los crímenes que nos conmovieron

Cuando es ETA la que asesina a tinerfeños

Los responsables de la práctica totalidad de los crímenes de la banda que costaron la vida a canarios no han respondido ante la Justicia; disparos por la espalda y bombas, sus cobardes métodos
Clásico crimen con bombas de la banda. EL ESPAÑOL/EFE

Ahora que la banda criminal ETA pretende eludir sus responsabilidades por los más de 300 asesinatos aún por resolver, bueno será recordar a las siete víctimas de esta provincia que causó en su vorágine de sangre, destrucción y cobardía. En total son seis tinerfeños y un palmero (más dos grancanarios) los que perdieron la vida a manos de unos criminales que siempre prefirieron la seguridad que les ofrecía disparar a sus víctimas por la espalda o, simplemente, colocar un explosivo, en algún ocasión a sabiendas de que la detonación (o la metralla) alcanzaría a niños y niñas, como, por ejemplo, ocurrió en 1987 en la casa-cuartel de Zaragoza.

El recuerdo

Gracias al trabajo de la Sociedad de Desarrollo de Santa Cruz de Tenerife en la etapa del entonces primer teniente de alcalde, Ángel Llanos, un vídeo recuerda a los isleños perecidos a manos de ETA y a sus familias, destacando sobremanera el dato aportado desde el colectivo Dignidad y Justicia: de las siete víctimas provinciales, solo en un caso queda el magro consuelo de que sus responsables han pagado por ello ante la Justicia. El resto siguen impunes.

Justo es el más antiguo de esos asesinatos el único que no figura entre los pendientes, si bien también coincide con los demás en la vileza empleada. Se trata de la muerte de Ramiro Quintero, un guarda forestal que se encontraba en un bar de Lizarza (Guipuzkoa) el 2 de octubre de 1978 cuando un joven se bajó de un Seat 127 y le disparó con una metralleta. Hasta cinco de las balas le alcanzaron. Una de ellas, en el corazón, fue mortal de necesidad.

Recién llegados

No había terminado ese mes maldito de octubre de 1978 cuando también fue ametrallado el policía nacional de Arico José Benito Díaz, si bien tardó 12 días en morir a causa de las heridas que sufrió tras ser tiroteado junto a dos compañeros mientras circulaban por Santa Marina (Vizcaya) en un jeep. Los otros dos fallecieron en el acto. El ariquense tenía 27 años de edad, recién había llegado al País Vasco y era padre primerizo de una niña a la que dejaron huérfana con apenas once meses. Como en el caso de Díaz, el coronel de Caballería chicharrero Aurelio Pérez-Zamora Cámara apenas estrenaba destino, y también se desplazaba en un jeep cuando lo ametrallaron junto a otro militar de alta graduación (un comandante) y el soldado que conducía el vehículo, el único de los tres que salvo la vida. Fue el 19 de septiembre de 1979 en una calle cercana a la sede bilbaína del Gobierno Militar en aquella provincia. Pérez-Zamora falleció al poco de ser trasladado al hospital de Basurto. El coronel tenía 59 años de edad al momento de fenecer y era padre de dos hijos.

Por la espalda

Otro que también fue ametrallado es el primer guardia civil de tan triste enumeración, José Torralba López, que murió junto a su compañero mientras prestaba servicio en la Aduana de Irún un aciago 16 de abril de 1980. Con tradición familiar en el Instituto Armado y lazos chasneros, los asesinos de ETA solo dejaron que cumpliera 23 años. De nuevo, la cobardía de estos matarifes sin honor se refleja en el método empleado: mientras los dos guardias hacían su trabajo revisando camiones en la frontera entre España y Francia, se acercaron por la espalda para dispararles tantos tiros que hasta 38 balas impactaron en sus cuerpos indefensos.

Sin contar con los dos casos de los deportistas, el último que nos ocupa por orden cronológico es el del palmero Santiago González de Paz, asesinado por estos criminales que siguen sin responder por ello el 17 de octubre de 1981 en Santurce (Vizcaia). Uno de los tres asesinos sigue sin ser detenido. Lo mataron cuando salía de casa para ir a su trabajo como guardia civil en el puerto de dicho localidad. Tenía 30 años de edad, muchos de los cuales vividos en la capital tinerfeña.

Grancanarios

Injusto sería no recordar a los otros dos paisanos fallecidos a manos de la banda criminal nacidos en la provincia oriental, los dos de Gran Canaria. El primero de ellos fue el guardia civil Juan Batista García, nacido en la otra capital de Canarias y a quien le pegaron un tiro en el pecho el 17 de abril de 1979 en Leiza (Navarra). La muerte le llegó justo después de una de las alegrías más grandes que ser humano puede recibir durante su existencia: su novia le acababa de comunicar que pronto serían padres.
También era guardia civil José Carlos Marrero Sanabria, e igualmente nacido en Las Palmas de Gran Canaria. Murió casi año y medio después de ser víctima de un atentado mientras estaba destinado en el elitista Grupo Antiterrorista Rural.

Amaya y Ayala I, dos deportistas isleños víctimas de esta barbarie

Tan importantes como los demás asesinados por la banda criminal, sean o no nacidos en Canarias, son dos casos que distinguimos por su aún mayor eco en la sociedad tinerfeña, al tratarse de dos reconocidos deportistas en dos especialidades donde los isleños son protagonistas. Una es el submarinismo, tan afín a este Archipiélago con unos 1.500 kilómetros de costa, y la otra es, sí, nuestra lucha canaria, vernácula pasión.

Amaya

Quizás sea la muerte de José Manuel Amaya Pérez una buena muestra del sinsentido y cobardía que preside la inmensa mayoría de los atentados de ETA, que siguió con su actividad criminal a pesar de la llegada de la democracia en lo que, como resulta evidente, se enmascara el siempre lucrativo negocio de la sangre tras unas ideas políticas más que inconsistentes en una región con mucha más autonomía que cualquier lander del federalismo alemán, por no hablar del centralismo imperante en Gran Bretaña o la vecina Francia.

Solo los más cortos de entendederas negarían la condición de canario y tinerfeño a Amaya, nacido en Melilla pero residente en Tenerife desde los nueve años.

Este deportista encontró la muerte a los 30 años de edad cuando venía de defender a su club en una competición deportiva que tuvo lugar justo antes en una localidad del Principado de Asturias. Cuando se encontraba recogiendo su equipaje en el aeropuerto Madrid-Barajas (hoy también con el nombre Adolfo Suárez), al joven de apenas 32 años de edad le alcanzaron los efectos de una bomba que también hirió de gravedad a sus dos acompañantes.

Nada le vinculaba al falso conflicto que servía de cobertura a sus asesinos, aún sin pagar por tan abyecta acción, acaecida el 29 de julio de 1979.

Ayala I

A José Francisco Hernández, más conocido en la brega por Ayala I, lo mataron el 18 de noviembre de 1990, igualmente de un bombazo aun más condenable si eso fuera posible. Este teguestero falleció siendo policía nacional en una carretera vizcaína, la que transcurre entre las localidades de Cabieces y Nocedal. Iba con otros tres compañeros del Cuerpo cuando los etarras hicieron explotar un camión-bomba que iba cargado con 100 kilos de amosal y, en su claro afán de lograr una auténtica carnicería, le añadieron al citado explosivo unos 200 kilos de tornillos para que cumplieran su función como metralla.
Hoy día, en Tegueste se le sigue recordando con un trofeo al luchador que más espectáculo ofrece. A buen seguro que, allá donde esté, le gustará que tal galardón lleve su nombre.
También este caso, como ocurre con siete de los nueve asesinatos de canarios a manos de esta banda criminal, sigue impune.

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