Cada mañana, en la entrada principal del Hospital Universitario Nuestra Señora de la Candelaria, se representa una escena que debería avergonzar a cualquier responsable sanitario. No es una metáfora: es un ritual diario de exposición pública. Los pacientes que acuden para realizarse una prueba analítica de sangre cogen un número y esperan. Hasta que una celadora, en voz alta y ante más de un centenar de personas, comienza a clasificar a los presentes por grupos y haciendo que se levanten al grito verdulero de: urgentes, embarazadas, diabéticos, oncológicos. En realidad, está señalando enfermedades delante de todo el mundo.
Rostros, miradas, silencios incómodos. Personas que acuden a un hospital buscando atención y respeto reciben, en cambio, un altavoz de su intimidad. No hace falta que nadie diga “tengo cáncer”: basta con levantarse cuando lo llaman. Toda la sala lo ve. Toda la sala lo sabe.
Esto no es un simple fallo de protocolo. Es una vulneración flagrante del derecho a la intimidad y a la protección de datos. Es convertir la enfermedad en un espectáculo involuntario. Es obligar a ciudadanos a pagar con su dignidad un trámite administrativo que podría resolverse de mil formas discretas.
Resulta difícil creer que en 2026 se siga actuando así. Ni siquiera en una república bananera se justificaría un sistema que expone patologías como quien reparte turnos de carnicería. La sanidad no es solo tecnología y tratamientos: también es respeto. Y aquí, claramente, se ha perdido.
Que nadie se engañe: no es un detalle menor. Es una barbaridad diaria. Y alguien debe asumir responsabilidades. Porque un hospital que grita tus dolencias ha olvidado su primera obligación: cuidar. A ver si alguien toma nota






