Una negligencia médica dejó a Susana postrada en una cama hace cinco años, sin apenas movilidad, a lo que se unió, además, la pérdida total de visión de un ojo. Desde entonces, la vida de esta chicharrera de 39 años, madre de un joven de 19, cambió radicalmente, lo que la llevó a las puertas de una depresión que la arrastró casi al borde del suicidio.
Tras acudir a rehabilitación, Susana comenzó poco a poco a desplazarse por su casa en silla de ruedas, aunque su “cárcel en vida” se acrecentó cuando las barreras arquitectónicas del propio edificio en el que reside, ubicado en la calle San Vicente Ferrer del barrio de El Toscal, junto a las de la citada vía, le hicieron casi imposible salir de su casa.
Tras largos años tocando en la puerta de organismos públicos y de pedir ayuda a distintas áreas municipales, hace una semana, gracias a la intervención de la concejalía de Servicios Públicos del Ayuntamiento de Santa Cruz, con Carlos Tarife al frente, que Susana siente que ha vuelto a la vida. “Nadie me ha hecho caso durante este tiempo, por lo que estoy muy agradecida a Tarife que ha sido el único que se interesó por mi caso y vino a verme, junto a un técnico, para poder comprobar la realidad del día a día al que me enfrentaba”, relata la vecina.
Tras una pequeña obra acometida en la calle donde reside, en la que se rebajó la acera y se añadió una zona de estacionamiento para el vehículo de movilidad reducida (PMR) de Susana, anexa a su vivienda, ahora se siente más libre para salir y realizar las gestiones diarias, como ir al supermercado o a la farmacia, tras haber logrado sortear un largo infierno de reclamaciones.
No obstante, apunta, “aún queda pendiente la accesibilidad en el edificio donde vivo, ya que tengo denunciada a la comunidad de vecinos, porque desde el ascensor hasta el portal no hay rampas para desplazarme en la silla de ruedas. Algo que solo puedo hacer con la ayuda de mi hijo, que me tiene que cargar en brazos hasta la calle o hasta el ascensor para sortear los 14 escalones que hay en el rellano”, comenta.
Mujer valiente y luchadora, Susana solo quiere dar visibilidad a los graves problemas de movilidad a los que se enfrentan muchas personas que, como ella, dependen de una silla de ruedas para desplazarse por las calles de la capital.
Un hecho que, como asegura, “se agrava en zonas antiguas como El Toscal, por lo que deberían adaptarse todas las aceras de este barrio, donde la mayoría son de adoquines y estrechas que hacen que casi no puedas moverte ni unos metros sin caerte de la silla, como me ha pasado”, subraya.
Cinco años de calvario
El calvario de Susana comenzó en 2020, cuando acudió a un centro de salud a ponerse una inyección por una alergia y le pincharon el nervio ciático, lo que la dejó paralizada de cintura para abajo, además de derivarle en una neuritis óptica que la dejó ciega de un ojo por la ansiedad de un error médico del que nunca tuvo respuesta. Un desgarrador cuadro que se complicó con otras patologías, que la llevaron a ser diagnosticada con el síndrome de atrofia multisistémica.
Tras un año en cama, sin poder realizar ningún tipo de movimiento, Susana sacó fuerzas de donde no había por su hijo, al cual ha tenido que criar sola, y por el que empezó a recuperar sus ganas de vivir. “Lo que han hecho conmigo es inhumano y, de paso, a mi hijo que es un adolescente y apenas podía salir con sus amigos solo por estar pendiente de mí para cargarme y ayudarme en la casa”, comenta la afectada. “Me han jodido la vida y me he enfrentado a una gran lucha interna, pero ahora, al fin puedo volver a ser un poco más libre”, dice Susana.







