La venta de Juan Castañeda y Reyes Acosta, en la calle de San Francisco, es la referencia para conseguir buena fruta y verdura en El Toscal, pero también es punto de encuentro de los vecinos, el lugar donde dejarle las llaves a un familiar, la tienda donde van a buscar el bocadillo los trabajadores de la obra de enfrente o el sitio en el que el cartero deja el paquete a un vecino que no está en su casa. Es eso y mucho más porque en esa venta se han forjado a lo largo de los años relaciones que superan la buena vecindad y que se parecen bastante a lo que entendemos por familia.
Mañana, lunes, esta venta, la última de las antiguas que queda abierta en el barrio, bajará la persiana por jubilación de sus propietarios, que se despiden de estos pocos metros cuadrados, “donde hemos sido muy felices”, con pena, pero también con la ilusión de regalarse más tiempo y de disfrutar, con salud, de actividades que, por su trabajo y dedicación durante más de sesenta años, no han tenido tiempo de realizar. Una de las primeras cosas que harán será asistir a la Bajada de la Virgen de Los Reyes, en su isla querida, El Hierro, de donde son originarios.
Los ojos de Reyes y Juan han visto pasar por su establecimiento a varias generaciones. “Empezaron comprando las abuelas, siguieron sus hijos y continúan sus nietos. Hasta algún bisnieto conocemos ya, y aunque los hijos van tomando sus caminos, siempre que vuelven al barrio pasan a vernos”, relatan con orgullo.
Esta historia empezó en el año 1963, cuando un tío materno de Juan volvió de Venezuela con algo de dinero y compró el local, donde ya funcionaba una pequeña venta, para que su hermana y su marido pudieran “tener una vida mejor en Tenerife”, junto a sus dos hijos. Así fue como la familia al completo dejó la isla de El Hierro, donde don Juan, el padre, era agricultor, para iniciar una actividad de la que no sabía absolutamente nada, pero a la que le puso gran empeño.
Juan, que por entonces tenía 12 años, recuerda con mucha claridad las palabras de su tío: “Si esto lo atienden y lo llevan bien, nunca les faltarán los garbanzos”.
A tan corta edad, Juan empezó a ayudar a su padre y recuerda cómo lo acompañaba a diario. “Íbamos caminando a la antigua calle del Humo (cerca de la recova), donde los agricultores colocaban por el suelo su mercancía para venderla a las ventas No existía todavía el Mercatenerife y esa era la forma de vender en aquella época”.
También recuerda que la leche venía todos los días en botellas de cristal, “hasta los domingos había que madrugar para recogerla”; los fideos se envolvían en papel y prácticamente todo se vendía a granel.
A Juan le encantaba todo lo que tenía que ver con la venta y, por eso, estudiaba el bachillerato nocturno mientras ayudaba a su padre con el trabajo.
En el año 1976 se casaron Juan y Reyes y empezaron su nueva vida, también en Tenerife, donde han nacido sus dos hijas, Silvia y Vanessa, que les han dado la alegría de sus vidas con sus tres nietos: Sofía, Diego y Daniela.
A partir de ese momento fue Reyes la que cogió las riendas del negocio, apoyada siempre por su inseparable Juan.
Juntos han formado una pareja de baile perfectamente sincronizada que ha sabido ganarse el cariño y la confianza de todos sus vecinos y clientes, a los que han dado un serio disgusto con la jubilación.
Ambos han sido testigos de la profunda transformación que ha vivido no solo El Toscal, sino la toda la sociedad. “Antiguamente había una venta como la nuestra en cada esquina, pero poco a poco fueron desapareciendo. Nosotros hemos sobrevivido a todos los supermercados de cualquier marca comercial que se han instalado en todos estos años en la zona”.
La fórmula secreta de este pequeño negocio, al que nunca le ha hecho falta poner un cartel con su nombre en la puerta es, sin duda, la buena calidad del género, que escogen con muchísimo cuidado, pero también su trato, casi de familia, con los clientes y vecinos, que no tendrán nada fácil ahora conseguir productos como los que traen Juan y Reyes.
Cierra la venta en la que las cuentas se sacan a mano, anotadas en un cartón; el lugar donde si falta algo, se puede apuntar para pagarlo más tarde; la tienda desde la que te llaman por teléfono para decirte que llegaron los mangos de Tejina que tanto te gustan. Cierra la venta, pero queda para siempre el respeto de un barrio por dos personas trabajadoras, cariñosas y atentas que empiezan un nuevo camino llenos de ilusión.





