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Aquellos coches ‘piratas’ que salían del Sur

Juan José Dorta, vecino de Guía de Isora, prepara un libro sobre los sufridos viajes a Santa Cruz de los habitantes del suroeste en los años 50; en la capital les esperaba el médico, el fotógrafo o el barbero
Juan José Dorta, por fuera de su casa, en el casco de Guía de Isora. J. C. M.

“Aquella rubia Peugeot, a la que llamábamos el coche pirata, salía cada día con el pasaje a primera hora. Desde las cinco de la mañana estábamos preparados para un viaje que era infernal, sobre todo hasta Icod, por la carretera vieja de Tamaimo. Allí cogíamos la guagua y, cuatro horas después, llegábamos a Santa Cruz”.

Juan José Dorta, a sus 68 años, recuerda como si fuera ayer aquellos desplazamientos a finales de los años 50 que no tenían una finalidad caprichosa, ni mucho menos. En la capital esperaba el médico, que era el motivo más frecuente del viaje; el fotógrafo, para hacer un retrato individual o familiar o, incluso, un barbero que tuviera más piedad que los que había en el pueblo. “Cuando mi madre me decía que me tenía que pelar, aquello era como si te fueras a operar, aquí había barberos muy crueles”, señala Dorta.

En aquellos coches piratas, que tenían que sortear a la Guardia Civil a través de atajos, viajaban entre 7 y 8 personas, algunas eran pasajeros habituales. “Yo destacaría tres personajes: el zapatero que iba a comprar suelas a Santa Cruz y que al ser un veterano de los viajes era el que más hablaba; un tipo que era un medio inventor, y una mujer con fama de liberal que en aquel tiempo se dedicaba al comercio de almendras y las iba a vender en la capital”. Lo peor, con diferencia, era el mareo, que empezaba desde mucho antes del viaje. “Era un tormento brutal, tan psicológico que toda la familia mareaba la noche anterior en casa. Después, en el trayecto, te querías morir con aquellas curvas que no se acababan nunca”, explica.

Pero todo mal tiene su remedio, aunque también tuviera algo de psicológico. “Para evitar el mareo llevábamos unos periódicos viejos que nos los poníamos en la barriga (mi madre siempre decía que así se calentaba la tripa) y había que mirar al frente, nunca a los lados”. Vía Tamaimo, el coche pirata llegaba al casco de Santiago del Teide, donde hacía la única parada del recorrido y a partir de ahí ponía rumbo al Norte. “Cuando llegábamos a Icod aquello para mí era otro mundo, una ciudad enorme, con ese Teide que parece que se te va a caer encima. Allí me comí el primer bocadillo a la plancha y vi al primer camarero con camisa blanca y corbatita de lazo. Todo era nuevo para nosotros”.

Juan José Dorta, sigue viviendo más de 60 años después en Guía de Isora, su pueblo, del que intentó ser alcalde, sin éxito, hasta cuatro veces por el Partido Socialista. Allí escribe su cuarto libro, aún sin nombre definido, en el que relata las penurias a las que se enfrentaban los habitantes del oeste de Tenerife, a través de las historias que surgían en aquellos coches de pasaje que salían antes de que amaneciera. “Entonces Guía se consideraba un pueblo del norte de la Isla”, apunta, “y llegó a tener hasta seis pensiones, en las que se hospedaba la gente del Norte, porque del Sur no venía nadie”.

que no se olvide

“Será un libro de viajes, una especie de Viaje a la Alcarria local, que recogerá las particularidades de cada pueblo por donde pasaba el coche, los personajes, las costumbres, la geografía y, por supuesto, el mareo, que ese siempre venía”, adelanta Dorta. Con este trabajo busca, sobre todo, que aquello no se olvide, ahora que las condiciones de vida en la comarca no tienen nada qué ver con las que sufrieron miles de vecinos a mediados del siglo pasado.

“La gente se queja actualmente con la boca pequeña, y eso que yo, con 30 años menos, no hubiera aguantado lo que la gente joven ha pasado, pero lo que busco es que comparen aquel tiempo con este y de paso reivindicar que a nosotros, los de la zona oeste de la Isla, desde Los Menores, que es el Adeje pobre, hasta la cumbre de Erjos, siempre nos ha costado más vivir, en tiempo y dinero. Y nunca lo hemos reivindicado”. De hecho, sostiene que aún hoy los habitantes de Guía y Santiago del Teide “somos islas dentro de una isla”. Ejemplos a lo largo del último siglo no faltan para ilustrar ese planteamiento. “Para ir al médico eran cuatro horas de ida y otras cuatro de vuelta y lo mismo para examinarse, como en mi caso, de primero de Bachillerato en el Instituto Viera y Clavijo o segundo, en el Instituto Viejo de Santa Cruz”.

Aunque colegios había en Guía de Isora, algunos de infausto recuerdo. “Aquí tuvimos uno, que llamábamos la academia, que era un auténtico centro de tortura, peor que la Armada argentina de la dictadura. Los maestros pegaban hasta límites inconcebibles”. Tampoco olvida la llegada de licenciados los días que había examen. “Aquella gente nos parecían ministros”.

“Cuando a alguien lo llaman huevón, no hace falta indagar en su biografía”

Ahora, jubilado como empleado de banca, Juan José Dorta aspira a cumplir lo que para él es un principio: “Quiero hacer lo que me da la gana, dentro de la tranquilidad, que es una meta inaccesible”. Gran amante de la lectura y del lenguaje, ha escrito tres libros: uno de poesía sobre el municipio, Palabras de ayer y de hoy (del que vendió 6.000 ejemplares) y este mismo año ha publicado Frases canarias. Confiesa que siempre le han interesado las palabras y su procedencia. Cuando le preguntan por algunos de sus vocablos favoritos que corren el riesgo de perderse, no duda en soltar unos cuantos, con explicación incluida: “Cuando a alguien lo llaman huevón no hace falta que indagues en su biografía, lo define a la perfección. Imponente aquí, en Guía, tiene un sentido radicalmente distinto, significa feo. Decimos quítate ese traje, que estás imponente. También se está perdiendo el nota tan nuestro, que ha sido desplazado por el pibe. Y después hay expresiones muy curiosas, como el ay chicharrero para saludar. Es una exclamación cariñosa entre, por ejemplo, dos amigos que se encuentran en la calle Castillo. No tiene nada que ver con el ay que se asocia con la manifestación de un dolor”.

Un gran defensor del patrimonio natural de la Isla

Dorta tiene una mirada crítica, propia de un ecologista, sobre algunas de las grandes infraestructuras de la Isla: “El anillo insular no ha servido para nada, sino para destrozar la comarca suroeste, pero el atentado más grave del mundo ha sido el teleférico del Teide”. Cuando se le pregunta por la Ley del Suelo, tampoco duda: “Es volver a las andadas, darle manga ancha a los incultos, depredadores y a los que, si pudieran, venderían el Teide en bolsitas”.

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