Valle de Guerra se encuentra en la vertiente norte de la isla de Tenerife, dentro del municipio de San Cristóbal de La Laguna y entre los municipios de Tacoronte y Tejina. Tanto el nombre del valle como el de la montaña Guerra (a cuyos pies se asienta este bello municipio) provienen de Lope Fernández de la Guerra, a quien le fueron asignadas estas tierras tras la conquista de Tenerife. Valle de Guerra fue, durante la mayor parte de su historia, un municipio independiente y contó con su propio ayuntamiento hasta mediados del siglo XIX (1846), fecha en la que fue anexionado a La Laguna.
Aquí, en este bello rincón de Tenerife, nació en 1946 José Nicanor Hernández Jorge, hermano de tres gemelos. Hombre de gran memoria y amor por su familia y al pueblo vallero. Casado con María del Carmen González Alonso, fruto de esa unión matrimonial, nacieron cuatro hijos.
José Nicanor tuvo una infancia dura, al igual que su mujer María del Carmen. Tiempos pretéritos que no daban tiempo para pensar en otra cosa que en trabajar, pues con solo diez años, José Nicanor trabajó en la sorriba, teniendo como encargado a Gregorio Dorta. Recuerda que “fue una época de mi vida bastante compleja, ya que había que trabajar duro para traer unas cuantas pesetas a mi casa. Trabajé en las fincas del Marqués, Finca Arroyo, Finca Monteverde Finca la Condesa y en la de Isidro Calzadilla”.
Dura experiencia vivida por este hombre en su infancia y juventud en unos tiempos de penurias, pero agradecido por todo lo que este pueblo le ha dado. “Quiero a mi pueblo tanto como a mi familia, pues aquí nací y me hice hombre”, asegura desde la emoción José Nicanor.
Sobre el pasado en este pueblo lagunero, comenta que “había menos habitantes y la vida del mundo rural no era tan sencilla, pero éramos felices: jugábamos a los boliches, a la pelota hecha con anea y papel y al trompo. Muchas veces jugábamos en la Charca de los Ascanio”.
Referente al fielato Nicanor Hernández, señala que “estaba instalado en la bajada del Boquerón. Había que pagar una cantidad de dinero para poder bajar las mercancías. Los encargados de ese fielato eran Julián y Federico. Por la tanto, un fielato era una caseta o edificación situada en la entrada de los pueblos, donde se cobraban los impuestos de consumos o arbitrios municipales sobre las mercancías, especialmente alimentos, que entraban a la población para su venta”.
Nicanor recuerda también que en su época de joven “había dos cines, La Paz y el Valle, pero también dos molinos de gofio, ubicados en el Corazón de Jesús y en El Calvario”.
De la misma manera, este vallero de corazón y alma, recordó que “por las noches, para poder ver, lo hacíamos con la ayuda de las capuchinas y velas. El quinqué, era un lujo para gente pudiente”.
Entre tantos recuerdos, Nicanor no olvida la época de Reyes: “Me dejaban de regalo una naranja. No había más dinero para comprar juguetes”.
Así, y con el pasado bien presente en su mente, José Nicanor Hernández nos deja testimonio de su vida en una tierra agrícola trabajada por hombres y mujeres donde floreció en su momento el tabaco, el algodón, los tomates y los plátanos.





