Un nombre más, un rostro más, un número más, diversas contingencias y avatares de la vida que, sin embargo, esconden detrás situaciones difíciles, dramas individuales, familiares o simplemente etapas complejas de personas que, hasta hace poco, en este caso apenas un mes y medio, vivían de alquiler y pagaban 550 euros por una casa de una única habitación.
Sin embargo, ni suponen un nombre más, ni una cara o un simple y frío número a sumar: son seres humanos que, de repente, se ven arrastrados a dormir en la calle, en solares, playas, plazas o donde consiguen cada noche, así como a dejar a sus hijos menores con una amiga, con el consiguiente desgarro y riesgos de todo tipo que eso representa (como la propia custodia).
Es lo que le ocurre ahora a María, de 41 años, una madre que vivía hace poco en Guaza, en el municipio de Arona, y que desde hace unos 50 días deambula por la localidad al quedarse sin techo, si bien su hijo de 6 años y su pequeña de uno y medio se hospedan de momento con una amiga, de las pocas que le están ayudando.
Muchas son las circunstancias y vicisitudes que arrastran a alguien a una situación tan dura y para nada buscada o incluso temida, pero lo cierto es que la cifra de viviendas vacías en Canarias, los imparables precios de los alquileres o de las propias compraventas inmobiliarias, así como el contraste entre los salarios más bajos del país y las horas trabajadas en las Islas respecto a las cifras de crecimiento económico, del actual bum turístico, los beneficios de los bancos y de múltiples empresas justifican el creciente rechazo social a estos agujeros del sistema, a estas filtraciones de la frustración y que crezca también la indignación.
LO MICRO Y LO MACRO
María es uno de tantos ejemplos ahora de esas flagrantes contradicciones (como en los años de la burbuja inmobiliaria con la ley del suelo de Aznar u otras etapas boyantes) de que la macroeconomía, ésa que sitúa a España a la cabeza del mundo occidental desde hace años para asombro, incluso, de un tal Trump, no se apiada mucho de la microeconomía de tanta gente. De demasiada gente.
Esta madre de cuatro hijas (una de 23 ya independizada y otra de 21) lleva semanas durmiendo y bañándose (es un decir) en un solar abandonado junto a un edificio que se quedó a medias de Arona en donde sobreviven –otro decir- diversos ‘sintecho’. Según relata a este periódico, apenas le quedan 80 euros en el bolsillo (sin perspectivas de ningún ingreso futuro) y, aunque ha recibido ayuda alimentaria por parte del ayuntamiento y ha pedido la Renta Canaria de Ciudadanía desde hace nueve meses, afronta un panorama a corto y medio plazo muy difícil, con sus menores, de momento, en casa de una amiga, eso sí, y menos mal.
Por supuesto, y como tantos, espera tener una oportunidad y enderezar el rumbo (hasta ahora ganaba algo en un puesto de mercadillo en Guaza), pero lleva ya un mes y medio en la calle y la situación empieza a pasarle factura, y así lo refleja claramente al detallar su día a día. De hecho, dice que “las noches me las paso en vela, no duermo y, como mucho, lo consigo muy de madrugada. Lo estoy pasando muy mal, me estoy poniendo de nuevo mala y no tengo recursos”.
“En vez de ayudarme, me ahogan más”
Según recalca, durante un tiempo vivió con su madre y la pareja de ésta, pero la situación se volvió imposible y tuvo que dejar esa convivencia. El padre de sus hijos más pequeños nunca quiso hacerse cargo de nada, según señala, y todo se le complicó desde el momento en que la propietaria de la vivienda en la que vivía en Guaza decidió que ya no más, toda vez que no podía afrontar los pagos.
Se presenta como una “madre luchadora”, pero dice haberse topado con denuncias en su contra “cuando, en realidad, estoy luchando por mis hijos con la trabajadora social, con Cruz Roja y yendo y llamando a todos sitios” para salir adelante.
“Ni fumo, ni bebo, ni robo, ni soy mala persona… Solo lucho para darle de comer a los niños, mientras que a otras personas que están mucho peor con sus hijos no les dicen nada; pero a mí sí, que no paro de buscar soluciones y tratar de conseguir una vivienda. Sin embargo, en vez de ayudarme, me aprietan y me ahogan más y más. Llevo nueve meses esperando la renta canaria y, aunque conocen mi situación y hay informes favorables de la trabajadora social de Arona, el Gobierno canario sigue sin dármela para, al menos, tener una vida medio decente”.
María se pasa gran parte del día con sus hijos en la casa de la amiga que le está ayudando, y no es poca ayuda. También está recibiendo el respaldo del Sindicato de Inquilinas, que se ha movilizado para buscarle alternativas habitacionales o algún lugar un poco más digno donde quedarse, pero, de momento, son solo eso, intentos. Lo que realmente pide es una oportunidad, que se confirme la Renta Canaria que cree merecer y seguir como “madre luchadora” en pos de su vida y del mejor futuro posible de los suyos. Eso sí, cada día, cada hora, casi cada segundo se les hace cada vez más duro, y más sabiendo que, al menos de momento, mañana será igual.







