
Cuando el microbús se pone en marcha, el sol ya ha salido. Sabino, su conductor, recoge en Fañabé (Adeje) a su primera pasajera, Candelaria Alegría, de 65 años, que hoy acude a su penúltima sesión de radioterapia para tratarse el cáncer de mama que sufre. “Lo llevo bien, gracias a Dios. Primero fueron cuatro sesiones de quimioterapia cada 21 días y ahora a diario durante 25, pero ya vamos viendo la salida del túnel”, afirma esperanzada, mientras el vehículo de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC) enfila, como cada mañana, la autopista en busca de más usuarias.
“¿De qué hablamos durante el trayecto? Eso no lo puedo decir porque Sabino me pega”, comenta entre risas mirando al chófer. “De todo, hasta de si consigo un ligue por ahí”, bromea. Está encantada con el servicio de transporte que le brinda la AECC hasta el Hospital de La Candelaria para personas que no tienen posibilidad de hacerlo por sus medios, ya sea por problemas económicos o por no disponer de un coche y un familiar que les lleve todos los días. “Esto es lo mejor que han hecho. Cada mañana me levanto con ganas para ir con todas hablando de nuestras cosas”.
En la parada de Los Cristianos espera Benita Díaz, vecina de Cabo Blanco, de 49 años. Hoy, excepcionalmente, le acompaña su novio. Le quitaron un tumor del pecho y tiene que ir de lunes a viernes para recibir radioterapia; ya acumula siete sesiones. “Me quedan tres semanas”, explica con una expresión de resignación en su rostro, pero es consciente de que “no queda otra, porque si no lo hago me voy a poner peor”.

Benita no puede olvidar el día que el médico le comunicó la enfermedad que padecía. “Fue horrible, me puse a llorar, toda nerviosa, hasta que decidí no llorar más y luchar, que es lo que me queda. Me di cuenta que tenía por quién pelear y no quiero dejarlos atrás”, relata. Por eso, su consejo para quien recibe un revés como el que sufrió ella es que “no se apure, que de todo se sale, pero hay que luchar”. Su ilusión está puesta en un viaje a Tailandia cuando supere los problemas de salud. “Pienso hacer ese viaje que tenía en mente antes de esto”. El vehículo avanza bajo la atenta conducción de Sabino, técnico de emergencias, que lleva más de dos años recorriendo cada día los 160 kilómetros de ida y vuelta al hospital.
La tercera pasajera es Eufemia Laura Chinea, una mujer corpulenta de 72 años, vecina de Arona, con un carisma especial que se palpa desde que pone el pie en el escalón del micro para subir. “Este conductor es un encanto, hoy me esperó y todo, yo todavía no lo he probado, a ver si después me lo puedo comer y se deja…”, dice, entre las risas de sus compañeras de viaje. Hoy es su segundo día a bordo. “Me quedan 20 por delante, pero con esta guagüita da gusto, es lo mejor que me ha podido conseguir Dios, porque mis dos hijos están trabajando y mi marido está fastidiado, operado de rodillas y cadera y con artrosis en la columna. Así que esto no se paga con dinero”. Eufemia está iniciando su tratamiento, también contra un cáncer de mama. “He batallado muchísimo en mi vida, pero el sentido del humor que no falte. Aquí intento callarme un poco el pico porque los canso”, dice espontáneamente.
Cuando el volumen de tráfico parece estrechar la autopista a la altura de Guaza, el micro recoge a Ana Díaz Jorge, que se sienta al lado del conductor. “Llevo batallando con un cáncer de páncreas, ya terminé la quimio y la radio. La oncóloga me verá los días 22 de mayo y 1 de junio, después me toca el escáner para ver cómo va la enfermedad y entonces decidirán si me operan o todo se queda ahí”. Asegura que esta situación la afronta con “ánimo y fuerza”. “A la gente que pasa por esto le digo que no se derrumbe, que saque fuerzas para salir adelante, porque es algo que tenemos todos, a unos se les desarrolla y a otros no, yo sigo con mi vida normal”. Cuenta -y así lo comprobamos- que durante el trayecto no se habla de la enfermedad, “porque sabemos que todas tenemos el mismo problema, aquí somos como una familia que nos gustan las bromas”.
La penúltima pasajera aguarda en la parada de guaguas de Parque La Reina. Es María Sampedro Moreno, de 63 años. Sufrió un mieloma múltiple (enfermedad en la sangre) y desde enero de 2016 utiliza este recurso para ir al hospital, al que ahora solo acude una vez al mes a ponerse una inyección de calcio para los huesos. Transmite una serenidad y una confianza apabullante, tanto en sus palabras como en su timbre de voz.

“Desde que supe lo que tenía, me dije: eso no es nada, me voy a curar, no me voy a morir. Mi fuerza son las ganas de vivir, quiero seguir adelante, y aquí estoy, de momento todo está saliendo bien”. A María le realizaron un trasplante de sus propias células madre y recibió tratamiento de quimioterapia “para barrer todo lo malo que tenía en la sangre”. “Todas las células se las lleva la quimio, pero después, con las células madre se recuperan las defensas; en mi caso no necesité una transfusión de sangre ni plaquetas, me preparé y me dije que había que salir adelante como fuera”.
En Las Chafiras, última estación, espera una primeriza. Lucía Amparo Ponce, de 66 años, prefiere sentarse sola en la parte de atrás para leer. Le detectaron en noviembre un cáncer de mama “pequeño pero agresivo” y en diciembre pasó por el quirófano para una operación “conservadora”. A continuación, cuatro sesiones de quimio. “Ahora tengo que ir todos los días a radioterapia y chequeos cada tres meses”. Los médicos le han dicho que el mal se detectó temprano, gracias a que cada dos años Lucía se hacía una mamografía. “Tengo fe, saldré, es muy importante tener espíritu deportivo para competir y, además, ayuda que nos traten con mucho cariño”, afirma antes de volver con su libro.
El sol, aún suave, de las 9 de la mañana se cuela por las ventanas del lado derecho del micro. El velocímetro está clavado en los 100 kilómetros por hora. Sabino enciende la radio y suenan canciones de los años 80 y 90. Benita duerme sobre el hombro de su novio, que no suelta su mano en ningún momento. Candelaria y Eufemia, que se han sentado juntas, no paran de hablar; Ana no pierde detalle, desde su asiento de copilota, del trasiego de vehículos en la TF-1; María deja volar sus pensamientos mientras observa toda la zona de costa y Lucía sigue devorando páginas en la parte de atrás. Hasta que Eufemia suelta: “Chicas, ¿qué tal si cuando superemos esto nos vamos a la isla esa de los supervivientes a comer cangrejos?”. El buen humor no falta entre ellas. Bromean con un meme de Rajoy en bañador, hablan de recetas de cocina, comparten trucos para hacer guisos y recuerdan el último puesto de España en Eurovisión. “Aquí todo el mundo quiere cantar, como si todo el mundo valiera para esto”, dice Eufemia. “Vamos a peor”, apostilla Benita, que se muestra encantada con el triunfo de Portugal. “La canción era muy bonita”.
Al pasar por Candelaria, a la altura de la basílica de la Patrona de Canarias, Eufemia y Benita se persignan. Eufemia una vez; Benita, cinco, “una por cada familiar”. A las 10.05 el vehículo llega a su destino: el Hospital de La Candelaria. Otro día. Otro viaje. Otra sesión de radioterapia.
Sabino Díaz, de 45 años, es más que un conductor, también hace de psicólogo: les da conversación, les escucha, bromea… “Intento echarles una mano en todo lo que puedo, apoyándoles anímicamente, haciendo alguna gracia, pero a veces tienes que medir mucho lo que dices y optas, simplemente, por un abrazo”. Confiesa que “cuando las usuarias acaban el tratamiento, me alegro muchísimo, aunque deje de verlas; al cabo de un tiempo suelo encontrarlas totalmente recuperadas, con un aspecto físico espectacular”. En cambio, lo peor, con diferencia, “es cuando sabemos que alguien se va a ir”. “Hace poco, una chica, que siempre sonreía, me dijo que le habían comunicado que la medicina llega hasta un punto y que ya no podía hacer más por ella. Me quedé fatal”.
A las 2 de la tarde, todas esperan la pequeña guagua, que llega con puntualidad a las puertas del hospital, para volver a casa. El ajetreo de la jornada ya pesa en los ánimos. El silencio va apagando las conversaciones hasta hacerlas desaparecer. Cuando entramos de nuevo en la autopista, en el maremágnum de la operación salida, el chófer vuelve a conectar la radio. En ese instante comienza a sonar Imagine, de John Lennon, un himno a la paz, pero, sobre todo a la esperanza. Minutos después, los ojos de Sabino son los únicos que permanecen abiertos. El resto del pasaje sueña. Probablemente con el gran día que está por venir. El que les hará despertar, felizmente, de la pesadilla.
Un proyecto pionero en España que no para de crecer en la Isla
El proyecto estrella de Asociación Española Contra el Cáncer, pionero en España, y en el que están volcados tanto el presidente provincial, Juan Julio Fernández, como la gerente, Carlota Cobo, no para de crecer: además de habilitar, desde el mes pasado, un servicio extra para los pacientes de quimioterapia, el próximo 1 de junio, comenzarán los traslados de enfermos desde seis municipios del Norte al Hospital Universitario, tal y como adelantó el viernes DIARIO DE AVISOS. En 2018 el servicio se extenderá a toda la comarca norteña.
El ejemplo de Dácil: su ímpetu fue clave para conseguir el objetivo

“El servicio surgió en 2011 después de que empezaran a llegarme al despacho pacientes que me informaban que no podían acudir al hospital para sus tratamientos porque eran “demasiados días” y no disponían de dinero para pagar una guagua diaria hasta Santa Cruz”, explica Marta Cala Bello, trabajadora social de AECC, encargada de la coordinación del transporte, y de la que todas las usuarias hablan maravillas. Recuerda que con la crisis, el Servicio Canario de Salud eliminó el transporte no urgente para los pacientes oncológicos en tratamiento, excepto para los enfermos con problemas de movilidad. “En el año 2013 suspendimos el servicio por falta de presupuestos, pero en 2014 comenzamos a funcionar de nuevo gracias a Dácil Martín, una usuaria muy joven, que era pura energía y que hoy ya no está con nosotros. Comenzó a organizar actos benéficos para recaudar fondos con un objetivo: comprar una guagua. Gracias a ella, y a las donaciones de empresarios del Sur y de la colonia inglesa (la madre de Dácil, que también falleció de cáncer meses después que su hija, procedía de Gran Bretaña) se alcanzó la meta. En enero de 2015 ya teníamos la guagua con la que funcionamos hoy”.
Marta detecta cada día que Kilómetro solidario es un servicio muy agradecido, tanto por los beneficiarios directos como por sus familiares. “Pude dar fe cuando mi padre, ya fallecido, lo utilizaba en el año 2014. Mi madre se quedaba tranquila en casa, él iba cómodo a recibir su tratamiento y regresaba entusiasmado contando las anécdotas de su día a día en la guagua con los compañeros de asiento”.





