Carmelo Rivero Ferrera (Santa Cruz de Tenerife, 1957) acaba de publicar Como miran los mares. Teoría del redoble de cortejos (Centro de la Cultura Popular Canaria y Cabildo de Tenerife). Varias son las singularidades que confluyen en este poemario del periodista tinerfeño, Premio Canarias de Comunicación 2004 junto a su hermano Martín, fallecido en 2023. Una de ellas responde al hecho de que se trata de los primeros versos que su autor publica en más de medio siglo, aunque eso no significa que en este intervalo haya dejado de escribir poesía, al contrario, no ha dejado de hacerlo desde la infancia. Otra es la relacionada con la propia configuración de este libro que cuenta con las ilustraciones de Juan Luis Calero. Gran parte de él fue escrito en 1995, durante un fructífero verano en el que también, entre otros textos, escribió una novela. Sin embargo, esos papeles se perdieron y cerca de treinta años más tarde reaparecieron.
Esa poesía del pasado ahora dialoga con la del presente, pues el escritor la ha llevado a la imprenta junto a un extenso poema de reciente escritura. Sobre ello, y algunas cosas más, conversa en esta entrevista con DIARIO DE AVISOS quien fuera su director y en la actualidad se desempeña como consejero editorial.
-El origen de ‘Como miran los mares’ se encuentra en unos poemas escritos en 1995 que se perdieron y luego se hallaron. ¿Qué sensaciones prevalecieron al reencontrarse con ellos?
“Me había olvidado completamente de ese libro que compuse en el verano de 1995, en el que también escribí una novela. Al encontrar estos poemas que se habían traspapelado, de entrada los contemplé como algo extraño a mí. No los recordaba. Y me puse a leerlos, sobre todo, para saber si como lector pasaban la prueba. Ahí me encontré con cuestiones del pasado que también suceden ahora. De manera que superaron esa prueba y me reconocí en ellos. Otra cosa es que existiera la controversia personal que suelo tener cuando releo algo que escribí. Así que dejé el texto tal cual estaba y únicamente le incorporé un poema, La tormenta, que tiene que ver con la riada de Santa Cruz de hace 24 años [31 de marzo de 2002], pero como la temática correspondía con lo que abordo en el libro, lo incluí. Además, el poemario consta de dos partes: una que se denomina Como miran los mares, donde figuran esos textos reencontrados, y otra, que es actual, que se llama Belvedere”.
“No toco la puerta en el palacio de los poetas para que me dejen entrar, entre otras cosas, porque no formo parte del gremio; soy alguien que pasa por la calle y, además, escribe poesía”
-En la introducción menciona que ha estado más de medio siglo sin publicar un solo verso, cuando, precisamente, su primera publicación fue un soneto, a los 12 años, en el periódico ‘La Tarde’. ¿A qué ha respondido este silencio?
“Lo primero que escribí de niño fue poesía. Nunca he sabido por qué; en mi familia no hay poetas y ni siquiera mi hermano, que era un amante de las letras, tuvo esa tendencia. La poesía era para mí un lenguaje natural. Martín y yo prácticamente nos criamos en un balcón, de ahí viene lo de Belvedere, en el que teníamos puesta la radio todo el día. Uno de los programas que escuchábamos era La ballena alegre. Ese espacio radiofónico tenía una revistita, a la que envié un poema y me lo publicaron. Más tarde, con 12 años, visité a Víctor Zurita, director de La Tarde y uno de sus fundadores, y le llevé un artículo que había hecho junto a mi hermano y también un soneto mío. Él nos abrió las puertas del periódico para colaborar y lo primero que publicó fue ese soneto, dedicado a Taganana. Seguí escribiendo poesía, pero las nuevas modas y tendencias a mí no me gustaban. Las consideraba forzadamente complejas y oscuras. Yo era partidario de una poesía más transparente, que podía llegar a complicarse en lo formal, en lo estético, pero sin llegar a lo que entonces consideraba un empecinamiento de poetas que, justo para dárselas de poetas, recurrían a la oscuridad. De manera que una tarde escribí un poema largo de un tirón, en el que había algo de protesta contra todo eso, recurriendo, casi de manera cómica, a un lenguaje ordinario y también intencionadamente oscuro. Lo presenté al Premio Julio Tovar de 1973, con la convicción de que sería rechazado y con la intención, a partir de ahí y a manera de performance, de destrozarlo en presencia de quien luego me devolviese mi original, en el Círculo de Bellas Artes. Pero mi plan se fue al traste porque quedé finalista del galardón, que ganó Félix Francisco Casanova [con El invernadero], al que admiraba mucho, porque era uno de los pocos que no seguía esa tendencia de la que hemos hablado. Escribía de forma muy transparente, pero con un lenguaje oculto, que era lo que a mí me gustaba. Así que destruí igualmente mi poemario, pero me vinculé a la línea de Félix Francisco y recuperé la fe en la poesía, porque había alguien, prácticamente de mi edad, a quien por desgracia nunca conocí personalmente, con cuya escritura me sentía identificado. Y seguí escribiendo, pero nunca publiqué, porque ya entonces estaba plenamente inmerso en el periodismo”.
-Y en su caso, periodismo y literatura son vasos comunicantes o dos ámbitos completamente autónomos?
“Son antagónicos. Casi hablaríamos de dos personalidades diferentes. Aunque es cierto que hay cuestiones de la realidad, y por lo tanto periodísticas, que contextualizan los poemas, como en Belvedere, que es sobre la guerra y las guerras, el lenguaje, por ejemplo, no tiene nada que ver. Lo que se le exige a un periodista, claridad, concisión, ir al grano…, es muy diferente de lo que demanda la literatura, tanto en la prosa como en la lírica. No veo ninguna identificación, vasos comunicantes, entre mi labor como periodista y mi vocación literaria. Sin embargo, he continuado escribiendo poesía todos los días de mi vida, pero ya no tanto como una praxis literaria, sino existencial, como una necesidad vital”.
“No sé si volveré a publicar literatura; si lo hago será solo para cumplir el ciclo de dar vida a aquello que has creado”
-¿Cuáles son los temas, las cuestiones que le interpelan y canaliza a través de los versos?
“En el periodismo tenemos cuestiones muy recurrentes, como las guerras, los problemas sociales, la libertad, el fascismo… Eso a mí me preocupa y creo que también al periodismo, aparte de los temas locales, que tienen que ver con nuestras circunstancias en las Islas. En el plano literario, está la preocupación existencial sobre el ser humano, acerca de la libertad y su pérdida, del riesgo de la llegada de una avalancha de ultraderecha. Conocí los últimos 20 años de la dictadura de Franco y, además, de una manera muy intensa. Mi hermano y yo nos vinculamos a una oposición clandestina. Tuvimos mucha suerte, porque otros pagaron un precio muy alto. De manera que la pérdida de la libertad y las guerras me siguen marcando, en la literatura y en el periodismo. Pero luego, como en este libro, me centro también en el amor y la espiritualidad. Desde pequeño sentí una conexión con lo no material del ser humano, convencido de que no se compone solo de materia, sino también de espíritu. Ese debate filosófico planteado desde Spinoza lo he tenido muy presente. Y se aviva con el paso del tiempo, porque se ha muerto mi hermano, se han muerto mis padres, voy cumpliendo años… Por eso profundizo más en la condición no material, aunque dándole también importancia a la material, que es la supervivencia. Al igual que en el amor, relacionado tanto con lo personal como con lo solidario y de nuevo con lo espiritual. Quizás, como un último tema, está el uno mismo. La reflexión sobre las tres grandes preguntas, ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, y también sobre si nos planteamos bien la vida o cuál es el error del que no sabemos salir: ¿por qué no hemos aprendido a ser más felices?”.
-‘Como miran los mares’ se cierra con ‘Belvedere’, escrito el pasado año. ¿Cómo dialoga esta escritura reciente con la pasada?
“Belvedere fue escrito de un tirón. Está hecho sobre el contexto de la guerra en Ucrania, de la invasión rusa de Ucrania, y sobre el temor de que esa conflagración se pueda extender por Europa. Con ese conflicto, con ese riesgo de Tercera Guerra Mundial, de guerra nuclear, en el que estamos instalados, escribí un poema en el que se reflejan también lecturas de la juventud. Como La tierra baldía, de T. S. Eliot, quien compuso esos versos sobre Europa en unas circunstancias parecidas a las actuales. Es un poema oscuro, no es fácil de comprender, pero a mí me atrajo tanto que las partes que no entendía las interpreté a mi manera. Me gustó cómo contaba todo aquello, casi como si se tratase de una narración. Así que con esa influencia subliminal escribo Belvedere. En el Belvedere está el paragnosta, un ser clarividente, ya de cierta edad, que contempla el mundo y lo que ve no le gusta. De algún modo, es como si yo estuviera en ese balcón en el que me crie con mi hermano, pero ahora en soledad, viendo ese peligro de destrucción, de que un demente poderoso acabe con el mundo. En el poema hay una especie de trama argumental, pues el paragnosta, a partir de referencias mitológicas, como la clásica y la nórdica, incorpora elementos simbólicos sobre qué podemos hacer para salvarnos de esa amenaza que ve venir. Y aquí aparece un cuervo de Caledonia, a manera de salvador de la humanidad, que recorre miles de kilómetros hasta llegar al lugar donde se engendra la catástrofe. Llega a la ventana del despacho del responsable de ese mal y picotea el cristal para llamar su atención. Ese personaje lo mira, pero no le presta mayor atención, por lo que el cuervo insiste e insiste, hasta que rompe el cristal y le quita la vida”.
“Un tema que me interesa abordar es si nos planteamos bien la vida y, de no ser así, cuál es el error del que no sabemos salir”
-Frente a la creación poética, llamémosla profesional, habla del ‘poetastantismo’, que sería la poesía que escriben los profanos. ¿Qué busca y qué encuentra cuando se sienta a escribir?
“Sí, en ese término hay una cierta ironía, pero también sinceridad. Nunca me he considerado un profesional de la poesía. El gran poeta es un profesional, y me parece muy bien, no lo discuto. No se trata de alguien como yo, que escribe poesía a escondidas solo porque lo necesita, sino que debe escribir un libro porque la editorial lo está esperando. Ellos, los grandes poetas, son quienes fundamentan la poesía. A los clandestinos, que escriben solo para ellos o no publican por vergüenza o por cualquier otra razón, es a los que llamo poetastantistas, la juglaresca, los advenedizos, los espontáneos, a los que no se les cuestiona si son buenos, malos o regulares, en contraposición a la competencia que se da entre los poetas profesionales. He conocido a críticos literarios de gran prestigio hablando con desdén de autores a los que yo admiro. En el contexto del que hablo, fuera ya de los cánones, el poetastantismo reúne a un cúmulo de gente que escribe poesía durante toda su vida, algunos de ellos grandísimos poetas, pero nunca, o casi nunca, publican. Y eso es, en el fondo, cómo concibo el ejercicio de la poesía en mi caso. No toco en el palacio de los poetas para que me dejen entrar, entre otras cosas, porque no pertenezco al gremio. Solo soy alguien que pasa por la calle y, además, escribe poesía”.
-¿‘Como miran los mares’ es una incursión puntual o tiene en mente nuevos proyectos?
“Es probable que publique más, pero no lo sé. Si lo hago, sería por una razón en la que no había caído antes. Mientras eres joven, consideras que no está mal escribir y luego guardar o tirar, porque no tiene mayor importancia: hay tiempo por venir. Pero cuando ya eres mayor, sabes que el tiempo ya no viene, se va. Y si el tiempo se va, significa que estás cometiendo una suerte de literaticidio con lo que escribes y no conservas o no publicas. De algún modo, das vida a textos que a continuación condenas a morir en el anonimato para siempre, porque nadie va a ir detrás de ti a recoger esos papeles. De modo que publicar un libro para mí ahora solo tendría una función: poder cerrar ese ciclo que te impone dar a la luz las criaturas literarias que has escrito. Exponerlas ante los demás, siendo muy consciente de que a unos les gustará y a otros no. Esta idea, esta de forma de ver las cosas en cuanto a lo que escribo, comenzó a manifestarse en mí cuando ya pasaba de los cincuenta años, aunque, así y todo, he tardado en sacar este libro de poesía”.






