“Me alegro mucho de poder saludar al pueblo de Canarias, que admiro de una manera particular”. Fue lo primero que dijo Fidel Castro ante la nube de micrófonos y cámaras que le esperaban en una escalinata del hotel Bahía del Duque, en el sur de Tenerife. “Los canarios son especialmente trabajadores, crearon la agricultura del tabaco en Cuba, se dedicaron a su cultivo y son unos trabajadores insuperables”, subrayó. Vestido con su uniforme militar verde olivo y semblante sereno, remachó su argumento con un tercer piropo: “Les felicito, nosotros tratamos de que los cubanos imiten las costumbres de los canarios, como trabajadores y como personas”.
El líder de la Revolución, que bordeaba los 70 años, acababa de aterrizar aquella tarde del sábado 15 de junio de 1996 en el aeropuerto Tenerife Sur procedente de Estambul (Turquía), donde el día antes había participado en una conferencia sobre asentamientos humanos en las ciudades, organizado por Naciones Unidas, en la que dejó una pregunta flotando en el ambiente: “¿Para qué servirán los avances tecnológicos y la economía global si no resuelve el problema del hambre, si los países ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres?”.
Su estancia de 21 horas en la Isla cogió por sorpresa al Gobierno de José María Aznar, que trató de evitar primero la escala y apagar después la presencia del líder cubano en el país, apenas unos días más tarde de que el jefe de gobierno español anunciara al vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, la suspensión de la ayuda oficial a Cuba en plena resaca de la aprobación, tres meses antes, de la ley Helms-Burton, que endurecía el embargo de Washington sobre la isla.
“Al Gobierno de Aznar no tengo nada que solicitarle, por el momento no he pensando en eso; le deseo éxito en su tarea”, respondió en tono bajo y entre prolongados silencios el mandatario, que acto seguido amplió su mirada al continente europeo: “Veo que muchos gobiernos tienen dificultades y hay muchas protestas por las medidas llamadas de austeridad que se adoptan para poder alcanzar esos objetivos políticos que se proponen en la comunidad”.
Las presiones de Madrid dejaron en el alambre hasta el último momento la rueda de prensa, que finalmente se celebró junto a una pequeña rotonda, de pie y al aire libre. Además, el error de un agente policial desvió la comitiva de autoridades por un acceso en obras. Castro no lo pasó por alto: “Entramos por los andamios en construcción y yo dije qué dirán los periodistas, que les estamos rehuyendo verlos o saludarlos. Preguntamos por ustedes, ¿dónde están? Tenemos que ir a saludarlos, es inexcusable”, si bien evitó la polémica tirando de sentido del humor: “He hecho un gran ejercicio subiendo escaleras, me hacía falta”.
Abel Matutes, ministro de Asuntos Exteriores, contactó aquella tarde con el presidente canario, Manuel Hermoso, a quien advirtió, con un evidente tono de enfado, de que la visita podía generar un serio problema entre los dos países. “Es nuestro invitado”, le respondió Hermoso, que mantenía una relación cordial con Castro tras una visita a La Habana.
Mientras saltaban chispas en la trastienda de la visita, el jefe de gobierno canario lograba salir airoso del tercer grado al que le sometió delante de los periodistas su convidado, cuya curiosidad no tenía límites: “¿No tienen mármol? ¿Hay algún volcán en erupción? ¿Cuánto personal usa en un día un campo de golf? ¿Cómo llaman los canarios al territorio grande? (en referencia a la Península) ¿Todo ese mar entre las islas son aguas internacionales? ¿Aquí pesca el que quiere? ¿Qué tratado fue ese?”.

Fidel Castro, con tono pausado, también tuvo palabras, desde la distancia, para resumir la situación de su país con la nueva vuelta de tuerca de su vecino del norte: “Tenemos buena capacidad de resistir y algo más que estamos descubriendo: progresar aun en condiciones complicadas, porque nos estamos volviendo mucho más eficientes. Y quizás algún día agradezcamos esas condiciones difíciles que nos hicieron utilizar mejor los recursos de nuestro país y avanzar a pesar de las dificultades”.
Cuando la noche de aquel sábado cayó sobre el sur de Tenerife y el comandante se disponía a enfilar la entrada al hotel tras la larga rueda de prensa, llegó una última pregunta: “¿Vendrá de vacaciones?”, gritó un periodista. Él se giró y respondió con sorna: “Puede ser, pero ¿cuándo me darán tiempo? Mi vecino me da mucho trabajo”.
Al día siguiente, Castro visitó El Teide. Junto al volcán gigante, el blanco de sus dudas fue esta vez el biólogo Antonio Machado, que atendió desde el rigor cada una de sus preguntas y observaciones. “Traerme al Teide fue una excelente idea de mis anfitriones. Inolvidable. Me ha gustado muchísimo. Muy interesante este lugar tan bien cuidado. Puedo decir que no he visto otra cosa igual; es que no hay nada igual”, le comentó al periodista Carmelo Rivero, a quien confesó que allí se sentía “como un descendiente de los guanches”, en referencia a sus raíces isleñas por parte de su madre, Lina Ruz.
Allí, en Las Cañadas y junto a los icónicos Roques de García, Lucas Fernández, hoy presidente del Grupo Plató del Atlántico y editor de DIARIO DE AVISOS, mostró a Fidel Castro un billete de mil pesetas con la misma estampa que contemplaban sus ojos. “Quédeselo de recuerdo”, le dijo, y él respondió: “¿Tú eres el dueño? Vamos a hacernos un retrato”, y le regaló una fotografía única.
Con la vista del imponente Valle Ucanca, el mandatario cubano pronunciaría una de sus declaraciones más sentidas: “Dejaré una parte de mi alma flotando en medio de estos volcanes y lloraré al irme porque me voy más canario a Cuba, aunque no sé si volveré”.
Su siguiente parada fue en Vilaflor. Allí protagonizó una anécdota con su alcalde, José Luis Fumero, quien le informó que su municipio podría darle a Canarias su primer santo, como así ocurriría seis años después con Pedro de San José de Betancur. El presidente cubano lo escuchó con una copa de vino chasnero en la mano y ante un plato de queso blanco. Y recurrió una respuesta marca de la casa: “¿El Hermano Pedro no tiene que hacer algún milagro para que lo canonicen? La llegada de nosotros a Vilaflor es el milagro”, bromeó.
De regreso al hotel, la comitiva se detuvo en Arona, lugar en el que saludó a José Alayón Delgado, Joseíto, admirador de su revolución y padre del concejal aronero Juan José Cheché, también presente, para concluir con un recorrido por Los Cristianos y Playa de Las Américas. Su último abrazo antes de abandonar el hotel lo reservó para Francisco González Casanova, fundador y presidente de la asociación canario-cubana José Martí e impulsor del colectivo de amistad Leonor Pérez en La Habana.

Como cierre del viaje, Fidel Castro sorprendió a pie de escalerilla de su avión al fotografiarse con una decena de guardias civiles que formaron parte de su escolta durante sus 21 horas en Tenerife. Una estampa inédita que puso el colofón a un viaje de alto voltaje que nunca más se repitió.
En sus últimas horas en Tenerife, el presidente cubano accedió a una entrevista personal con la periodista Natalia Cesteros, que publicó la exclusiva en DIARIO DE AVISOS. En ella se confesó admirador de José Martí y Simón Bolívar y a la pregunta de qué eliminaría de este mundo, no dudó: “El imperialismo”. Señaló que se arrepentía de “no haber podido ayudar más a mi pueblo y al mundo” y reconoció que de lo más orgulloso que se sentía era de ser “cubano revolucionario, internacionalista y de haber tenido una madre con ascendientes canarios”.
Cuestionado sobre las cualidades que más valoraba en una persona, apuntó dos: “la integridad y la honestidad”. Y tras destacar su afición por la lectura y la pesca, Castro bromeó con la informadora en su última pregunta: “¿Hay algo que quiera y no haya conseguido todavía?”. “Una mujer de aquí, de Canarias”, soltó con una media sonrisa.






