El primer viaje de un papa a Canarias terminó ayer en Tenerife, isla en la que León XIV permaneció un par de horas más de lo previsto por una avería en el avión Airbus 320 de la compañía Iberia que le debía trasladar a Roma. Finalmente, despegó en el Falcon ofrecido por el rey Felipe VI, que le despidió a pie de escalerilla. Atrás quedaba una visita inédita que dejó “conmovido” a su protagonista por el “gran afecto” recibido.
León XIV aterrizó a las 09.20 horas en el aeropuerto Tenerife Norte y se dirigió al campamento de acogida de Las Raíces, donde participó en un emotivo acto con jóvenes mayoritariamente subsaharianos. Allí subrayó que la ayuda humanitaria “devuelve la esperanza y dignifica a las personas” y recordó que “todos de algún modo somos migrantes y peregrinos en camino a la patria celestial”, por lo que defendió la vía de la solidaridad “para hacer de esta travesía un lugar más humano para todos”.
Robert Prevost escuchó con atención el testimonio de Mbake, senegalés de 20 años, que llegó en cayuco a El Hierro en 2024 y relató su “infierno” después de nueve días en el mar y quedarse sin combustible. “Le pedimos que siga recordando al mundo que detrás de cada inmigrante hay un sueño, una madre que reza y una persona que merece una oportunidad para ayudar a su familia”, manifestó.
Bousso Diouf, migrante nigeriana, reclamó, emocionada, que las fronteras no se conviertan en “muros de indiferencia” y que la “humanidad” con los migrantes “siempre esté por encima de cualquier condición legal”. Además, se refirió a Canarias como “el primer lugar de esperanza después de un largo camino de sufrimiento”. El pontífice saludó personalmente a los jóvenes presentes y cogió en sus brazos a varios niños de familias migrantes. Una de las estampas la protagonizó una bebé jugando con la cruz papal.
León XIV elevó el tono en el acto de la plaza del Cristo de La Laguna con un claro mensaje dirigido a las mafias traficantes de personas: “Deténganse, conviértanse; por cada vida perdida y cada familia engañada tendrán que comparecer ante la justicia divina”, dijo. Tras insistir en que “la última palabra no puede tenerla el miedo, la indiferencia ni la violencia de quienes comercian con la vida humana”, aclaró que la palabra integrar “no es borrar la historia de quien llega”.
El papa insistió en que la conciencia cristiana no puede permanecer indiferente ante las víctimas de los naufragios en los “cementerios de mar” y advirtió del “naufragio silencioso” que supone la soledad en un lugar sin vínculos, trabajo ni conocimiento del idioma.
Su siguiente parada fue en el Obispado, donde dedicó unas palabras desde el balcón a los presentes en las que volvió a manifestar su agradecimiento por la acogida a los migrantes. “Todos queremos ser reconocidos con la dignidad humana que Dios ha dado cuando nos ha creado. Todos somos hermanos y hermanas”, dijo.
El puerto de Santa Cruz acogió su último acto multitudinario como colofón a su viaje de seis días por España. “¡Abran a todos este mar de amor! Este es mi deseo y mi oración para ustedes y para todos aquellos que encuentren en su camino; ningún ser humano es una isla”, proclamó ante 35.000 personas Robert Prevost, que se refirió a la “vocación turística de Tenerife”, en contraste con el drama migratorio y pidió que “no se reduzca todo a comercio y beneficio”.
Durante la homilía, el sucesor de Francisco I propuso a los fieles que “aprendan a valorar a cada persona y a gozar con lo más simple”. Al final de la misa, León XIV aseguró regresar a Roma “conmovido” por el “gran afecto” que ha recibido durante su visita a España.








