En una sociedad cada vez más envejecida, el papel de las auxiliares sanitarias se ha vuelto vital para prestar atención a miles de usuarios que viven en una soledad no deseada, se encuentran en situaciones de vulnerabilidad, están enfermos o presentan algún grado de discapacidad. En la capital, el Servicio de Ayuda a Domicilio (SAD), dependiente del Ayuntamiento de Santa Cruz y gestionado por la empresa concesionaria Atende, cuenta en la actualidad con 1.400 personas beneficiarias de esta prestación, más otras 50 que están en lista de espera. Una alta demanda asistencial que cubren 300 trabajadores, de los que 280 son mujeres.
Silvia, Desi, María, Chari o Cristina son algunas de las empleadas más veteranas del SAD capitalino, donde llevan trabajando entre 10 y 36 años para un servicio de ayuda a domicilio que, afirman, “se ha devaluado muchísimo con el paso del tiempo”. Algunas proceden de la extinta Mararía, la antigua empresa que acabó cerrando sus puertas tras dejar a las empleadas sin cobrar durante años por “la mala gestión del Ayuntamiento”. Ahora, vuelven a temer que les ocurra lo mismo. Un miedo latente que las ha hecho empoderarse y querer poner voz y rostro a la realidad en la que desempeñan su trabajo en “pésimas” condiciones laborales.
Coinciden en que el SAD se “ha deteriorado y devaluado en los últimos años”, algo que achacan a que “las trabajadoras sociales del Ayuntamiento están vendiendo a los usuarios que éste es un servicio de limpieza del hogar cuando, lo cierto, es que nos hemos formado como auxiliares de enfermería para ayudar a las personas que más lo necesitan en su día a día”.
Silvia asegura que “la mala gestión municipal, el descontrol de la empresa y la cara dura de muchos usuarios, en especial de los familiares, han contribuido a que estemos quemadas y sufriendo un trato, en muchas ocasiones, vejatorio, pues muchos beneficiarios del servicio nos hacen hasta descolgar cortinas para limpiarlas, poner lavadoras con ropa de sus hijos, rodar neveras o muebles pesados e incluso subirnos a los altillos de los armarios para que los limpiemos a fondo”.
“Estas tareas no son nuestra función, que está centrada en acompañarlos si están solos, cambiar camas o pañales, darles la medicación, ayudar en el aseo personal, calentar la comida, hacer la compra en caso de que no vivan con algún familiar o hacer un pequeño mantenimiento diario del hogar, no el exclusivo de chicas de la limpieza. Pero, al no haber un seguimiento de los casos asignados, la situación ha derivado en un abuso laboral hacia nosotras que, incluso, nos ha hecho enfermar”, comenta Silvia.
La mayoría de las trabajadoras del SAD arrastran lesiones de espalda, rodillas o brazos por el gran esfuerzo físico al que se ven sometidas en hogares al hacer tareas que no les competen. Atienden entre tres y cuatro usuarios cada día, a una media de 3 o 4 horas por cada uno, lo que unido a los desplazamientos que han de realizar entre una casa y otra, las lleva a estar trabajando más de 30 horas a la semana. El sueldo apenas supera los mil euros mensuales.
Por su parte, Desi achaca la precariedad de un servicio que “cada vez va a peor” a que “faltan trabajadoras y material, pues no tenemos grúas ni sillas de baño que ayuden en los aseos de personas con problemas de movilidad. La grúa es nuestro cuerpo y, en mi caso, por ello sufro graves lesiones en la columna cuando solo tengo 50 años”.
Asimismo, apunta que “las auxiliares nuevas que llegan a la empresa se van al día siguiente al ver las condiciones en las que trabajamos, pues el sueldo es una porquería y aún seguimos a la espera de que se negocie el nuevo convenio. A esto se une la incertidumbre actual respecto al nuevo modelo de gestión del SAD que pondrá en marcha el Ayuntamiento, pues nadie nos dice qué será de nosotras cuando entren más empresas a ofrecer el servicio”, apunta Desi.
María coincide en la causas que están llevando “a la deriva” al SAD santacrucero. Ella procede de la antigua Mararía y “durante los 24 años que llevo trabajando he visto muchos cambios y cosas, pero lo de ahora es inaudito al enfocarse el servicio solo en limpiezas del hogar. Muchos usuarios, que únicamente tienen asignado el aseo personal, hasta dejan de bañarse para que se empleen las horas concedidas en que les limpiemos la casa. Nos quejamos pero nadie hace nada. Si quieren criadas, que contraten a empresas para limpiezas extraordinarias”, alega.
Cubrir necesidades
Chari es la más antigua de las trabajadoras del SAD. Empezó con 21 años y ahora, a sus 57, relata en lo que se ha transformado el servicio. “Cuando empecé con Mararía no había tanta persona mayor dependiente y, además, la cooperativa la tenía el Ayuntamiento. Era una prestación para el usuario, pero ahora parece que es para los familiares. Se ha devaluado todo y, encima, a los que atendemos rechazan sus horas para una ayuda concreta solo para que les limpies la casa o les hagas comida para que sus hijos o nietos se lleven en tuppers”.
La auxiliar recuerda que “este servicio nació para cubrir una necesidad y dar una ayuda, como la misma palabra indica, a personas mayores, enfermas o dependientes, pero todo se ha ido de las manos, hasta el punto de que los familiares del usuario, que incluso viven en la misma casa, en vez de contribuir con el usuario nos exigen hacer limpiezas u otras funciones para las que no nos hemos formado”. Por ello, subraya que “el error radica en el Ayuntamiento y en la empresa, que ven el SAD como un negocio para ganar dinero”.
En la misma línea se expresa Cristina, para quien la “dejadez” institucional es la responsable de la situación del SAD. “No se está haciendo una revisión de servicios concedidos y la falta de control en los servicios asignados por parte del Ayuntamiento y la empresa contribuye a dar manga larga a los usuarios, en vez de penalizar a aquellos que no cumplen lo otorgado”. Además, incide en que muchas veces se enfrentan a situaciones de riesgo, en viviendas donde existen cucarachas, chinches o ratas e incluso en las que han sufrido agresiones sexuales. Por ello, creen que la solución está en “municipalizar” el servicio o convertirlas en supervisoras.





