Generaciones distintas, orígenes lejanos y, sin embargo, tienen mucho en común. Una vez al mes, jóvenes migrantes y personas mayores, acompañados por la Fundación Canaria El Buen Samaritano, se reúnen para compartir sus historias de vida en talleres que se convierten en momentos de escucha, curiosidad y cuidado mutuo. “Es una oportunidad para conocernos y aprender sobre la cultura de nuestros amigos de África”, comenta Jose, uno de los participantes en el encuentro celebrado en las instalaciones de la entidad, ubicada en Añaza.
Junto a él, otras siete personas participan en el taller desarrollado esta semana. En grupos de dos, jóvenes y mayores trabajan de manera conjunta para completar una ficha con preguntas que les permiten conocerse mejor. El propio Jose, originario de Venezuela, le explica a Amadou qué es el pabellón criollo, su comida preferida y plato nacional de su país.
Por su lado, el joven, de origen senegalés, intenta explicarle los ritmos de su tierra, que constituyen la música que más suele escuchar.
Entre preguntas, los dúos se van conociendo poco a poco. Los chicos acaban de llegar al centro y llevan poco tiempo en Canarias, por lo que se ayudan mutuamente para comprender. La barrera lingüística no les impide profundizar en sus vidas. Así, Mendy le reconoce a Trina que lo que más echa de menos de su país son sus amigos y su familia. “Te entiendo”, le responde ella, ya que también vino de lejos, desde Venezuela, hace 33 años. También descubren similitudes en sus historias Omar, de Senegal, e Isabel, originaria de Perú. “Nunca te olvides de tus raíces y de dónde vienes”, le aconseja ella, mientras le dirige una tierna mirada.
El Buen Samaritano, una familia
“Mustafa sueña con tener su propio negocio de coches… ¡y podría ser mi hijo!”, explica Juani al resto del grupo durante el tramo final, en el que cada participante debe presentar a su compañero ante los demás. Comparten vivencias, en una actividad cuya finalidad principal, según su organizador Álex, es “crear una comunidad”.
Tal y como explica el coordinador del área de migración de la fundación, “los jóvenes están lejos de su familia y muchas de las personas mayores que acompañamos están solos, por lo que buscamos crear un ambiente familiar”. Y así es. Según cuentan desde la entidad, la mayoría de los chicos encuentran aquí unos segundos abuelos y abuelas. “Si ven que una persona mayor necesita ayuda, enseguida quieren ayudar”.
Establecer estas relaciones es una de las metas del padre Pepe (Pepe Hernández), director de este organismo que acompaña a personas en situación de riesgo de exclusión, como migrantes y mayores. Con respecto a los primeros, la entidad acoge y apoya a más de 160 chicos extutelados en procesos de inserción sociolaboral.
Por otro lado, cuentan con espacios de día donde los mayores pueden pasar el tiempo en compañía, comer juntos y participar en talleres como este en los que reina el afecto. “Trabajamos con personas que atraviesan situaciones complicadas y que, en cierta forma, han sido excluidas de la sociedad. Aquí han encontrado un lugar que les acoge; eso genera agradecimiento, y ese agradecimiento es lo que conecta a todos”.
Por mucho que les separen la edad y la cultura, casi todos los participantes comparten una característica común: haber dejado atrás su país para buscar una vida mejor. Tras la actividad, nos reunimos con algunos de ellos. Omar y Mendy relatan con más detalle su historia. Ambos llegaron desde Senegal en cayuco, buscando “aprender, trabajar y ayudar a nuestra familia”, reconocen.
Omar sorprende a todos por su fluidez en español, que ha aprendido en seis meses, “porque si no hablas español no puedes avanzar”. Mendy, por su parte, se muestra algo más tímido, aunque finalmente se anima a contar su experiencia. Explica que, antes de partir, era consciente del riesgo que suponía lanzarse a la Ruta Atlántica. “Sabía que muchos no llegaban”. Aun así, asumió el riesgo para ayudar a su madre. “No le dije que venía; la llamé cuando llegué”. Cuando habla con ella, “me dice que no duerme porque se preocupa, pero yo siempre le digo que vamos a salir adelante”.
Historias compartidas
Tras escuchar sus testimonios, Isabel interviene para destacar y admirar el sacrificio de muchos de los jóvenes por sus madres. En su caso, ella vivió en primera persona la época del terrorismo en Perú, que se cobró la vida de cerca de 69.000 personas en los años ochenta. Trina huyó de Venezuela, al igual que Jose, quien llegó en 2015 por una visita médica y terminó quedándose tras perder su casa.
Este último, que ejerció durante toda su vida como profesor, pone en valor que “muchos de los jóvenes migrantes que llegan coinciden en querer trabajar, ser útiles y superarse”. Por ello, asegura ver en ellos “una esperanza para el futuro”.
Talleres como este ponen en valor la resiliencia. “Por sus historias de vida han tenido que desarrollar ese carácter, y estos espacios les permiten compartir con los demás su fuerza”, explica Álex, coordinador de la fundación. Asimismo, para los jóvenes, escuchar a los mayores es una forma de sentirse comprendidos, y entender que “Canarias también es migrante”.
Actividades que acaban creando una verdadera familia
En la entidad, además de estos talleres mensuales, tienen fijadas dos fechas clave para fomentar las relaciones entre jóvenes y mayores: el Día de Canarias, cuando se reúnen todos los beneficiarios, y la Semana Solidaria, en verano, en la que también participan conjuntamente. De esta forma, se va fortaleciendo poco a poco un vínculo entre ellos. Según cuentan desde la organización, algunos chicos ayudan con las compras o llevan la comida a casa cuando los mayores no pueden acudir a los centros de día. Algo que, según Álex, coordinador de la fundación, supone “el mayor reconocimiento”.





