Este miércoles 12 de agosto, el Sol volverá a oscurecerse sobre España y millones de personas levantarán la vista hacia un fenómeno cuya mecánica conocemos con una precisión que habría parecido sobrenatural a casi cualquier civilización del pasado. En buena parte de la mitad norte peninsular la ocultación será total; desde Canarias contemplaremos un eclipse parcial de gran magnitud mientras el Sol desciende hacia el Atlántico. Cada una de sus fases puede conocerse hoy mediante mapas y aplicaciones oficiales, pero la historia que aquí nos interesa comenzó mucho antes de que aprendiéramos a calcular la sombra, cuando ver desaparecer el astro que gobernaba el día significaba enfrentarse a una anomalía capaz de comprometer el orden mismo del mundo.
Del hombre neolítico podemos reconstruir sus poblados, sus cultivos, sus enterramientos y algunos de los lugares hacia los que orientó sus monumentos, pero ignoramos qué pensó cuando contempló un eclipse. La arqueoastronomía ha demostrado que numerosas sociedades prehistóricas siguieron atentamente los ciclos del Sol y de la Luna, aunque sería imprudente transformar esa evidencia en sacerdocios, profecías o sistemas de predicción que nadie ha podido demostrar. Basta la escena desnuda: grupos humanos cuya existencia dependía de la repetición de las estaciones contemplando cómo, en una hora que no correspondía a la noche, algo parecía morder el disco solar. Las tormentas y las nubes pertenecían al repertorio conocido de la naturaleza; el eclipse introducía algo mucho más desconcertante, porque era el propio Sol el que parecía sufrir una herida.

La imagen reaparecería después en culturas muy alejadas entre sí. Rahu perseguía al Sol en la tradición india, mientras distintos relatos del Asia oriental imaginaron dragones, perros celestes y otras criaturas que intentaban devorarlo. No hace falta suponer una religión universal del eclipse para comprender esa coincidencia. Antes de que existieran palabras como órbita, umbra o fotosfera, el mordisco ofrecía una explicación inmediata de lo que los ojos creían estar viendo y convertía el avance de la Luna en el ataque de una voluntad hostil. Golpear vasijas, hacer ruido o recitar fórmulas podía parecer entonces una manera razonable de ayudar al Sol a librarse de aquello que lo estaba consumiendo.
Con la escritura, aquella inquietud empezó a dejar documentos. Babilonios y asirios observaron el cielo con una perseverancia formidable, registraron eclipses durante generaciones y reconocieron regularidades que permitían anticipar algunos de ellos, sin que semejante conocimiento despojara al fenómeno de su condición de presagio. En las cortes mesopotámicas un eclipse podía anunciar desgracias para una ciudad, una dinastía o el soberano, y de esa convicción nació el šar pūhi, el extraordinario ritual del rey sustituto. Si los especialistas consideraban que el cielo amenazaba al monarca, otro hombre podía recibir temporalmente la dignidad real para atraer sobre sí el destino adverso; concluido el periodo peligroso, aquella realeza prestada solía terminar con la muerte del sustituto. Uno de esos eclipses, registrado por los asirios el 15 de junio de 763 a. C., continúa prestándonos servicio casi tres mil años después: su brevísima noticia permite fijar la secuencia de los epónimos asirios y, a través de ella, buena parte de la cronología del Próximo Oriente.
Grecia introdujo otra forma de interrogar la oscuridad sin expulsar inmediatamente a los dioses del cielo. Heródoto cuenta que medos y lidios estaban combatiendo cuando el día se convirtió en noche y ambos ejércitos abandonaron las armas, episodio identificado tradicionalmente con el eclipse del 28 de mayo de 585 a. C.; el historiador atribuyó a Tales de Mileto el anuncio del año en que ocurriría, aunque seguimos sin saber qué pudo prever realmente y mediante qué conocimientos. La anécdota ha llegado hasta nosotros rodeada de incertidumbres, pero muestra que el eclipse podía actuar sobre el curso de los acontecimientos incluso allí donde comenzaban a buscarse causas naturales para los fenómenos del cielo.

Siglos después, el mecanismo de Anticitera incorporaría el ciclo de Saros, un periodo de unos dieciocho años, diez u once días y ocho horas tras el cual vuelven a producirse eclipses de geometría semejante, aunque desplazados sobre la superficie terrestre. En el reverso de aquella extraordinaria maquinaria de bronce, signos diminutos indicaban si el eclipse esperado sería solar o lunar y la hora aproximada en que podía ocurrir. El artefacto no permitía saber desde qué lugar concreto sería visible cada fenómeno, pero convertía la irrupción de la sombra en una recurrencia que podía ser seguida mediante engranajes, escalas e inscripciones. Roma heredó una parte considerable de aquel saber y continuó leyendo eclipses y otros prodigios dentro de la vida política, de modo que explicación natural y presagio convivieron durante siglos sin la separación tajante que hoy tendemos a establecer entre ambos.
La península ibérica ofrece una continuidad especialmente rica. En el tercer libro de sus Etimologías, Isidoro de Sevilla explicó que el eclipse solar se producía cuando la Luna se interponía entre la Tierra y el Sol, y que el lunar ocurría cuando el satélite entraba en la sombra terrestre. Estas nociones, transmitidas y copiadas por el Occidente medieval, no impedían que el cristiano habitara un mundo en el que los astros continuaban cargados de significado. Conocer la causa de un eclipse no obligaba a considerarlo irrelevante, y la historia sagrada había situado precisamente una oscuridad mucho más formidable en el centro del tiempo cristiano.
Mateo, Marcos y Lucas relatan que las tinieblas cubrieron la tierra desde la hora sexta hasta la nona durante la agonía de Cristo, mientras Lucas añade que faltó la luz del Sol. No pudo tratarse de un eclipse solar ordinario: la Pascua judía se celebra en torno a la luna llena y un eclipse de Sol sólo puede producirse durante la luna nueva, además de que ninguna totalidad natural podría prolongar durante tres horas aquella oscuridad. Para la imaginación cristiana, la imposibilidad astronómica no debilitó el prodigio, sino que terminó otorgándole una dimensión todavía mayor. Si el Sol había quebrantado su propio curso ante la muerte de Cristo, era la creación entera la que parecía haber entrado por unas horas en el drama del Calvario.
La tradición atribuida al Pseudo Dionisio Areopagita dio a esa lectura una extraordinaria fortuna medieval. Un texto compuesto a finales del siglo V o comienzos del VI presentaba a Dionisio contemplando desde Heliópolis aquella oscuridad contra natura, y durante buena parte de la Edad Media se creyó que su autor había sido realmente el ateniense convertido por san Pablo. El Sol y la Luna terminaron flanqueando a Cristo en numerosas representaciones de la Crucifixión, unas veces como discos celestes y otras personificados o velados, incorporados al luto de un cosmos que se estremecía junto a la cruz.

La astronomía moderna ha añadido una coincidencia sugestiva. El 3 de abril del año 33, una de las fechas propuestas para la muerte de Jesús, se produjo un eclipse parcial de Luna. Algunos cálculos sitúan al satélite naciendo todavía eclipsado sobre el horizonte de Jerusalén, aunque su visibilidad efectiva continúa discutida debido a la escasa altura y a las posibles condiciones atmosféricas. El fenómeno no explica las tres horas de oscuridad de los Evangelios ni permite fechar por sí solo la Crucifixión. De aquel posible crepúsculo no conservamos testimonio, sólo la reconstrucción de una Luna que pudo aparecer ensombrecida al término de un día cuya memoria transformaría la historia de Occidente.
La península ibérica posee también su propio episodio de oscuridad y guerra. El 19 de julio de 939 un eclipse recorrió el cielo peninsular mientras la campaña emprendida por ʿAbd al-Raḥmān III contra los reinos cristianos avanzaba hacia el choque que semanas más tarde tendría lugar en Simancas frente a Ramiro II de León. No fue, como la leyenda ha querido embellecerlo alguna vez, una noche súbita que detuviera las espadas en mitad de una carga; la batalla todavía no había comenzado. Sin embargo, en un verano en el que ejércitos, fortalezas y fronteras estaban ya en movimiento, la desaparición del Sol encontró hombres dispuestos a leer en el cielo aquello que aún ignoraban de la guerra. Cuando la derrota califal dio a la campaña su sentido definitivo, el eclipse ocupó el lugar que le reservaron las crónicas.
Poco más de un siglo después, al-Ándalus nos entrega una experiencia distinta. Ibn Muʿādh al-Jayyānī, vinculado a Jaén, describió el eclipse solar del 1 de julio de 1079, precisamente uno de los escasos datos cronológicos seguros de su vida, y desarrolló una obra matemática y astronómica que acabaría circulando más allá del mundo árabe. Sus tablas, adaptadas a la longitud de Jaén, ofrecían procedimientos para calcular las horas, el calendario, la Luna nueva y los eclipses. Astronomía, astrología y religión compartían observaciones e interrogantes sin que aquella proximidad resultara contradictoria para los hombres de su tiempo: la misma sombra que ingresaba en una crónica como signo inquietante podía ser sometida al número.
Toledo se convertiría en uno de los lugares donde esos conocimientos cruzaron lenguas y tradiciones. El programa científico desarrollado durante el reinado de Alfonso X recogió una larga herencia de astronomía árabe y judía y la integró en obras destinadas a circular por el mundo cristiano, entre ellas las célebres Tablas Alfonsíes. No se trató de una transmisión simple ni del trabajo de una escuela uniforme, sino de una empresa cortesana en la que participaron sabios y traductores de procedencias diversas. Durante la Edad Media, calcular el curso de los astros no exigía vaciarlos de significado: la observación necesaria para levantar unas tablas astronómicas podía alimentar también juicios astrológicos, porque la frontera moderna entre astronomía y astrología aún no existía en los términos que hoy nos resultan familiares.
Pocas imágenes ofrecían a aquella mentalidad una materia simbólica tan poderosa como el eclipse. El Sol aparecía íntegro, comenzaba a perder su forma, parecía morir durante la totalidad y terminaba por regresar. Fertilidad, sucesión de los reyes, muerte y restauración podían encontrar en esa secuencia una representación visible sin necesidad de que todas las culturas compartieran una misma doctrina. El fenómeno admitía al mismo tiempo el cálculo y el miedo, la observación minuciosa y la lectura religiosa, porque saber que el Sol continuaba existiendo no anulaba la experiencia de verlo desaparecer.
Canarias añade a esta historia una profundidad anterior a los observatorios contemporáneos. En Gran Canaria, diversas investigaciones arqueoastronómicas han estudiado la posible relación entre algunos espacios aborígenes y posiciones solares significativas dentro del ciclo anual. Risco Caído constituye el ejemplo más conocido, integrado además en el paisaje cultural de las Montañas Sagradas reconocido por la UNESCO. Nada autoriza a atribuir a las antiguas poblaciones insulares una doctrina concreta acerca de los eclipses, y tampoco conviene presentar como certeza lo que continúa siendo objeto de interpretación, pero algunos investigadores consideran que determinados recintos pudieron funcionar como marcadores del ciclo solar y estacional. Aquellas observaciones no mantienen una continuidad científica con la astrofísica moderna; pertenecen, sin embargo, a una misma geografía en la que el movimiento del cielo ayudó a ordenar el tiempo humano.
El 2 de octubre de 1959 esa relación adquirió una forma que todavía permanece en la memoria familiar de Canarias. Un eclipse total atravesó el noreste de Tenerife, Gran Canaria y el suroeste de Fuerteventura y dejó durante algo más de dos minutos una oscuridad que muchos testigos recordarían durante décadas. Descendió la temperatura, los animales alteraron su comportamiento y en algunos lugares circuló aquella expresión que terminó asociada al acontecimiento: «la fin del mundo».
Sería injusto contemplar esas palabras desde la suficiencia de nuestro tiempo. Las islas seguían marcadas por la escasez de la posguerra, la emigración clandestina y profundas desigualdades educativas, aunque los testimonios recogidos muchos años después muestran también incredulidad, humor y personas que continuaron atendiendo sus tareas mientras el día se apagaba. Muchos sabían que iba a producirse un eclipse; otra cosa era haber sentido alguna vez el descenso repentino de la temperatura y haber visto cómo una mañana perdía su luz. El miedo existió, pero nunca fue la única manera de recibir aquella oscuridad.
A pocos kilómetros de quienes miraban el cielo mediante cristales ahumados, procedimiento entonces habitual y hoy desaconsejado, se desplegaba la tecnología más avanzada de la época. Tenerife recibió científicos, cámaras e instrumental destinados a estudiar el eclipse, y hasta un F-101B Voodoo estadounidense fue utilizado para filmarlo desde unos veinte mil metros de altura. José María Torroja y Antonio Romañá impulsaron el estudio de las condiciones astronómicas de Izaña y, en 1961, un joven Francisco Sánchez llegó a Tenerife para emprender la prospección científica de sus cielos. Aquellos trabajos abrieron un proceso largo, hecho de mediciones, acuerdos e infraestructuras, que acabaría convirtiendo a Canarias en uno de los grandes territorios mundiales para la observación del universo. El eclipse de 1959 no creó por sí solo la astrofísica moderna en las islas, pero contribuyó a situarlas ante la comunidad científica internacional en un momento decisivo.
Este miércoles volveremos a mirar hacia arriba desde una posición muy distinta. Sabemos a qué hora comenzará el eclipse, cuánto durará en cada lugar y cómo debe observarse sin peligro mediante filtros homologados. En Canarias la Luna llegará a ocultar alrededor del setenta por ciento del disco solar, aunque la cercanía del ocaso y la propia orografía harán que en algunos lugares el Sol desaparezca tras las montañas antes de que concluya el fenómeno. Quienes quieran contemplar desde el Archipiélago una totalidad semejante a la de 1959 deberán pensar en una escala temporal que excede cualquier vida: los cálculos sitúan el próximo eclipse total sobre las islas en 2187.
Faltan varias generaciones para que llegue esa fecha, y del eclipse de este miércoles quedarán fotografías, registros científicos y el recuerdo de una tarde en la que la luz adquirió un color desconocido. Los cálculos explicarán cada segundo y los instrumentos registrarán cuanto suceda, pero en las calles, en las azoteas y frente al Atlántico volverá a producirse ese silencio que acompaña a los fenómenos demasiado grandes para la conversación cotidiana, mientras la Luna avanza sobre el Sol y la última claridad del día permanece suspendida sobre el horizonte.
Carlos Jesús Pérez Simancas es ganador del XIV Premio Internacional de Divulgación Histórica «Juan Antonio Cebrián» Villa de Crevillent 2026







