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“Para golfos y ruinas”: ‘Pulseras en el tobillo’, un disco que pone voz a la Tenerife “que no se ve”

Aday P, artista de La Matanza de Acentejo, presenta un álbum de rap que es una metáfora generacional centrada en los que aprendieron demasiado pronto cómo funciona el mundo
El disco, con la producción de Jay Back, se construye desde un mensaje sobrio, con el rap como eje narrativo
Jay Back, el productor, revisa un vinilo, y Aday P, en la búsqueda de un disco. / DA

“Para golfos y ruinas”. La voz de “todos esos”, de “quienes no vieron a sus padres darse un pico, pero sí a su padre darse un pico”. De esta forma se presenta Pulseras en el tobillo, el trabajo de estudio de Aday P, un artista de La Matanza de Acentejo que decide poner voz a los que aprendieron demasiado pronto cómo funciona el mundo. El disco, con la producción de Jay Back, se construye desde un mensaje sobrio, con el rap como eje narrativo. Aday articula un relato que atraviesa de lleno realidades como la pobreza y la delincuencia, pero también la forma en que estas se infiltran en los valores que se transmiten desde la infancia a los más vulnerables: niños y niñas.

LA PREGUNTA

La obra arranca con una pregunta formulada desde una voz infantil -la de su propio sobrino-: “¿Qué le responde una madre a un niño cuando pregunta por su padre que está preso?”. A partir de ahí, todo el álbum conecta con una lírica cruda y una ambientación musical de clara influencia Griselda, un sonido de boom bap neoyorquino. No es la Tenerife que se vende en los folletos turísticos. Es otra isla, atravesada por realidades cotidianas que forman parte indivisible de sí misma. Un retrato de una de sus tantas oscuras realidades. La Tenerife que no se ve.

La elección de abrir el álbum con una intro narrada por un niño no es casual. “Quería un resumen breve, una muestra que englobara todo el trabajo, y la voz infantil es más cruda. Te llega más”, explica el rapero.

“Yo hago música para esos pibes; para los que no eligieron a sus héroes”, afirma. “Me llena profundamente representarlos, sentir que puedo ser su voz. Paso por mi plaza y veo esas historias todos los días; lo único que hago es darles forma. Es música para jóvenes que, por mil motivos, no pudieron estudiar y trabajan de lo que pueden”.

Portada del álbum ‘Pulseras en el tobillo’. / DA

La obra, integrada por siete temas, aborda los diferentes contextos sociales desde una perspectiva musical, un enfoque que también condiciona la educación y la cultura. “De donde yo vengo no se crece escuchando a Tupac. Allí suenan Ñengo, Tego… y si aparece un rapero es casi un bicho raro”.

Pulseras en el tobillo es también una declaración de pertenencia. “Está dedicado a mi pueblo, La Matanza. Cuando bajaba a Santa Cruz a improvisar sentía que los niños de allí tenían la misma pasión por la música, pero yo venía del Norte, donde mis colegas no escuchaban rap ni nada parecido. Me ponía gorras planas y, aun así, no terminaba de sentirme identificado. En mi zona sonaba otro tipo de música. Esta canción habla de cómo tuve que abstraer ese sonido que tenía más repercusión en otros círculos de la Isla y empezar a sentirme cómodo rapeando sobre ello”.

LA MIRADA FEMENINA

El disco incorpora también en su relato una mirada desde el punto de vista femenino: desde la vivencias de las madres, abordando cuestiones como la necesidad de doblar turnos para pagar el alquiler, la difícil tarea de la crianza sin una figura paterna al cargo y la carga de estrés y desgaste psicológico que ello conlleva. Una cuestión, como los estigmas, que pesan sobre los niños que crecen en estos entornos. “Se suele juzgar a este tipo de personas; basta con dos tatuajes en el brazo para mirarles por encima del hombro, sin tener en cuenta lo que ha pasado o lo que está viviendo”, concreta.

El resultado de todos estos ingredientes es un trabajo que amplifica el eco de una realidad cruda, conocida por todos y, sin embargo, sistemáticamente silenciada. A veces basta con escucharla sonar a través de un altavoz para reconocerla; otras, se esconde en los hogares donde se dice que los niños llegan con un pan debajo del brazo, aunque en algunas mesas ese pan nunca termine de aparecer.

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