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Alfonso García: “La enfermería me enseñó a acompañar y la escultura a escuchar el silencio”

Decano de la Facultad de Enfermería de la ULL y escultor

Alfonso Miguel García Hernández (Santa Cruz de La Palma, 1961) es doctor en Antropología y profesor titular de Enfermería de la Universidad de La Laguna (será el primer catedrático canario en esta especialidad en los próximos meses). Cuenta con tres sexenios de investigación reconocidos, ha sido director del Departamento de Enfermería, vicerrector de Estudiantes de la ULL, vicedecano y actualmente decano de la Facultad de Enfermería de la ULL. Coordina el grupo de investigación Cufinvida. Es autor de numerosas publicaciones sobre muerte, duelo y humanización de los cuidados. Paralelamente desarrolla una intensa trayectoria artística como escultor, con un centenar de exposiciones que lo convierten en un artista reconocido internacionalmente. Su trayectoria se desarrolla, pues, entre la universidad, la investigación sobre el duelo y una prolongada dedicación a la escultura como forma de reflexión sobre la experiencia humana. La entrevista, forzosamente, tiene que girar en torno a sus dos actividades principales, por lo que no ha sido nada fácil adaptarla. Alfonso García es un personaje muy interesante en todas sus facetas.

-Escultura y antropología. ¿Existe una definición de tu obra?
“Intento esculpir preguntas, más que respuestas”.

-¿Y cómo lo consigues?
“Mi obra escultórica se sitúa en la confluencia del arte y la antropología, explorado las grandes experiencias que configuran la existencia humana: el amor, la memoria, la pérdida, el duelo y la trascendencia”.

-Trasciende lo figurativo entonces.
“Son formas estilizadas y simbólicas que, efectivamente, trascienden la expresión figurativa para convertirse en metáforas de los vínculos y de las emociones que acompañan al ciclo vital. La influencia antropológica se manifiesta en una mirada atenta a los significados culturales que las sociedades atribuyen a la vida, la muerte y la identidad, así como en la presencia de arquetipos, rituales y narrativas universales, de modo que la producción artística puede entenderse como una indagación sobre la condición humana, donde cada elemento actúa como una pieza de reflexión sobre aquello que permanece en la memoria colectiva e individual”.

-Una forma diferente de concebir la escultura, pues.
“Si te parece así, de acuerdo, porque la escultura no sólo construye formas sino también relatos visuales que dialogan con las preguntas fundamentales que han acompañado a las culturas a lo largo de la historia”.

-Una gramática para el gesto escultórico, han escrito de tu obra. ¿Cuál es el sentido de esta afirmación?
“Más que una crítica artística convencional, Javier Marrero hizo una interpretación filosófica y poética de mi obra. Entiende la escultura como una exploración de la condición humana, donde la memoria, el amor, la pérdida y la transformación adquieren forma material. A través del hierro, el acero y el bronce intento crear figuras que desafían el peso de la materia para acercarse a la levedad de los sueños y de los recuerdos. Desde luego, con una innegable influencia de la antropología, porque exploro los mitos, los ritos y los relatos que acompañan a las personas en su tránsito por la vida”.

-¿Con cuál de esos materiales te sientes más cómodo?
“Con el acero, porque me permite dibujar en el aire. Me interesa menos el peso de la materia que la posibilidad de transformarla en un gesto, en una línea o en un símbolo capaz de sugerir emociones, recuerdos y experiencias”.

-¿Cuál es el drama del escultor en Canarias, quizá lo estrecho del mercado?
“No es sólo eso. Es también la necesidad de sostener una vocación de largo recorrido en un territorio donde los espacios para la creación, la exhibición y el coleccionismo siguen siendo limitados. Esa misma dificultad te obliga a buscar una voz propia. Y luego está la soledad que, durante años, vive el artista: sin grandes oportunidades de exhibición y con pocas posibilidades de vivir de su creación”.

-Vas a convertirte en el primer catedrático de Enfermería en la historia de la enseñanza en Canarias. ¿Qué sientes?
“Lo vivo con una mezcla de gratitud, responsabilidad y serenidad. No es un reconocimiento individual, sino que representa el recorrido de una disciplina que ha luchado durante décadas por consolidar su espacio académico, científico y social. A estas alturas de la vida, los reconocimientos se contemplan más como consecuencia de un camino recorrido que como una meta en sí misma. Este logro pertenece a muchas personas, no sólo a mí. Me ilusiona pensar no en ser el primero, sino en que detrás de mí vendrán muchos más”.

-Maravillas Aguiar escribió sobre la metáfora del equilibrio en tu obra escultórica. ¿Encuentras ese equilibrio?
“Sí, pero no como estabilidad, me interesa más el equilibrio como búsqueda. No busco el equilibrio de las formas sino el de las contradicciones. Mis esculturas nacen en la conciencia de que la vida nunca está completamente resuelta. Por eso muchas de ellas caminan sobre apoyos mínimos. Como las personas, se sostienen en una combinación de fuerza, incertidumbre y esperanza”.

(Hablamos de las elites dominantes del arte en Canarias. Le pregunto si a nivel oficial sólo se promociona siempre a los mismos y Alfonso me responde que, más que una elite dominante, existen circuitos de reconocimiento que tienden a reproducirse a sí mismos. Aunque opina que ocurre en todos lados y añade que ha aprendido que el reconocimiento institucional y el valor de una obra no siempre caminan al mismo ritmo. Y finaliza:)

“Todos los sistemas culturales generan mecanismos de legitimación; el problema no es que existan, sino que se conviertan en estructuras impermeables”.

-La anatomía juega un papel esencial en tu escultura: preñada de luna, sólo corazón, soñadora de estrellas. ¿Se juntan ahí la escultura y la enfermería?
“Sin duda. Aunque mis esculturas no pretenden representar la anatomía de una forma realista, el cuerpo humano y sus símbolos están muy presentes en mi obra. La enfermería me ha permitido acercarme al cuerpo vivido, no sólo al cuerpo biológico. He conocido el cuerpo que ama, que sufre, que enferma, que da a luz, que envejece, que pierde y que recuerda. Y la escultura me ha ofrecido otro lenguaje para reflexionar sobre esas mismas experiencias”.

-Es gratificante eso.
“Te diré que mi escultura y mi profesión (la enfermería) comparten una misma mirada: ambas intentan comprender qué significa ser humano. Una lo hace desde el cuidado y el conocimiento y la otra desde la forma, la metáfora y la imaginación”.

-¿Y en qué actividad te sientes más cómodo?
“En ambos ámbitos, porque los dos forman parte de mi identidad personal y profesional. La enfermería ha sido mi profesión, mi vocación de servicio y mi carrera académica. El arte ha sido mi lenguaje más personal, una forma de reflexión y de expresión que me acompaña desde muy joven. No los vivo como actividades separadas sino como dos maneras complementarias de acercarme a la condición humana”.

-¿No has sentido la necesidad de elegir?
“No, nunca. La enfermería me ha permitido cuidar, enseñar e investigar; la escultura me ha permitido contemplar, crear y comunicar. Si hoy soy mejor enfermero, investigador y docente es porque el arte me ha enseñado a mirar más allá de lo evidente. Y si mi escultura tiene alguna profundidad es porque durante toda una vida la enfermería me ha puesto en contacto con las preguntas esenciales sobre la vida, el amor, la pérdida y la muerte”.

-Me resulta curiosa esa compatibilidad, Alfonso.
“La enfermería me enseñó a acompañar a las personas y la escultura a escuchar el silencio que dejan sus historias”.

(Tengo en mi poder catálogos de las exposiciones y de la obra escultórica de Alfonso García. Es realmente un homenaje a la antropología también, que es otra de sus pasiones y es doctor en esta disciplina, como he apuntado en la breve biografía del principio).

-Insisto en la soledad del artista.
“Es que es cierta. La escultura exige una enorme inversión de energía y de recursos para producir objetos, que a menudo hallan pocas vías de encuentro con el público. Por eso he hablado de esta soledad”.

-¿Te enorgullece la cátedra?
“Claro que sí, pero si siento orgullo no es tanto por llegar a ser catedrático sino por haber podido dedicar mi vida a una profesión que tiene como centro el cuidado de las personas. Y quizá también por poder demostrar que desde una universidad insular, periférica y alejada de los grandes centros académicos es posible construir una trayectoria docente, investigadora y de gestión con vocación de servicio y proyección internacional”.

-Un pensamiento absolutamente vocacional, me da la impresión.
“La enfermería me ha enseñado a escuchar el sufrimiento, la esperanza, la fragilidad y la adaptación de la gente. La escultura me ha permitido transformar esas experiencias en formas, símbolos y metáforas. Cuando investigo sobre el duelo o acompaño a alguien en momentos difíciles estoy intentando comprender la experiencia humana. Cuando esculpo intento expresar esa misma experiencia desde otro lenguaje”.

(Un hombre sensible, amable, acostumbrado a servir a los demás. Un profesional sanitario de una vocación imbatible y un artista que es capaz de captar belleza, incluso inspirado en pautas de los comportamientos, en la dicha y el sufrimiento. Un conversador estupendo y un hombre con sólida formación académica. Indudablemente su condición de artista/docente debe ser enormemente gratificante).

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