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“Si la gente viera cómo llegan los migrantes a Canarias, cambiarían muchos discursos”

Enric Dorado, patrón del ‘Salvamar Diphda’, es testigo directo de la tragedia humanitaria que se vive en la Ruta Atlántica, donde 1.906 personas perdieron la vida en 2025
"Si la gente viera cómo llegan los migrantes a Canarias, cambiarían muchos discursos"

Están en primera línea de una crisis que, solo el año pasado, se saldó con la vida de 1.906 personas. En los últimos años, los profesionales de Salvamento Marítimo (Sasemar) suman rescates de quienes, con la esperanza de una vida mejor, se adentran en la peligrosa Ruta Atlántica. Son operaciones difíciles de olvidar, “sobre todo aquellas en las que se quedan personas por el camino”, reconoce Enric Dorado, patrón del ‘Salvamar Diphda’, embarcación de salvamento, atracada actualmente en La Restinga.


En el trágico contexto que vive el Archipiélago, las reconocibles flotas naranjas son ya una estampa habitual en telediarios y portadas. Esta misma semana, el pasado jueves, un cayuco fue rescatado al sureste de El Hierro y trasladado al puerto de Gran Canaria con 109 personas a bordo, dos de ellas fallecidas. Detrás de estas operaciones hay profesionales que, como Enric, llevan años poniendo su integridad física, emocional y mental al servicio de los demás.


Para él, todo empezó hace ocho años, durante la urgencia migratoria de 2018 en el mar de Alborán. “Entré como personal de refuerzo y desde entonces no he parado”. A sus 34 años, el patrón, natural de Girona, cuenta haber vivido “crisis sobre crisis”, entre el Mediterráneo y el Atlántico. En ellas, su rutina está marcada por guardias de 30 días, en las que una salida a rescate puede producirse en cualquier momento. Si suena el teléfono, en menos de 20 minutos todo el equipo se hace a la mar, avisado, eso sí, del tipo de operación al que se enfrentará. “Mentalmente vamos preparándonos para lo que nos viene”.

Crisis humanitaria y migrantes


Ante la llegada de un cayuco, los primeros pasos del rescate son cruciales. “Al vernos, explotan de emoción tras días de navegación: ven la salvación”. En medio de esa excitación, “intentamos que mantengan la calma ”, ya que cualquier movimiento brusco puede poner en riesgo su vida y la del resto. “Ahí actúa la supervivencia pura y dura. Son capaces de pisarse entre ellos por salvarse. Si no estás ahí, no ves de lo que es capaz el ser humano por sobrevivir”.


Millas atlánticas recorridas en cayucos de fibra o en pateras de goma desinfladas, cada vez más sobrecargadas: “Puede haber hasta 300 personas; antes no venían tan llenas”. Una realidad que dificulta aún más la labor de salvamento. “El punto más crítico suele ser, casi siempre, el desembarque, porque se ponen de pie y las embarcaciones se desestabilizan”.
Entre la tripulación figuran, en muchos casos, niños, bebés e incluso mujeres en pleno parto. “Esto es lo peor. Además, tengo dos hijos… y te lo llevas a casa”. A bordo del Salvamar se intenta mantener a los menores junto a sus padres, pero en demasiadas ocasiones la respuesta de niños de cuatro o cinco años se reduce a una frase: “No hay papá, no hay mamá”. Una situación ante la que resulta casi imposible no hacerse la pregunta: “¿cómo es posible?”.


Siendo testigo directo de este drama que se vive a pocos tan solo unos kilómetros de nuestras costas, los discursos de odio y vacíos de humanidad que emanan de una parte de la sociedad se hacen más dificiles de digerir. A ojos de Enric “cuando comencé hace ocho años se nos reconocía y agradecía nuestra labor, pero el discurso ha cambiado y muchos no ven bien lo que hacemos”.


Difícil pasar por alto la posición de ciertos representantes políticos que, en vez de salvar, piden “combatir la migración” a través de la fuerza militar. Frente a ello, el propio jefe del Estado Mayor de la Armada dejó claro hace unos meses que la misión de cualquier buque que se encuentre con pateras, cayucos u otras embarcaciones es “ayudar y salvar”. En esta misma línea, Enric lo deja claro: “Mi misión es rescatar toda vida humana, sea del color que sea”.


Una postura y unos discursos contrarios a su labor en la crisis migratoria que, cree, cambiarían si quienes los sostienen vivieran la realidad que él y sus compañeros enfrentan casi a diario. “Si vieran lo que hacemos y las condiciones en las que se ha metido esa gente en los cayucos, el discurso cambiaría”.

“Falta gente”


Tras lidiar con esta realidad, es difícil salir indemne. “Algunos no lo aguantan”, reconoce Enric. En su caso, la protección mental es clave para poder seguir adelante con su trabajo, por lo que, una vez realizado el rescate, trata de desconectar. Aunque, a veces, es inevitable interesarse por algunos casos: “Algún menor o bebé que viene muy mal… intento saber cómo llegan al hospital y si salen con vida”.


A este riesgo para la integridad emocional se suman los peligros propios de los rescates. “Hemos hecho operaciones en las que nos jugamos la embarcación y nuestra propia vida”. En estas situaciones, resulta difícil evaluar hasta qué punto sacrificarse para intentar rescatar a alguien. “Ese dilema está siempre en la cabeza del patrón”. Con los cayucos, “son muchas vidas en peligro”, por lo que, “siempre vamos al límite”.


Sin duda, la intensidad que acompasa esta vida profesional requiere de una vocación muy grande. En su caso, el mar le atrajo desde muy joven. “Siempre que veía pasar el color naranja de Salvamento pensaba: esa es la élite”. Y para llegar, explica que se necesita mucha formación y que cada vez el camino es más complicado.


“La administración pone las cosas muy difíciles para conseguir titulaciones…”, algo que está contribuyendo a la falta de relevo generacional en el servicio. Según él, “falta gente”, una demanda que desde hace tiempo vienen señalando Salvamento Marítimo y sus sindicatos.. Unos recursos que también son escasos a nivel material. “La flota está bastante antigua. Proporcionan nuevos elementos, pero a bastante a cuentagotas”.


Pese a todo, se han producido algunas mejoras. La ‘Salvamar Diphda’, por ejemplo, se incorporó como refuerzo ante la importante llegada de cayucos a El Hierro, Isla que acumula el 60% de las llegadas. “La carga de trabajo aquí es brutal”. También se ha aumentado la tripulación en unidades como la suya pasando de tres a cuatro efectivos. “Antes había un solo marinero para sacar a unas 200 personas… era la muerte. Ahora hay un patrón, un mecánico y dos marineros, por lo que se ha mejorado bastante la calidad del rescate”, reconoce.


Aun así, la inversión por parte de las administraciones estatales y europeas siguen siendo limitada en comparación con la magnitud de la crisis humanitaria que se vive en el Atlántico. Porque desafíos estructurales como el de la migración requieren un trabajo de fondo por parte de todas las instituciones, más allá de palabras vacías, para que algún día dejemos de lamentar víctimas mortales de quienes tan solo anhelan un futuro digno.