Los primeros rayos de luz despertaron a Santa Cruz de Tenerife con la serenidad de cada día. Sin embargo, la de ayer no era una mañana cualquiera. La ilusión de toda una ciudad por asistir a un acontecimiento único –la primera visita de un papa a la Isla– se reflejaba en la mirada de quienes, desde temprano, comenzaron a llenar las calles.
Algunos, con gorras y gafas de sol ya colocadas, ponían rumbo al puerto para acceder cuanto antes a sus asientos para la misa multitudinaria. Otros, como Graciela y Lali, se instalaban en sus sillas plegables a la altura de La Salle, desde donde el papamóvil iniciaría su trayecto.
“No todo el mundo puede ir a Roma a ver al papa… ¡Pero esta vez es él quien viene a vernos a nosotros!”, comentan las mujeres, desplazadas desde Somosierra para llegar a las 9.30 -dos horas antes del momento previsto para el paso de Su Santidad- y asegurarse un lugar en primera fila. Con ellas traen bocadillos, fruta, agua… y la emoción de estar a pocos metros de León XIV. “Ojalá nos dirija unas palabras”.

Unos metros más adelante, pasado el puente Galcerán, sobresalen los parasoles azules de un grupo de mayores, también alineadas a pie de calle. “Llevan días nerviosos y emocionados. Se han maquillado, se han pintado los labios, los ojos… Han querido presentarse con sus mejores galas”, señala Luz Mercedes, sanitaria del Hospital Febles Campos. Sus pacientes de psicogeriatría, hombres y mujeres de entre setenta y noventa años, “se criaron en una cultura católica”, por lo que este día representa para ellos “la ilusión de toda una vida”.
Son ya las 10.30 y la gente comienza a concentrarse en la plaza Weyler. Frente al edificio de Capitanía, engalanado para la ocasión, muchos buscan abrirse hueco para obtener la mejor perspectiva. Mientras el sol comienza a apretar con más fuerza, los bordillos a la sombra se convierten en los espacios más codiciados.

Uno de los puntos de mayor expectación se sitúa frente al Ayuntamiento. Allí se espera que León XIV descienda del vehículo para saludar a las autoridades municipales, por lo que muchos consideran que puede ser la mejor oportunidad para contemplarlo de cerca. Según los horarios oficiales, el recorrido del papamóvil está previsto para las 11.30. Sin embargo, a esa hora, quienes siguen los actos de La Laguna desde sus teléfonos comprueban que la llegada a la capital acumulaba retraso.
Con las campanadas del mediodía, el calor obliga a desplegar los abanicos. La espera comienza a hacer mella en el ánimo de los asistentes, aunque el paso de cualquier vehículo provoca inmediatamente la misma pregunta: “¿Llegó ya?”. Cada vez son más los coches oficiales que aparecen por la zona, elevando la expectación de los presentes. Y con el helicóptero de la Benemérita sobrevolando el centro santacrucero, ya no hay dudas: el instante está al caer.
“¡Míralo, está ahí!”, exclama una madre a su hija mientras señala a lo lejos la llegada de la comitiva, que va generando a su paso una ola de gritos, cánticos y cámaras en alto. La calle, las ventanas y los balcones rebosan de gente a su paso. Como se había anunciado, el vehículo descapotado se detiene… aunque por poco tiempo, y el papamóvil reanuda su marcha hacia la misa.

Tras su paso, las calles que descienden desde el centro comienzan a llenarse de personas que, a un ritmo ligero, intentan alcanzarlo en algún otro punto del recorrido. Sin embargo, la comitiva acelera y, en apenas unos minutos, el pontífice alcanza la plaza de España. La velocidad del convoy provoca risas entre algunos y cierta decepción entre quienes esperaban disfrutar de más tiempo. Pese a ello, la mayoría continúa hasta la zona de Hacienda y Presidencia, desde donde confían en seguir, aunque sea a distancia, el último gran acto de la jornada.
A lo lejos, el potente equipo de sonido y las pantallas instaladas en el muelle permiten a quienes no consiguieron acceder a la homilía seguir las palabras de León XIV. Algunos fieles participan y rezan. Otros simplemente permanecen allí, presentes y en silencio, conscientes de que probablemente nunca vuelvan a vivir una jornada semejante.
Y es que, ciertamente, no hay que perder de vista que tras esta visita existe un importante componente religioso. Para los más críticos, resulta difícil justificar una movilización de esta magnitud -acompañada por un gasto público de tres millones de euros- en torno a una institución que, a juicio de muchos, no ha condenado con la suficiente contundencia los abusos a menores ni ha evolucionado al ritmo de la sociedad en cuestiones como los derechos LGTBI, la eutanasia, el feminismo o el aborto.
A pesar de ello, la euforia -también entre ateos- demostró que lo de ayer iba más allá de la fe. Se trataba de formar parte de la historia, de presenciar un acontecimiento que muchos padres contarán algún día a sus hijos. Y, por qué no, de poner sobre la mesa algunos de los debates que el propio León XIV decidió traer consigo.

El pontífice recibe una réplica de la Cruz Fundacional de Santa Cruz
Uno de los momentos más destacados tuvo lugar cuando el alcalde, José Manuel Bermúdez, entregó a Su Santidad una réplica de la Cruz Fundacional, símbolo histórico de la ciudad. La pieza, elaborada mediante digitalización 3D y técnicas de orfebrería en plata, representa la identidad y el origen de Santa Cruz, ligado al desembarco de 1494 en Añazo. Realizada por empresas canarias, la obra sintetiza memoria, patrimonio y una jornada considerada ya emblemática para la ciudad.







