Entrevista

Alberto Vázquez-Figueroa: “Europa será musulmana. Ellos se reproducen más rápido”

El visionario, aventurero y autor tinerfeño, maestro del 'bestseller' español, siente todavía, a punto de cumplir los 80 años, la necesidad de escribir. Después de haber vendido 25 millones de novelas, lo necesita no solo porque le sigue resultando “divertido” el oficio de “contador de historias”, que aprendió con los beduinos en el desierto, sino, sobre todo, porque asegura que “está arruinado”

Alberto Vázquez-Figueroa

Alberto Vázquez-Figueroa, amigo y vecino durante años del Nobel José Saramago en Lanzarote, no pierde el sueño por obtener el visado literario español. Le importa un bledo: “¿Chaqué para entrar en la Real Academia? ¡Tú estás loco!”, reniega este tinerfeño en su casa de Madrid. A punto de cumplir 80 años -en otoño-, el maestro del bestseller español, el aventurero y visionario, siente aún la necesidad de escribir. Después de haber vendido 25 millones de novelas en más de medio siglo de autor insaciable y traducido, lo necesita no solo porque le sigue resultando “divertido” el oficio de “contador de historias” que aprendió con los beduinos en el desierto, sino, sobre todo, porque está arruinado. El paradigma de escritor de éxito, que se ha codeado con Hemingway, Nicholson o su amigo Polanski, y se curtió en los campos de batalla como corresponsal de guerra, desde niño tuvo que forjarse a sí mismo tras el suicidio de la madre y la larga enfermedad del padre turberculoso. Ha dedicado más dinero de la cuenta a inventos con los que quiso hacer prodigios, como sus famosas desaladoras de ahorro de energía y agua barata, y siente que enemigos poderosos han podido con él: “Me han derrotado, lo sé, pero me llevaré a la tumba el respeto de mis lectores”. No es el Quijote luchando contra los molinos de viento, sino alguien enfrentado a Hacienda. Nada menos. “Es el cáncer de la sociedad”, proclama rabioso, y lo acaba de escribir en 368 páginas, junto al drama yihadista, ahora mismo de actualidad en Europa. La barbarie es el título de su última novela.

-¿Entonces, esto es La barbarie?

“Estos salvajes tienen prisa en someternos y Bélgica muestra una gran ineptitud policial. Pronto la mitad de Europa votará a musulmanes y la otra a la ultraderecha, como en Francia, y los partidos tradicionales desaparecerán. Europa será musulmana. Por cada musulmán que tiene siete hijos, hay un cristiano con uno, a lo sumo dos. Ellos se reproducen más rápido. El último refugio del cristianismo será Latinoamérica”.

-¿Cómo era de niño la vida entre beduinos y tuaregs?

“Unos musulmanes maravillosos; los tuaregs daban libertad a las mujeres, que no tenían la obligación de llevarlo. Yo era un niño semisalvaje. Todo lo que aprendí se los debo. Lo de contar historias. Me sentaba con ellos por las noches en torno a la hoguera a oír sus relatos. El más importante no era el más valiente, sino el mejor contador de historias”.

-¿Nada que ver con estos radicales?

“Estos son unos fanáticos financiados por países ricos del Golfo con el techo de cristal. La Meca (Arabia Saudita), a la que peregrinan millones de personas todos los años, está a 80 kilómetros del mar Rojo, transitado por decenas de miles de barcos.Un día se la incendian, como ya ha ocurrido. Una chica española fue detenida en Lanzarote intentando reclutar esclavas sexuales para el Estado Islámico, y una de mis lectoras se fue a Londres y se convirtió al islam y me pidió en un correo que la ayudara a expandir la ‘verdadera religión”.

-¿Rescataría los misiles de la paz en Lanzarote que promovió con Manrique y Zerolo?

“Se me ocurrió en mi novela El anillo verde: un monumento a la paz que nunca se hizo, con dos misiles abrazados, un Scud ruso y un Patriot norteamericano, que están abandonados en un almacén. Sería bueno desempolvarlo bajo el terror actual”.

-¿Qué les diría a Merkel y Cameron?

“Que está bien que se relajen en las Islas por las presiones a que están sometidos. Pero que para arreglar esto no caben preconceptos; hay que partir de cero”.

-¿Su novela es un desahogo?

“Es un alegato periodístico tras los atentados de París, que coincide con los de Bruselas. Me rebelo ante el fenómeno de los refugiados. Europa es insensible con los niños ahogados y está sumida en el desgobierno, como España, que lo estará siete meses más”.

-¿Está cabreado?

“No es para menos. En la novela soy un abogado delincuente. Hacienda es parte de la barbarie. Es el cáncer de la sociedad, nos corroe y corrompe. Ciudadanos honrados pierden, por culpa de Hacienda, la virginidad, cobran en negro y hacen trampas”.

-¿Qué le pasó con Hacienda?

“Me pusieron una multa de casi un millón de euros por una infracción inexistente, alegando que no existía mandamiento judicial para la pensión que yo pasé durante nueve años a mi exmujer cuando se metió a monja. Aporté el documento y el tema está estancado. Mi verdugo en el caso, un tal Buenaventura, jefe del gabinete del secretario de Estado, cayó después implicado en las tarjetas black de Caja Madrid. País”.

-¿Qué le quedan ganas de hacer en la vida?

“Un poco de justicia. ¿Cómo es posible que el agua sea tres veces más cara que el petróleo? El negocio sucio del agua es mayor que el del tráfico de armas. Las empresas embotelladoras, francesas, logran que se corrompa el agua de beber para que no se pueda cocinar con ella. Llevo 20 años luchando. Y cuando vieron que tenía alguna posibilidad, me mandaron a Hacienda”.

-En Coltán abrió la caja de Pandora de esa roca negra.

“Es un mineral imprescindible en la fabricación de móviles y ordenadores. Aviva las guerras del Congo. Fui el primero que habló del coltán y me busqué enemigos. No querían que se hablara del tema, había intereses”.

-¿El hambre es su legado?

“Estoy muy contento con esa novela, porque Manos Unidas va a regalar miles de mis bandejas en el desierto. Las ONG cometen un error. La ayuda humanitaria de cereales no sirve en África porque no hay agua para cocinar, Hay que convertirlo en gofio (como los canarios, bereberes, incas y mapuches) mezclado con agua. Mis bandejas pueden paliar el problema en el Sahel”.

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-Con el calor del sol y el rocío de la noche.

“Se me tenía que haber ocurrido hace sesenta años. Es una bandeja metálica negra, que al sol en el desierto coge en dos horas 150 grados de temperatura y puedes cocinar. Por la noche hay mucho rocío, que recogíamos con un platito antes del amanecer para que no se evaporara. Se me ocurrió la solución más sencilla del mundo: practicarle un agujero a la bandeja e inclinarla, y todo el rocío va a un recipiente. Una ong llevó la bandeja a Kenia, al Lago Turkana, y me dijeron, ‘oiga, es estúpido, pero funciona”.

-¿Por qué se crió en África?

“A mi padre y su familia los metió Franco en la cárcel. Lo condenaron a muerte y después nos desterraron a África; yo tenía meses. A la muerte de mi madre, mi padre, del disgusto, pasaría años hospitalizado de turberculosis, y fui a vivir con mi tío Mario en el desierto en Cabo Juby, al lado de Tarfaya. Después estudié buceo con Cousteau”.

-Era un palillo cuando lo entrevisté en La Laguna.

“Todos los buceadores éramos unos palillos, estábamos todo el día debajo del agua, y en el 57 todavía no había traje de neopreno; buceábamos a cuerpo serrano”.

-¿Cómo era el comandante en la distancia corta?

“¡Uff! Tenía un mal carácter del diablo, pero era un militar justo. No daba el título de profesor a quien no tuviera sangre fría; se ahogaba mucha gente haciendo submarinismo. Fue mi maestro”.

-Hombre rana en Ribadelago. ¿Cómo fue?

“Apocalíptico. Enero del 59. Traté de olvidarlo y lo borré de la mente. 140 y pico muertos. Yo era el jefe del equipo que rescató brazos y piernas del lago Sanabria, un lago helado. Nos meábamos encima para calentarnos en los trajes de goma. La presa había roto y arrasado ese pueblo de Zamora de noche. A los cincuenta años volví para un documental de televisión y me emocioné. Le pedí parar a Agustín Remesal y sonaron las campanas tocando a muerto. Fue una experiencia paranormal”.

-¿Es verdad que inventó drones para náufragos?

“Los Serviola-SB. Los menciono en mi novela Medusa. Pequeños submarinos o barcos de superficie sin tripulación, con una lancha neumática para el rescate. Funcionan con pilas de litio. ¿Cuál es la paradoja? Que me los quieren comprar los traficantes de drogas”.

-Siempre le gustó “navegar con bandera de pendejo”, como dicen en Venezuela.

“Sí, dar la vuelta al mundo. Una vez me aventuré en un barco de vela. En África he vivido veintitantos años y en Sudamérica, catorce. También en la Polinesia. He navegado mucho. No eres de ningún sitio, sino de todos”.

-En su despacho, las fotos recuerdan amores y guerras.

“Ocho, nueve guerras y revoluciones, como corresponsal de Destino, La Vanguardia y TVE. La de Chad, en los 60, fue la más dura. En Bolivia, a 4.000 metros te daba soroche, te dolía la cabeza y encima te pegaban tiros. Cubrí las de Guatemala, Ecuador, Guinea Conakry… La de Santo Domingo, en el 65, fue una guerra de Gila; era por la tarde-noche, se sabía a qué hora iba a empezar, y la gente preguntaba, ¿oiga, van a disparar hoy o no? Me dieron un tiro en una pierna en la batalla de Puente Duarte. Llegué al hotel sangrando. Me hirieron en la pantorrilla, pero con la adrenalina ni me enteré”.

-¿Ha tenido mucha baraka en la vida?

“Lo único que he sido es eso, un superviviente nato con mucha suerte”.

-¿Qué ha sido de sus compañeros de batallas?

“Muchos han caído por el camino. Miguel de la Quadra Salcedo está pachucho. Para lo que ha sido ese hombre maravilloso, fuerte y valiente, que escuchaba pasar las balas sin inmutarse, me dice el otro día, ‘ay, Albertito, estoy acojonado’. Le habían operado de corazón y puesto prótesis en una cadera. Era muy particular: se quedaba dormido, y le gritábamos, ‘¡Miguel, Miguel, que vienen los malos!’, y él frito. De pronto, se ponía de pie y salía como si le hubieran metido un cohete en el trasero”.

-¿Al cabo de un fecunda carrera, cómo tiene las arcas?

“Voy a cumplir 80 años, he vendido 25 millones de novelas, pero estoy arruinado. Por haberme metido a redentor y haberme enfrentado a gente poderosa. Es el precio que se paga. Podía haberme quedado escribiendo libros tranquilamente, pero me volqué en proyectos como las desaladoras y pisé intereses”.

-Tras lograr ser un escritor de éxito, se busca la ruina.

“Cuando quise ser corresponsal de guerra sabía que me exponía a que me pegaran un tiro. Cuando ya era un escritor famoso, decidí hacer cosas no para mí, sino para los demás. Y al final me han derrotado, lo sé, que les den morcillas. Nadie se lleva a la tumba el dinero que ha robado. Yo tengo la tumba relativamente cerca y me voy a llevar la honradez y el respeto de mis lectores. Mis hijos me han salido todos buenos, pero no les podré dejar dinero. Quién sabe si se hubieran echado a perder”.

-¿El éxito se le resistió?

“Tardó relativamente. Empecé a los 16 y llegó a los 40”.

-Con Ébano, que cumple 40 años de su edición.

“Sí, con Ébano”.

-Quiso llevar al cine Ciudadano Max, con Robert Mitchum en el papel de Maxwell.

“Cierto, pero la novela era muy mala. La muerte del magnate en aguas canarias sí era interesante”.

-Hombre de cine, ¿ha sido un seductor?

“En realidad, nunca lo he sido. Con 28 años, me traje a la Península un Panhard et Levassor deportivo blanco. He hecho veintitantas películas con los mejores actores y actrices. Ahora quieren rodar en las islas, donde es muy rentable, Fuerteventura y Garoé. Y he sido siempre muy sincero con las mujeres: yo soy un golfo, no soy fiel ni a mis libros, porque muchos no se lo merecen”.

-¿Cuándo se enamoró de escribir?

“Desde pequeñito en el desierto. Lo único que podía hacer era leer novelas de Julio Verne, Joseph Conrad, London, Stevenson, Kipling…, y decía, yo quiero ser como estos: escritor. Más que escritor, he sido un contador de historias, y cuando me estén enterrando diré, un momento, que se me olvidó contarles algo”.

Alberto Vázquez-Figueroa

-¿Qué le dicen sus lectoras?

“Que las cojo en la cama y no las dejo dormir”.

-¿Con cuántas (lectoras) se habrá acostado así?

“Eso no se dice”.

-¿Cuál es de todas sus novelas su favorita?

Tuareg. Y Cienfuegos, que quieren llevar a la televisión”.

-¿De cuántos libros reconocidos es padre?

“De noventa y tantos. No se cuentan ni las novelas ni las mujeres”.

-¿Está en forma?

“No estoy enfermo. Nunca lo he estado. Solo tomo, cada cierto tiempo, medio alka-seltzer. Voy a ser el muerto más sano del cementerio”.

-¿Cómo recuerda a los suyos, a su tío, a su abuelo?

“Mi abuelo José Rial era el farero de Lobos. Ahora estoy escribiendo la historia de la familia, de él, del faro, del tío José Antonio, que fue un padre para mi hermano en Venezuela, como mi tío Mario lo fue en mi caso”.

-¿Es amigo de escritores?

“No me trato con escritores, gente aburrida. Sí, con los extranjeros, con Frederick Forsyth, Ken Follet o Dominique Lapierre. Forsiyth y yo éramos los mimados de Plaza y Janés, los que más vendíamos, no había celos entre nosotros. Chacal o Los perros de la guerra son dos grandes novelas suyas. Un día comiendo en Casa Lucio se me acercó un joven y me dijo que desde los 14 años me leía y quería ser corresponsal de guerra y escritor como yo. Ese discípulo es un gran autor: Arturo Pérez Reverte”.

-¿Qué es lo mejor de escribir?

“Escribir. Lo divertido es escribir. Y olvidar. Cuando rodábamos Océano en Lanzarote, Giovanni Bertolucci, el productor, llegó tarde al almuerzo. ‘Perdona,la escena de la muerte de Rogelia me ha llevado tiempo’. Y le pregunto, ¿por qué has matado a Rogelia? Y él me recuerda que Matías Quintero la mata en la novela. Lo había olvidado. Lo divertido es escribir y olvidar”.

-¿Qué novela escribió más deprisa?

El perro. En un fin de semana. Llevada al cine con éxito”.

-¿Cómo quiere que le recuerden?

“Como el hombre de la bandeja”.

-¿Cuál es la fórmula de un bestseller?

“No existe. Es un misterio, como me pasó con Ébano. ¿Quién me iba a decir que la saga de un pastor gomero, como Cienfuegos, iba a vender millones de ejemplares? Ahora quiero escribir cómo será el mundo dentro de cinco años, porque esto va deprisa, como la caída de una piedra. El mundo que viene será menos divertido que el que dejo atrás”.

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El vampiro

Cuando afirma aquí que nunca se pone enfermo, no está gastándonos ninguna broma. Hace casi cincuenta años, mientras escribía uno de sus primeros libros, La ruta de Orellana, sufrió en la Alta Amazonia de Ecuador la mordedura de un murciélago vampiro en la muñeca derecha. Esa noche dormía al raso cerca de Papallacta, un pueblo intrigante para la ciencia, porque sus habitantes tienen una salud de hierro y son longevos. “Desde entonces, no sé lo que es ir al médico”. Los laboratorios Pfizer, bien informados de la insólita inmunidad del escritor canario, le pagaron generosamente para que les diera una conferencia y una muestra de su sangre tras el encuentro con el murciélago hematófago. “Piensan sacar alguna vacuna, un sustituto del sintrom”.

Vázquez-Figueroa da el perfil del mito del Drácula de Stoker, es alérgico a los ajos. “Si pruebo algo que lo contenga, sufro vómitos aparatosos de sangre, hemorragias catastróficas”, como quedó constancia en el vestido estampado de la actriz Emma Penella durante una cena. El mar -que le dejo sordo de un oído-, la selva y el desierto le rondan siempre en la cabeza. Si duerme del lado izquierdo, piensa cosas, y del lado derecho las imagina. No quiere que lo entierren boca arriba, porque nunca ha logrado dormir así.

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