Comienza el calor y con ello las visitas a la playa o la piscina. Dentro de los bolsos inmensos en los que deben ir las toallas o los protectores solares hay que dejar espacio para los juguetes del verano, aquello que, más que otros, son completamente estacionales.
Para los que crecimos en aquellos tiempos de la EGB, hay muchos que permanecen en nuestro recuerdo, desde verdaderas revoluciones, como la bola loca, a las clásicas pistolas de agua.
Nuestros juguetes del verano

Pistolas de agua. Con el tiempo han evolucionado tanto que llegan a parecer casi, casi reales. Y no, no es exageración: las hay con recarga automática, USB o panel de estado del nivle de agua. Su origen es más antiguo de lo que creemos.
La primera patente de pistola de agua fue de J. W. Wolff, registrada el 30 de junio de 1896, y está considerada como uno de los testimonios más antiguos conservados de una pistola de agua, la idea de jugar con artefactos que expulsan agua es mucho anterior. De hecho, existen representaciones de niños utilizando objetos similares desde, al menos, el siglo XVI. Uno de los ejemplos más citados aparece en la obra Juegos de niños, pintada por Pieter Bruegel el Viejo en 1560.
Su gran salto comercial llegó con la expansión del plástico como material de fabricación y, décadas después, con modelos de mayor presión como las conocidas Super Soaker, lanzadas a finales de los años 80 y popularizadas en los 90. Estas pistolas incorporaban sistemas de bombeo que permitían lanzar chorros más potentes y a mayor distancia, convirtiéndose en un símbolo de los juegutes del verano y en uno de los juguetes acuáticos más reconocibles en playas, piscinas y fiestas al aire libre.

La bola loca. Comansi, marca legendaria, sacó al mercado en los años 80 un juguete que fue toda una revolución, la bola loca. El sistema era sencillo, una pelota de goma que teníamos que capturar con dos mangos de plástico con ventosas.
Si tapabas el orificio del mando, lograbas, mediante un efecto vacío, que la pelota -la bola loca- se quedara completamente pegada al mango.
Era complicado para jugar en playas abarrotadas, pero, teniendo espacio, era mejor, y estaba mejor vendido, que las palas de toda la vida.
Frisbee. Quién nos iba a decir que el Frisbee se iba a convertir en un deporte de equipo reconocido por el Comité Olímpico Internacional (COI)… Comenzó como un deporte en los años 60 del siglo XX, se popularizó en la década de los 80 y, sobre todo, inundó las playas en esa misma época.
Aunque muchas personas utilizan la palabra frisbee para referirse a cualquier disco volador, en realidad se trata de una marca registrada de la compañía de juguetes Wham-O. Este objeto, empleado tanto como juguete como en distintas modalidades deportivas, suele fabricarse en plástico moldeado por inyección y tiene, por lo general, unos 25 centímetros de diámetro. Su diseño incluye un borde marcado que facilita el agarre, el lanzamiento y la recepción durante el juego.

Su hipnótico vuelo se debe a su forma le permite desplazarse por el aire con mayor estabilidad que una superficie plana, ya que reduce la resistencia y favorece la sustentación durante el vuelo. Alcanzó gran popularidad porque, como sucedería con la pelota de Nivea, muchas marcas comerciales lo usaron como soporte publicitario, sobre todo marcas de tabaco y refresco.

La pelota de Nivea. Si hablamos de “inundar” las playas, ningún otro juguete del verano lo hizo de maneta tan literal como la pelota de Nivea. La propia marca ha estimado que ha fabricado unos 20 millones de unidades a lo largo de su historia, siendo un clásico de las vacaciones.
Llegaron a ser lanzadas desde avionetas, y la clave era que era resistente, barata y fácil de inflar. España acogió la pelota Nivea en los años 70 del siglo XX. Se popularizó el uso de los protectores solares y la mejor forma de llevarla a todos, incluso para aquellos que no usaban esta marca, era la de lanzarla desde avionetas y helicópteros.
Ahora puede parecer una idea disparatada, pero la avioneta de Nivea sobrevolaba algunas de las playas más importantes de España y las dejaba caer sobre una multitud que enloquecía por hacerse con una.
Aquí también hubo algo de investigación: para que las pelotas no acabaran en el mar, se lanzaban a medio inflar, pues si se hacía con todo el aire en su interior, como en las primeras ocasiones, la mayor parte de ellas acababan océano adentro.

Palas de playa. Llegan a costar más de 300 euros –no es ninguna broma-, desde que en la primera mitad del siglo XX, en la playa de la Magdalena, en Santander, comenzaran a usarse por pura diversión. Historiadores lo sitúan en 1928, después de que varios niños cogieran pelotas de un club de tenis cercano y comenzaran a jugar sobre la area húmeda. La pala de madera llegaría con el tiempo, pues resistía mejor los golpes de una bola mojada que el cordaje tradicional de las raquetas de tenis.
Al no necesitar red, poderse “marcar” el campo sobre la arena con un dedo o un palo y no ser competitivo, es decir, la intención real es que la bola aguante en el aire el mayor tiempo posible, fue un juego que, muy pronto, se volvió muy popular.
Con el paso de las décadas, las palas se han convertido en una imagen habitual de las playas. Casi un siglo después de aquellos primeros partidos en Santander, este juego se practica en numerosos lugares y ha dado lugar a distintas variantes, tanto en la forma de jugar como en los materiales y diseños de las palas utilizadas.





