
Simón falleció hace casi siete años y hace uno sus restos mortales, en una bolsa, fueron trasladados al nicho que ocupaba su suegra, aunque en la lápida, por falta de recursos económicos, solo está registrado su nombre.
Ese lápida quedó rota en dos la madrugada del pasado domingo, cuando al menos dos personas -“una solo no podía hacerlo”, comenta Francisco, el sepulturero del cementerio de Güímar– saltaron el muro del camposanto y fueron hasta un pequeño pasillo donde se encontraba, al alcance de la mano, el nicho que buscaban. Se descarta así el vandálico generalizado, como se dio a entender desde el Ayuntamiento. La profanación se cometió sobre un nicho concreto, sin que siquiera, como se dijo inicialmente, se esparcieran los restos por el patio, al quedar la bolsa sellada con los restos de Simón tirada en el suelo, al igual que los dos palos de billar que le acompañaban y un buen número de fotografías, justo al lado de la lápida partida en dos.
Una lápida sencilla, sin cruz, “creo que era evangelista”, relata Francisco, el fosero, y en la que solo hay grabadas dos palomas y el siguiente epitafio: “Yo soy la resurrección y la vida, el que crea en mí, aunque esté muerto vivirá”.
Sin embargo, los profanadores si abrieron y rebuscaron el ataúd de la suegra de Simón, aunque “a primera vista no falta nada, ni creo que se pudieran llevar anillos de oro o algo así, porque era una familia de pocos recursos”, afirma el sepulturero, para quien el acto delictivo se debió “a una cuestión de personal o brujería”, como ya ocurrió hace 20 años en este mismo camposanto con el destrozo de nichos y la aparición de agujas y animales muertos.

Desde el Ayuntamiento se solicita a la Subdelegación de Gobierno permiso para grabar con las cámaras de seguridad que están instaladas desde 2014, aunque solo sea de seis de la tarde a ocho de la mañana, cuando está cerrado el camposanto.




