POR MARTÍN RIVERO
La verdad es que a nadie de los directores de festivales de músicas del mundo, que formábamos pare de la expedición del Vis a Vis 2017, que Casa África organizó este año en Angola, para descubrir grupos musicales emergentes africanos que girarán en verano en España, se le pasó por la cabeza, cuando iniciábamos el viaje de retorno a nuestras casas, que íbamos a vivir una experiencia tan impactante, en el corto espacio de un día, a consecuencia de una avería en el Airbus SN 359 de Brussels Airlines, que nos dejó en tierra esa noche para poder reanudar, con normalidad, al día siguiente, nuestro retorno a Europa.
O sea, que de golpe y porrazo, estábamos en plena terminal del aeropuerto de Ndjili, en la capital de la República Democrática del Congo [antes Zaire], Kinshasa [la antigua Leopoldville], considerada la tercera capital más habitada de África, tras El Cairo y Lagos, que siempre recordaremos, lamentablemente, por ser el lugar en el que se detectó por primera vez a una persona contagiada de Sida. Allí estábamos todos, desorientados, bajo estrictas medidas de control, y con la nada agradable sensación de sentirte indocumentado por la retirada del pasaporte debido a la imprevista entrada al país.
Inmediatamente, la mente comienza a escanear la situación y a situarte psicológicamente en el nuevo escenario. Sinceramente, lo primero que vino a mi memoria fue el recuerdo del excelente documental Whenwewerekings[Cuando éramos reyes], de 1996, en el que el cineasta americano Leon Gast recrea con gran talento y ritmo todo lo que rodeó al considerado el mejor combate de boxeo de la historia entre Cassius Clay [Muhammad Alí] y George Foreman, que promovió en Kinshasa, en 1974, un incipiente Don King animado porque, entre otras razones, el entusiasta presidente del país, Mobutu Sese Zeko, que se había consolidado en el poder, hacía escasamente nueve años, después de que la nación se independizara de Bélgica en 1960, ofrecía 5 millones de dólares de premio a cada púgil para que aceptasen el enfrentamiento en un momento histórico de la reivindicación de la negritud en el África postcolonial. Cassius Clay al que las 60.000 gargantas de la velada boxística le dedicaban el grito de guerra Alí Bamayé [“Alí mátalo”], tumbó al invencible Foreman, y se convirtió en símbolo de la raza negra.
Congo, antes Zaire, fue, por circunstancias, un país africano muy mediático para Occidente, no sólo por sus maravillas naturales, como las cataratas de Livingstone, o por el encanto de sus espectaculares parques naturales que albergan a las especies animales más contundentes, sino por acciones de marketing como la del duelo Clay-Foreman y la iniciativa promocional del gobierno belga que se apoyó en el célebre dibujante Hergé para que, en 1931, diera vida a una aventura de su mítico personaje Tintín que viaja al Congo para potenciar entre los jóvenes belgas las oportunidades de desarrollo profesional y de negocio que ofrecía la colonia belga frente a las preferencias de aquellas nuevas generaciones por EE.UU. o la URSS.
DOCE MILLONES DE HABITANTES
Claro que la realidad nos sacudió de forma instantánea para situarnos en el Congo de hoy que, infelizmente, nada o poco tiene que ver con aquel proyecto de entusiasmo de un país que soltaba las cadenas de la colonización con el sueño de viajar hacia otra vida mejor sin esclavitud ni marginación. Todo se quedó en ilusión. La corrupción infectó la gestión del país. Mobutu traicionó a su pueblo y se instaló el nepotismo en una nación que pasó de la esperanza al mayor desencanto. Kinshasa, que se convirtió, tras la descolonización, en foco de atracción como capital de las oportunidades, ha sido engullida por un crecimiento desproporcionado de la población, que vive actualmente en condiciones infrahumanas.
La tercera ciudad en importancia demográfica de África pasó de medio millón de habitantes, en 1960, a doce millones, en la actualidad. Un dato muy elocuente: carece de alcantarillado. En esta capital del caos y la anarquía, una letrina es un lujo que no está al alcance de la población que vive hacinada, acosada por la basura que le rodea y le cerca, amenazada por las enfermedades, las guerrillas, la ignorancia, la desigualdad social extrema, sin ningún control de natalidad y en la que la mujer es utilizada sexualmente de forma abusiva.
Un reconocido experto, Pierre Englebert, considera que el gobierno de la República Democrática del Congo, que preside Joseph Kabila, curiosamente es muy débil para suministrar servicios a los ciudadanos pero suficientemente fuerte para mantenerlos sometidos. Nos hospedaron en el hotel Memling, un establecimiento de estilo colonial, de cinco estrellas, construido entre los años 1937 y 1964, por la antigua compañía aérea belga Sabena, y situado en el centro de la ciudad, en Gombe, entre el bulevar 30 de Junio y el Gran Mercado. O sea, en pleno corazón de la city. Del servicio en el hotel ni una queja. Pero lo que sí resultó un dato llamativo es que en la puerta del hotel había una vigilancia permanente de tres policías con chaleco antibala y pertrechados de fusiles antidisturbios.
EL VUELO NOCTURNO EN TAXI
Desde el primer momento, en el trayecto nocturno del aeropuerto al hotel, palpamos la tensión que se respira en el país. El taxi que nos conducía hasta nuestro alojamiento circulaba por una vía absolutamente oscura a 170 kilómetros por hora con la luz larga y, de vez en cuando, esquivaba algún vehículo, transeúnte o perro, que osaba cruzarse en el trayecto de aquel improvisado bólido. Al final del agitado viaje en taxi nos preguntábamos todos por la razón de aquella demostración de velocidad. A día siguiente, en el viaje, ahora diurno, hacia el aeropuerto, por el Boulevard Lumumba, una ancha vía con cuatro carriles para cada dirección, y amplias y largas aceras flanqueadas por interminables muros ilustrados con grafitis artísticos o publicitarios, descubrimos la respuesta a la vertiginosa carrera nocturna del temerario taxista. Miles y miles de personas, hombres, mujeres, niños, caminaban agolpados por aquellas aceras, sin rumbo fijo, como en una especie de trance colectivo, en medio de un paisaje urbano dantesco, calcinado, gris, sucio, inmundo, al que parecían totalmente habituados.
A ambos lados del bulevard la vida fluye en aquel desorden abigarrado urbanístico, en el que proliferan todo tipo de transportes conducidos por menores de edad a los que se cuelga la gente para viajar de paquete a bastante velocidad pero con una pericia inusual. Bares desvencijados con mesas y sillas de plástico comparten el escenario apocalíptico que parece salido de un decorado de la más cara ficción cinematográfica del ocaso de la raza humana. El amasijo humano se pierde en la oscuridad de las callejuelas transversales que nacen en la vía principal. La policía empuja a la gente ayudándose de sus defensas personales para que los vehículos puedan transitar en medio de esta megalópolis desmadrada e hipnótica.
Lo peor de todo es que los kinois [así llaman a los ciudadanos de Kinshasa] no tienen casi ninguna posibilidad de que haya un cambio de tendencia y lo más probable es que su problema vaya a peor. La ONU dice que, a pesar de esta dramática impresión que capta el extranjero, cada año se dirigen a la capital el Congo casi 400.000 personas huyendo de las guerrillas, del agotamiento de las minas de diamantes y del acoso bélico que sufren los refugiados de guerras anteriores.
Aunque parezca increíble, Kinshasa sigue siendo, a pesar de todo, una esperanza para muchos miles de congoleños. Y, lo más curioso y sorprendente de todo, una fuente de inspiración y un taller de primer orden para el desarrollo de una actividad creativa excepcional en la música y las artes plásticas. Dicen los congoleños que es una forma de sobrellevar con entusiasmo el infortunio de sus vidas. La duda es hasta cuándo y hasta dónde se podrá tensar la cuerda de este polvorín, a tan sólo ocho horas de avión de la próspera e indiferente Europa.










