El Toscal ocupa una de las zonas más céntricas de Santa Cruz de Tenerife, pero entre sus calles todavía sobreviven construcciones que permiten imaginar una forma de vida muy distinta a la actual. Son las llamadas ciudadelas, conjuntos de pequeñas viviendas en los que distintas familias disponían de su propio espacio privado, pero tenían que compartir servicios básicos como la cocina y el retrete.
Este modelo de vivienda colectiva tuvo una presencia destacada en la capital tinerfeña entre finales del siglo XIX y buena parte del XX, especialmente entre los clases populares y trabajadoras.
El Ayuntamiento de Santa Cruz incluye las ciudadelas entre los elementos de interés histórico y etnográfico de El Toscal, barrio declarado Bien de Interés Cultural (BIC) con categoría de Conjunto Histórico en 2007.
Pequeñas viviendas alrededor de un espacio común
La documentación municipal sitúa la construcción de numerosas ciudadelas de El Toscal principalmente entre 1895 y 1905.
Su configuración respondía a un esquema sencillo. Se trataba de pequeñas dependencias o viviendas, generalmente de una planta, distribuidas alrededor de un patio, un corredor o un callejón interior al que se accedía desde la vía pública.
Cada familia ocupaba su propio espacio, pero determinadas instalaciones eran comunes. Las descripciones históricas y urbanísticas del barrio recogen la existencia de cocinas, retretes, aseos o zonas de lavado compartidas entre los residentes.
El Plan Especial de Protección de El Toscal señala además que algunas de estas dependencias tenían dimensiones muy reducidas, en torno a los 14 metros cuadrados, reflejo de unas condiciones habitacionales muy diferentes a las actuales.
Un vestigio de la antigua Santa Cruz
Las ciudadelas constituyen hoy un testimonio de cómo vivió una parte de la población de Santa Cruz durante el fuerte crecimiento experimentado por la ciudad entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX.
La documentación histórica sobre El Toscal recoge problemas de hacinamiento y deficiencias higiénicas asociados a algunas de estas viviendas y a sus servicios comunes.
Con el crecimiento económico, las nuevas promociones residenciales y las sucesivas transformaciones urbanísticas, muchas ciudadelas fueron desapareciendo.
Las construcciones que han llegado hasta nuestros días tienen ahora un valor principalmente histórico y etnográfico: permiten reconstruir una época en la que varias familias podían vivir puerta con puerta y compartir espacios tan esenciales como la cocina, el retrete o las zonas destinadas al agua y al lavado.







