
El infanticidio, acabar con la vida de tu propio hijo, es sin duda un acto que se da de bruces desde cualquier perspectiva. Ni es lógico desde la vertiente intelectual, ni encaja de manera alguna con el instinto de supervivencia que todo ser humano lleva registrado en su ADN, aunque es verdad que el racional no es el único animal capaz de matar a sus crías. A caballo de la actualidad, esta serie sobre algunos de los principales crímenes cometidos en la provincia tinerfeña durante las últimas décadas arranca con esta modalidad agravada del asesinato, y que el Código Penal engloba bajo el concepto de parricidio.
Difícilmente habrá otro caso de estas características en la Isla como aquel del que se tuvo conocimiento un martes 13, el de diciembre de 2011. Inquietos por la ausencia de Tindaya, de 11 años, y Joseba, de apenas 5, fueron unos familiares que acudieron a una casa de la calle Primero de Armenia, en el santacrucero barrio de Vistabella, los que descubrieron un horror difícilmente concebible. En una de las habitaciones, los cuerpos de los dos inocentes menores se descomponían tras ser asesinados por la madre de ambos, Sonia, cuatro días antes, en la mañana del sábado anterior. Aunque parezca increíble, tanto ella como Ponce (también conocido como El curandero y padre solo de Joseba) permanecieron en la vivienda después de que ella ejecutase un diabólico plan que se gestó mucho antes, en 2003, cuando ambos se conocieron al coincidir como pacientes de la Unidad Psiquiátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria.
Más de cuatro días con los niños pudriéndose sobre las camas, allí donde los pusieron después de que Sonia le indicase “a su hija Tindaya que se fuera a la cama de la pareja, una vez allí se tumbó sobre ella y de manera sorpresiva e inesperada hasta tal punto que le imposibilitó su defensa, le colocó una almohada sobre la cara apretándosela fuertemente para impedir que respirase, manteniendo esta posición hasta que notó que la niña no se movía”, tal y como se considera probado en la sentencia. Anulada la única que, por su edad, podía presentar alguna resistencia, Sonia repitió la operación con el pequeño Joseba. Al tiempo se perpetraba este doble infanticidio, “el acusado mientras tanto se mantenía en el salón de la vivienda (que tiene comunicación directa con el dormitorio) comprobando que se estaba cumpliendo con el plan decidido”.
No fueron pocos los que durante el juicio descubrieron, con horror, que durante esos cuatro días la pareja convivió en un salón donde se hallaron las botellas vacías que dan fe sobre cómo habían decidido pasar algo más que un simple mal trago. Por si fuera poco este auténtico vademécum de lo más bajo a lo que puede llegar el ser humano, para combatir la pestilencia que iba inundando toda la casa primero cubrieron con colchones y mantas los cadáveres, para luego rociar con lejía todos los espacios posibles en el inútil afán de que sus sentidos del olfato no les recordarse el tremendo dislate que nunca ya podrán olvidar sin la suficiente sedación.
Para analizar esta tragedia es imprescindible recordar que Ponce el Curandero es, claramente, una persona con más dotes intelectuales que Sonia, y durante el juicio pudo comprobarse el enorme ascendente que llegó a tener sobre ella. La mejor prueba de ello es un terrible manuscrito de la pareja que, a modo de testamento premonitorio, hilvana una ristra de argumentos insostenibles entre los que llaman la atención la idea de que en realidad su muerte libera a los niños de los peligros que les acechan en el mundo exterior (excusa relacionada con la salvación de las almas de los pequeños). No falta la habitual ilusión de no tener que responder ante los hombres, sino “directamente ante Dios”. Los peritos confirmaron un dato nada baladí: casi toda la misiva (prueba de cargo inmejorable para las acusaciones) está escrita por Ponce, mientras que la aportación de Sonia es ínfima, pero suficiente para reflejar sus evidentes problemas para plasmar pensamientos con un mínimo de lógica.
Hay otros datos relacionados con el caso dignos de estudio por su aportación al terrible resultado final. Poco antes de que se desencadenasen los hechos, la Guardia Civil había ido a buscar a Ponce a esta vivienda de Vistabella, a cuenta de su presunta relación con un caso de narcotráfico que, faltaría más, él aprovecha la carta para desvincularse del mismo. Al parecer, el Curandero optó por no salir desde entonces de la casa y ello pudo acentuar la presión que poco a poco anegó la mente de Sonia a medida que avanzaba en el tiempo la perniciosa relación de esta pareja. Una muestra de ello es el convencimiento que ella mostró sobre la posibilidad de que Tindaya hubiera sufrido abusos cuando estaba con su primer marido y padre de la niña, algo que en el juicio se comprobó que solo existía en la mente de una madre cada vez más recelosa de todo lo que llegara del exterior.
Al fin y al cabo, a ninguno de los dos le sonreía la fortuna. Él, que trabajó en una céntrica inmobiliaria de la capital, se dedicaba en los últimos tiempos a sus singulares prácticas de curandero (no exentas de ciertas ínfulas de santero), mientras ella sumaba escasos ingresos obtenidos con menesteres como la manicura a domicilio.
Durante el juicio, la pareja se terminó de romper. Él la señaló como autora material del doble asesinato, mientras que ella lo culpaba de ser el auténtico muñidor y responsable intelectual de lo acaecido. De poco les sirvió, más allá de algún atasco por parte de los miembros del jurado a la hora de emitir su veredicto con la argumentación imprescindible del mismo.
Veinte años por cada asesinato para los dos, como en el caso de 2004 en El Médano. Un total de 40 años de prisión para Sonia y otros tantos para Ponce; poco tiempo si se compara con el eterno vacío que dejaron tras sí tanto Tindaya como Joseba.

Cruzó el océano para acuchillar a su hija
Un varón de nacionalidad chilena se tiró por una ventana del madrileño Hospital La Paz el pasado viernes. Lo hizo con una bebita en brazos para vengarse de la madre, a la que anunció antes de tan abyecto crimen: “Te voy a dar donde más te duele”. Inevitablemente, tal noticia de actualidad trajo a la memoria la tarde más triste en la historia reciente de un bello lugar como es El Médano, hace exactamente 13 años y un día. Porque Carlos Arturo vino desde su Colombia natal para acabar acuchillando el corazón de su propia hija de 7 años, Natalia, que dormía la siesta en el apartamento paterno sin saber que no podía fiarse de su padre quien, en el juicio, aseguró haber sido presa del alcohol y la cocaína.
Como podrán imaginar, el jurado popular que lo condenó a 20 años de prisión por este crimen hizo caso omiso ante semejante excusa para un acto que, así se probó, fue ejecutado con premeditación y alevosía, es decir, lo planeó y no dejó oportunidad alguna a su víctima para la defensa. Al igual que el chileno de Madrid, el colombiano de El Médano actuó por mera venganza, ya que el origen de su inquina era la madre, Araceli, a la que le llamó por teléfono justo antes de acabar con la vida de su propia hija para anunciarle semejante perfidia y enviarle dos mensajes claros: “O te casas o mato a la niña” y “es inútil que avises a la policía, cuando lleguen ya estará muerta”.
Los antecedentes pasan por la llegada a Tenerife de Araceli con los niños, el mayor de 13 años y la infortunada Natalia, en busca de una vida mejor y lejos de Carlos Arturo. Él llegó más tarde, y aunque intentó regularizar su situación en España sin éxito, no fue expulsado ni siquiera cuando pasó por el calabozo o se dictó una orden de alejamiento por un incidente anterior. Aquel triste, tan triste, día del 5 de febrero de 2004, Carlos recogió a los niños en la parada de guaguas a la salida de sus respectivos centros educativos en San isidro y se los llevó a su apartamento de El Médano. Tras llamar de nuevo a Araceli, envió al mayor a por refrescos y a recoger un cargador de teléfono móvil. Al quedarse solo, fue al cuarto donde Natalia dormía y le clavó un cuchillo de cocina grande, de 17,5 centímetros de longitud, “en la parte anterior del tórax, atravesándole el corazón y penetrando parcialmente en el pulmón izquierdo”.
Aunque bastó con esa puñalada para cercenar esa vida tan pendiente aún de ser vivida, todavía la acuchilló dos veces más. Después de despachar a su hijo, ya de vuelta, con más excusas, el infanticida le comentó a un vecino que llamara a una ambulancia porque su hija se encontraba mal. Dicen que ante la Guardia Civil se mantuvo hierático durante las primeras horas, algo habitual en alguien descrito por sus vecinos como “extraño y callado”. Dos años después, dijo en el juicio: “Lo que hice no tiene ni nombre y me siento un miserable. Me he querido suicidar y si otros reclusos intentasen quitarme la vida por lo que hice, me harían un gran favor”. No consta que así haya sido.



