba en el famoso “Valvanera”, que naufragó entre Santiago y La Habana, pero él se quedó en Santiago y no vivió aquella tragedia”.
-Joder, Carlos, cualquiera se habría metido en un barco con tu padre.
(Se echa a reír. El Valvanera naufragó en la travesía entre Santiago de Cuba y La Habana, en 1919, a causa de un temporal y murieron 488 personas, en la mayor tragedia de la marina civil española. El motovelero “Telémaco” tenía –oficialmente—27 metros de eslora, seis de manga y seis de calado. Sus pasajeros llegaron a beber el agua que chorreaba de las velas durante las lluvias que soportaron. Llenaban sus cacerolas y los botes vacíos de leche condensada que llevaban (“pero yo nunca los vi”, asegura Carlos). “Era la primera vez en mi vida que bebía agua fría”, confiesa mi interlocutor. Cuando sobrevino el gran temporal navegaban a vela, a unas cinco millas por hora. Carlos duda de las dimensiones del barco. “Yo creo que tenía 16 metros de eslora y cinco de manga, no más”).

-Cuéntame cómo era La Gomera entonces.
“Mira, cuando yo subí al “Telémaco”, con 17 años, no había viajado en coche más de 20 minutos en esos años de mi vida. Para abordar el barco fuimos en bote de remos desde Alojera a Valle Gran Rey. Salimos de allí porque en esos pueblos no había Guardia Civil. Yo no tenía ideas políticas, sabía quién era Franco, pero poco más. Me salvé de que me llamaran a filas porque tenía la misma edad que Carmencita Franco y el general había decretado que los de la quinta de su hija no harían el servicio militar, o eso decían. Y así escapé”.
-¿Cuánto tiempo estuviste sin volver a tu tierra?
“Treinta años”.
-Y ahora vuelves, invitado por tus nietos, y estás deseando regresar a Venezuela.
“Es que mi país es Venezuela. Yo quiero estar allí. Y, además, mi mujer, Margarita Noda Medina, que también es emigrante gomera, de Alojera, me está esperando. He venido con mi hija Aida, a saludar a la familia”.
-Carlos, ¿en qué has trabajado todos estos años?
“En la agricultura, en la construcción, en varias labores. Cuando arribamos a La Guaira, el 16 de septiembre de 1950, después de que en Martinica nos dieran gas-oil para el motor y víveres y mapas para orientarnos, estuvimos varios días fondeados en el puerto hasta que nos trasladaron a La Orchila en un remolcador y en un barco de guerra. Allá por noviembre, a la mayoría nos concedieron la cédula y pudimos trabajar. A mí me mandaron a Carabobo”.
(Su mujer le dio tres hijas, una de ellas, ya citada, es quien los cuida ahora. Viven en Catia la Mar, estado de Vargas, al que creo que le han cambiado el nombre por Estado de La Guaira. Carlos nació y se crio en Alojera y no es que haya olvidado a su tierra, “pero Venezuela tiene como una especie de imán para mí”, me dice. “Venezuela imán” es una novela de José Antonio Rial, otro emigrante de tan grato recuerdo, periodista, que fue redactor-jefe de El Universal y a quien yo prologué uno de sus libros. Dice Carlos que nadie se tiró al agua cuando llegaron a La Guaira para huir de la policía. Que es mentira. Sólo se conjuraron para contestar que no a todas las preguntas, pero al final los guardias nacionales lograron identificar a la tripulación para repatriarla y a algunos pasajeros tomados injustamente como tripulantes, sin serlo, como el citado Benjamín Ascanio. A ver si me aclaro con las fechas, porque hay lagunas. El 9 de agosto de 1950 parte el “Telémaco” de Valle Gran Rey y el 16 de septiembre llega a La Guaira, después de la obligada escala en Martinica, donde permanecieron seis días. Pensaban hacer la travesía en 20 días. Puede que Carlos no tenga las fechas muy claras. El 12 de noviembre dice que ya estaba en Carabobo, liberado de La Orchila. En realidad, ¿qué importa?).
-¿Cómo viviste la llegada a Martinica?
“Fue curioso, porque tras divisar el faro del Roque del Diamante, al sur de la isla francesa, veíamos, al hacerse de día, las corrientes de agua que bajaban por los barrancos y nosotros sin una gota en el barco, porque nos la habíamos bebido toda ya, la que nos lanzó al mar la tripulación del “Campante”. Dimos toda la vuelta a la isla porque no encontramos el muelle, y eso que lo teníamos al lado, hasta que apareció ante nuestros ojos”.
-¿Tú habías estudiado algo en La Gomera?
“Sí, yo sabía leer y escribir, pero no muy bien. En el barco había gente ilustrada, como el farmacéutico de Hermigua, que era el que ponía las inyecciones a bordo, también emigrante, seguramente por razones políticas, no sé”.
-¿Has perdido contacto con los pasajeros de la odisea?
“Es que quedamos pocos, creo que cuatro. Dos en Venezuela y otros dos aquí, me parece. Pero allí algunos nos reuníamos de vez en cuando”.
-¿Y qué fue de Teresa?
“Pues se quedó viuda y murió en un asilo, según me han dicho; la pobre”.
-Su pañuelo creo que fue providencial para que los divisara el “Campante”. ¿Es verdad?
“Puede serlo. Martín Pérez, que era también timonel, al que ataron cuando el temporal para que no se lo llevara el mar, amarró el pañuelo de Teresa a un palo y empezó a hacer señas al petrolero, alongado y subido a uno de los palos del barco. Nos vieron y así comenzó el auxilio que probablemente nos salvó; también intercambiaron señales en morse, con linternas. Sin agua ni comida no habríamos sobrevivido”.
-¿Tu patria es España?
“Mi patria es Venezuela, aunque yo soy español”.
-¿Quién mandaba a bordo?
“Varios, yo creo que Fortunato, los Asensio. Recuerdo nombres, Cristóbal Suárez, timonel: Santiago Jerez, patrón. Algunos de ellos fueron repatriados, no pudieron quedarse”.
-¿Lo volverías a hacer?
“Yo encontré una patria. Aquí no había porvenir. Nos hundieron las plantaciones de tomates en el sur de Tenerife. Entonces dejaron de comprar tomate gomero para el consumo en las islas. Y se acabó el negocio y también la vida”.
(Me voy de Los Limoneros con pena. Esta gente extraordinaria forjó nuestra emigración. No hay que compararla con ninguna otra, no sería justo. El canario se fue a América a sobrevivir, a ayudar a la forja de un país y a salvar de la pobreza a Canarias. Lo consiguió. Por eso, en la puerta de una casa en Valverde (El Hierro), vi un día una inscripción, que dice: “Gracias, Venezuela”. Carlos está, desde ayer, en Catia la Mar, en su casa. Un abrazo, amigo).





