El periodista Vicente Vallés mantiene una estrecha relación con Tenerife, una isla que se ha convertido en su refugio habitual desde hace años. El presentador de Antena 3 adquirió allí una vivienda y suele pasar largas temporadas, especialmente en Navidad y verano, acompañado por su mujer, Ángeles Blanco, y su hijo Daniel. Según ha explicado en varias ocasiones, el Archipiélago le ofrece “tranquilidad y otra forma de vivir”, además del atractivo de un clima que permite pasar del abrigo en Madrid a la ropa de verano nada más aterrizar.
El comunicador no oculta que Canarias ocupa un lugar prioritario en sus planes, incluso pensando en su jubilación. Aunque suele viajar al extranjero un par de veces al año —en Navidad a destinos europeos como Alemania, Bélgica o Suiza, y en verano a lugares más lejanos—, siempre reserva unos días para regresar a las Islas.
Su vínculo con Tenerife comenzó hace más de una década, cuando pasó unas vacaciones navideñas en el núcleo costero de Abades. Aquella experiencia fue decisiva: él y su familia quedaron tan satisfechos que decidieron establecer allí un lugar fijo al que volver con frecuencia. Desde entonces, han recorrido todas las islas, incluida La Graciosa, pero Abades sigue siendo su enclave predilecto.
Este pequeño pueblo del sureste tinerfeño destaca por su estética singular: casas bajas, encaladas y con detalles en tonos verdes o azules que transmiten orden y serenidad. Su ubicación garantiza sol durante gran parte del año, suavizado por la brisa atlántica, lo que refuerza su carácter como destino tranquilo y alejado del turismo masivo.
Para Vallés, este enclave representa una desconexión total del ritmo informativo al que está acostumbrado. En distintas entrevistas ha dejado entrever que imagina su retiro allí, frente al mar, en un entorno donde el silencio sustituya al bullicio diario de la actualidad.
Otro de los elementos que hacen único a este lugar es el antiguo complejo sanitario construido en los años 40 para enfermos de lepra, que nunca llegó a utilizarse. Sus edificaciones de piedra volcánica y una iglesia inacabada dominan el paisaje desde una colina cercana, aportando un aire histórico y cinematográfico que resulta especialmente atractivo para quienes disfrutan del pasado y la arquitectura.
En ese escenario, su rutina ideal pasaría por actividades sencillas: practicar snorkel o buceo en aguas donde abundan tortugas y otras especies marinas, pasear hasta el faro cercano o disfrutar de la lectura frente al océano. También destaca la oferta gastronómica local, con pequeños restaurantes donde prima el pescado fresco y la cocina tradicional sin artificios.
Lejos de grandes complejos hoteleros, Abades conserva una esencia tranquila, con segundas residencias y una comunidad que mezcla residentes locales con amantes del mar y un estilo de vida pausado. Un entorno que, para alguien acostumbrado a la presión mediática, se convierte en el contrapunto perfecto: un lugar donde el tiempo parece detenerse y la actualidad deja de marcar el ritmo.







