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Chicho, 64 años, 35 como socorrista canario más veterano y aún en una forma envidiable

Su mítica melena rubia se paseó por los campos de fútbol de Tercera y hasta en la Segunda sueca, pero su figura, digna de un atleta heleno, es ya legendaria en la orotavense playa de El Bollullo
Chicho, 64 años, 35 como socorrista canario más veterano y aún en una forma envidiable

Sí, es otro de esos personajes orotavenses marcadores, de la Villa Arriba, característicos, más que conocidos… Como Carmen La del Carrito, como el desaparecido Jalisco y sus riqui racas con el San Isidro de baloncesto o la UD Orotava de fútbol, como el recuperadísimo Plácido (qué bien), como el malogrado Pepe El Venado y su legendario y cerrado pub La Añepa (qué mal), incluso como el Tarzán villero, David Carpenter (Domingo Codesido, también fallecido)… Como tantos… Mencionar a Chicho El New en La Orotava es, como se suele decir, mentar palabras mayores, un recuerdo bonito instantáneo, un referente para generaciones, y eso que nadie lo reconocería por su nombre auténtico: Reinaldo Suárez De la Rosa.


Entre otras muchas cosas, y aparte de nueve años en la banda de música local tocando la trompa, Chicho fue un polivalente jugador de fútbol (extremo, interior, lateral y, finalmente, contundente central), de gran potencia y físico, casi ambidiestro, pero no precisamente torpe (al contrario), que destacó de joven en el Orotava en aquella Tercera División canaria. Había varios Chichos en la plantilla y, por eso y porque venía del juvenil como gran promesa, Socas lo perpetuó como El New, El Nuevo –y lo era hasta por sus pintas y su visión, para siempre, progresista de la vida, propia de esos años de despertar democrático y de jóvenes alternativos-. En muchos casos, aún hoy ni lo llaman Chicho, sino El New a secas.


Porque se enamoró –y sigue- de una sueca tan rubia como él (Eva, con la que tiene dos hijas ya treintañeras y dos nietos también futbolistas, ahora en el Longuera tras pasar por el Florida), acabó yéndose al frío nórdico en los 80 y jugando en la Segunda División de Suecia cuatro años, en el Enskede IK (Estocolmo). Al volver, fichó por aquel Puerto Cruz de Tercera y acabó colgando las botas en el Cruz Santa de Preferente, aunque aún deja a más de uno en evidencia por joven y bueno que sea.


Sin embargo, si algo es Chicho, aparte de un bonachón (aunque, eso sí, con criterio y personalidad sobrantes, que se pone en su sitio desde que lo cree necesario), aparte de eso, de buena gente a poco que se hable con él (reticente a estos tributos, por cierto) pese a su físico imponente a sus 64 años (quién llegase así…), es, sin duda y antes que otras cosas, una cara, un rostro, una melena, un cuerpazo y una persona ligada desde hace 35 años a una de las mejores playas de Canarias: la orotavense de El Bollullo. Ahí ha ejercido de socorrista desde 1991, cuando esta figura no estaba en casi ninguna cala o charco, por peligrosos que fueran, sobre todo en las vertientes norteñas.


Desde entonces, y manteniendo una forma más que envidiable, como si no pasara el tiempo por él, Chicho ha visto cómo se ha ido profesionalizando su actividad; cómo se ha ido prestando cada vez más atención a esta labor clave, y más en una región tan turística; cómo han ido creándose equipos de socorristas en zonas como Playa Jardín (Puerto de la Cruz) y otros municipios con gran oferta; cómo han proliferado los cursos o cómo se han ido incorporando jóvenes de Cruz Roja que acaban o no con su misma formación y grado.

Más socorristas, pero más ahogamientos


Chicho también ha visto cómo ha ido aumentando, paradójica y lamentablemente, el número de ahogados, incluso en playas cada vez más protegidas, con señales, socorristas y múltiples medidas. Según señala, “el problema ahora es que están viniendo turistas de toda Europa, sobre todo del centro y este, que no hacen caso, que son muy temerarios. A los alemanes, antes les mencionabas a la Policía y se acabó, pero ahora no, sobre todo con los jóvenes”.


Otro problema que ve es que, con las nuevas tecnologías y los mapas por internet “que te llevan a charcos o zonas de mar de todos lados y que antes eran impensables”, donde simplemente no hay seguridad y hacen tropelías más que arriesgadas que muchas veces acaban mal. Además, y porque tiene claro que el cambio climático está afectando, ha constatado cómo ha ido subiendo el nivel del agua, sobre todo en playas como la pequeña de El Bollulo (en realidad, son dos calas).


Por supuesto, con 35 años de experiencia no solo presume de ser el más veterano y longevo de estos profesionales (el Ayuntamiento orotavense fue pionero en esto, aunque nunca se ha planteado algo igual para las playas de Los Patos, El Pozo y El Ancón-Santa Ana), sino que ha vivido de todo: situaciones variopintas (peligrosas, dramáticas, graciosas…), miles de anécdotas en la negra y caliente arena de El Bollullo cuando pica el sol con fuerza (con infinidad de turistas que se queman los pies porque piensan que, al ser negra, resulta más llevadera) y momentos también preciosos, como cuando, por su idea, impulso e iniciativa (junto a asiduos de la cala como Pedro Luis o el antiguo camarero responsable del chiringuito, Toño), asentaron la tradición de procesionar y embarcar la pequeña imagen de la virgen del Carmen situada en una no menos diminuta ermita en la escalera de acceso a la playa.


Chicho es de los que lleva décadas advirtiendo sobre los problemas con los ahogamientos en Canarias. Y es que su experiencia en El Bollullo, una de las playas más bellas pero, a la vez, peligrosas de Tenerife, le ha curtido y sabe leer enseguida los riesgos y hasta los perfiles de las personas que se acercan al agua.


De hecho, esto último resulta especialmente importante en esta cala, dado el gran número de turistas que llegan caminando, en coches de alquiler o taxis desde los hoteles portuenses (sobre todo ahora, en otoño, invierno y primavera, cuando el mar empeora, y en esta Semana Santa se repetirá), aparte de asiduos locales o visitantes de otras zonas de la Isla. Por supuesto, y por desgracia, ha vivido momentos duros, con salvamentos difíciles “en los que se me han puesto en la garganta”, recordando sobre todo el de una turista “a la que salvé junto al roque y que, cada vez que viene, me trae una caja de dulces”.


Significativamente, no estuvo en El Bollullo los días de los últimos tres ahogamientos (a él no se le ha muerto nadie) porque le tocaban vacaciones o tenía la baja. El más grave se dio el 17 de octubre de 2017 (no lo puede olvidar, aunque estuviese en su casa), cuando dos alemanes de unos 30 años fallecieron, con otro que sí fue rescatado por Pedro (trabajador entonces del chiringuito). Tampoco estuvo el día que murió otro turista por parada cardiorrespiratoria en 2024 mientras se bañaba. Por supuesto, muchos más han sido los salvados y en la mayoría de casos ha intervenido Chicho.


Sobre esto, siempre ha sido tajante: considera que la clave está en la prevención, en que los bañistas hagan caso de las banderas, del resto de señales, carteles y, sobre todo, de las advertencias e indicaciones de los socorristas. Y, aunque es de los que no paran con el pito y se ha expuesto con los salvamientos, también ha tenido claro siempre que, cuando se producen imprudencias de las grandes, con el mar absolutamente pasado, los socorristas o las personas que intentan salvar al apurado no pueden ser temerarios y hay que hacer todo lo posible por ayudarle desde tierra, aparte de que intervengan los helicópteros y demás, pero nunca ampliar los riesgos y posibles víctimas. “A los chicos que comienzan siempre les digo que en esto hay que tener cuatro ojos: mirar para todos lados porque la gente viene a divertirse y no puedes despistarte de ningún metro, y más porque aquí hay una segunda playa tapada por un cabo. Además, muchas veces es más peligroso lo que intentan hacer en tierra, pasando por rocas con posibles desprendimientos para sacarse fotos donde rompe el mar, como en La Tumbona (zona de charcos hacia la playa de callaos llamada San Juan, en la linde con el Puerto de la Cruz)”.


“A mí me enseñaron que el mejor socorrista del mundo es el que no tiene que meterse a salvar a nadie, al que le vale con la prevención y señales. Los chicos nuevos me dicen a veces que se aburren y que quieren lanzarse a salvar y siempre les digo que eso es lo último que deben desear y que ojalá nunca les pase”.


En este sentido, y eso sí, se congratula de la evolución que ha vivido su gremio, la creciente (aunque seguramente insuficiente) concienciación de las administraciones (él mismo ha visto cómo aumentaba el personal en El Bollullo, sobre todo con jóvenes de Cruz Roja) y el incremento de la formación.

Un tiburón y una tradición por una idea suya


Entre las anécdotas, siempre recuerda el día que a un tiburón le dio por darse unas vueltas por la bahía de forma visible desde la arena (algo bastante inhabitual, aunque sin mayores incidencias), o cómo cuajó en los primeros años (en la década de los 2000) la tradición de la embarcación (muchas veces solo paseo, por las malas mareas) de la pequeña imagen de la virgen del Carmen que parte de una idea del propio Chicho.


A un año de jubilarse (quería hacerlo en 2025, pero le advirtieron de que su pensión se habría achicado de forma considerable), su imponente figura con su pantalón corto (normalmente rojo) sigue presente en una playa de la que ya casi forma parte como un elemento más de cualquier postal (“y seguiré viniendo a echarme el bañito una vez me jubile”, según recalca).


Además, su forma física le hace muchas veces bajar caminando desde la Villa Arriba orotavense al Puerto de la Cruz, pasear luego por la costa cruzando el barranco que separa a ambos municipios (el de La Arena) y subir a la calle Centella porque ese día le dio por no coger el coche. Asimismo, su necesidad de mar y sol hace que incluso en muchas de sus libranzas se le vea disfrutar de la sal oceánica en el muelle portuense o en otros puntos, aunque tampoco debe sorprender mucho verle sufrir (y también disfrutar) con cualquier partido de su Atlético de Madrid en algún bar de La Candelaria del Lomo, La Cruz del Teide, La Piedad… Sin duda, otro personaje villero de los buenos y que dejan huella.

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