candelaria

La increíble historia de ‘la Iluminada’ de Candelaria

Humilde, cálida, servicial. Así era Antonia Tejera Reyes en su cotidianeidad. Sin embargo, cuando dejaba paso a ‘la Iluminada’ de Candelaria, se convertía en un ser diferente, singular y sorprendente

La gente se agolpaba fuera de su casa
La gente se agolpaba fuera de su casa

Por José Gregorio González / Santa Cruz de Tenerife

Año 1927. Aunque aún faltan algunos minutos para que el sol comience a calentar el terruño, el gentío se agolpa expectante a las puertas de una humilde vivienda, a escasos metros de la iglesia de Santa Ana, en Candelaria. La inmensa mayoría tuvo que madrugar para apostarse desde primera hora en un lugar cercano a la casa, mientras que otros optaron por pasar la ingrata noche en los alrededores. De pronto, el creciente murmullo se corta en seco y un denso silencio se adueña del lugar: desde la ventana ya se asoma la joven Antonia, pero su gesto rígido y su mirada teñida de blanco delatan que la que realmente se presenta ante la multitud curiosa no es otra que la Iluminada de Candelaria. Ese es el nombre con el que vecinos, curiosos y la prensa del momento conocen ya a la precoz veinteañera que presta su cuerpo a las voces del cielo. Para entonces varios periodistas han trazado ya la semblanza de una chica que vino al mundo un 9 de febrero de 1908 y que, saliendo de la adolescencia, comenzó a manifestar sus primeros trances. Nadie cuenta cómo ocurrió, pero lo que era un secreto familiar pronto trascendió y llegó a los mentideros de toda la Isla, en un tiempo de hambre y penurias en el que se hacían necesarias tantos las esperanzas como las distracciones.

Su casa sigue en pie, como testigo mudo de aquel singular fenómeno sociológico. En esencia, Antonia Tejera Reyes puede ser definida como una médium. A través de ella se manifestaba el propio Jesús, la Virgen bajo diferentes advocaciones, incluida la Candelaria, y diversos santos como Juana de Arco, Teresa de Jesús o Rosa de Lima. Se convirtió en consejera y orientadora en lo espiritual y lo humano, y se la requería para encontrar remedio a las más diversas enfermedades. Siempre fue analfabeta, pero desde su infancia destacó por su lucidez y discurso rico y fluido. Llevó con humildad hasta el final de sus días, en 1983, aquel estigmatizante sobrenombre de la Iluminada, que, según la tradición, se lo pusieron los niños en catequesis cuando, siendo joven, la vieron absorta en la iglesia con el rostro encendido y un halo luminoso en torno a su cabeza.

Una adolescencia de trances

Todo apunta a que Antonia llevó la vida normal de cualquier joven hasta pasada su adolescencia, periodo tras el que comenzaron a manifestarse una serie de extraños fenómenos que desembocarían en su proyección pública como pitonisa, médium, milagrera, exorcista, y demás adjetivos. Morena, fuerte y guapa, su carácter alegre y la especial habilidad que demostraba para el baile y el canto la convirtieron en invitada habitual en toda fiesta y baile que se organizaba en Candelaria. Allí vivía con sus padres y cuatro hermanos, uno de los cuales llegó a ser alcalde del pueblo.

Al margen de las rarezas que la rodeaban, su vida fue felizmente convencional: tuvo dos hijas con Karl Eduard Johannson, a quien conoció como paciente suyo, viviendo con humildad buena parte de su vida en Santa Cruz, a pesar de que sus dones y la admiración que siempre despertó le habrían garantizado el acceso a todo tipo de comodidades. Sin embargo, Antonia, que obsesivamente predicaba la caridad, siempre puso en manos de la Providencia su sustento. ¿Cómo eran los fenómenos que la rodeaban? Simplemente, se dormía, entraba en trance y con los ojos cerrados era capaz de desenvolverse con absoluta normalidad y sortear los obstáculos como si los pudiese ver.

Normalmente, parecía mantener una conversación con alguien invisible e inaudible para los presentes, en una suerte de fenómeno de clariaudiencia, que le permitía diagnosticar y predecir el futuro a los que se lo solicitaban. “Algunas veces -explicaba para la prensa de la época su madre- parece que no es ella; cambia la voz y pone una cara distinta a la suya. Se le ve enterrar la barba en el pecho y poner ojos de muerto; entonces es cuando los párpados le tiemblan y habla con una voz rara diciendo: “Creéis que estáis viendo a Antonia, pero no es Antonia. Antonia no está aquí, soy el Verbo hecho carne para redimiros de vuestras miserias y de vuestros pecados”.

Durante los primeros años experimentaba transfiguraciones, modificando visiblemente los rasgos de su rostro, así como su voz en función de la entidad que usaba su cuerpo para manifestarse, emergiendo fragancias determinadas que variaban también de acuerdo al ente canalizado, fenómeno conocido en el argot parapsicológico como osmogénesis. Aunque lo normal era que se durmiera tras realizar unas oraciones como método de inducción al trance y no fuese consciente de los mensajes espontáneos que salían de su boca, con los años ejercía otras cualidades completamente despierta, actuando como consejera e incluso vidente, asegurando cómo veía “una pizarra detrás de la gente que me consulta, con letras que no sabía leer pero entendía, ofreciéndome la respuesta que la gente buscaba”. A estas lecturas ella las llamaba el postre.

Antonia no frecuentó las iglesias y, de hecho, comulgaba con la idea de que el mejor altar era siempre la naturaleza. Por encima de los templos, el mar o las montañas se alzaban como lugares perfectos para conectar con Dios. Entre sus creencias, además de la del karma o “deuda justa entre vidas”, incluía la de que la mayor parte de las enfermedades se producían por posesiones o “persecuciones espirituales”, como gustaba en llamarlas, solucionándose con exorcismos que ella misma realizaba de la forma más natural, con oraciones, ocasionalmente con imposición de manos o pases magnéticos y siempre con la incondicional participación de la persona afectada, que debía hacer caridad, especialmente con los niños, para que la luz y alegría que ello generaba favoreciera a los espíritus apegados y desorientados. También “cargaba energéticamente” objetos destinados a personas enfermas que no podían visitarla directamente, algo que hacía también con el agua colocando sus dedos sobre el cuello de la botella, observándose con frecuencia cómo se producía un inexplicable burbujeo cuando realizaba esta operación.

Los fenómenos se prolongaron por más de cincuenta años hasta el final de su vida, el 15 de agosto de 1983, día grande para la devoción mariana. Resulta fácil caer en la tentación de emitir diagnósticos y juicios sobre lo que esta mujer protagonizó, con mayor o menor argumentario y acierto. Se puede jugar a ridiculizar su figura o bien a alimentar la estela de santidad que todavía muchos le atribuyen. Aquí, simplemente, recordamos la increíble historia de Antonia Tejera, la Iluminada de Candelaria.

Una vida novelada

A lo largo de su vida, Antonia continuó canalizando a muchas de estas entidades, que tal y como nos recuerda el que fue su yerno, José Manuel Pérez, autor de una cálida y sentida biografía, La Iluminada de Candelaria, se identificaban como “los hermanos de buena voluntad con la experiencia de los siglos, que vivían en el mundo espiritual, ya desencarnados, desembarazados de la experiencia corporal”. Muchos de sus mensajes en trance fueron reunidos en el citado libro, el segundo dedicado a nuestro personaje, puesto que el primero, en forma de novela corta y bajo el mismo título de La Iluminada de Candelaria, lo publicó en el año 1928 Domingo Cabrera, con el pseudónimo de Carlos Cruz, lo que da cuenta del impacto social que tuvo el caso en sus orígenes. Esa novela recoge la curación de un ciego, hecho que nadie dudó de que fuese real.