
En ocasiones, lo terrible del crimen es de tal magnitud que difícilmente puede asumirlo en plenitud quien, felizmente, es ajeno a lo maligno que puede llegar a ser un ser humano. Seguramente lo más aconsejable es no realizar el esfuerzo de imaginar lo que pasó el 15 de julio de 1570 frente a la costa palmera cuando los esbirros del corsario Jacques de Sores, al servicio de los hugonotes, interceptaron el navío en que viajaban Ignacio de Azevedo y otros 39 miembros de la Compañía de Jesús. Todos fueron a pasados a cuchillo en una masacre que se recuerda como la de los Mártires de Tazacorte o Mártires de Brasil.
Tras meses de preparación ex profeso y como corresponde a esas décadas del siglo XVI, la Iglesia dispuso una expedición evangélica con vistas a difundir la fe en Brasil. Ni hacía un siglo que Cristóbal Colón, creyendo llegar a la mítica península de Catay descrita por Marco Polo, puso el pie en América. En tres naves partidas desde Lisboa el 5 de junio de 1570 iban un total de 86 personas, 70 de ellas jesuitas y el resto personal seglar.
La primera escala de esta expedición eclesiástica pero de neto color luso es Madeira. Son tiempos de plena vigencia del Tratado de Tordesillas, que reparte las zonas de influencia de las dos grandes potencias que entonces eran las naciones ibéricas.
Ya camino de las islas hermanas en esta Macaronesia nuestra, los religiosos advirtieron la presencia de los navíos piratas. Al parecer, uno de los barcos de la expedición debía desviarse hacia La Palma con el objeto de llevar una carga, y el temor cundió entre los jesuitas, a tal punto que su líder en esta misión, el citado Ignacio de Azevedo, optó por pedir voluntarios ante la posibilidad de que fueran atacados, como finalmente ocurrió. Para dar ejemplo, él mismo se embarcó en tan corto como peligroso desplazamiento. Le acompañaron 39 compañeros, de los que 32 eran portugueses y los ocho restantes españoles. Como corresponde a la aventura que se les había asignado (porque no era otra cosa que ir a predicar en una tierra desconocida como era Brasil), tenían edades de entre 15 y 30 años.

Lo acaecido tuvo tanto eco en La Palma (y, por extensión, en Canarias) por la afinidad surgida entre los expedicionarios y los vecinos de la Isla Bonita en el breve tiempo en que los religiosos moraron allí. Cuentan las crónicas que desde el primer día hubo lo que ahora se tilda como buen rollito en Tazacorte, a donde arribaron desde Madeira.
Más en el terreno de la leyenda, se cuenta que Azevedo celebró en el Santuario de Nuestra Señora de las Angustias por última vez la eucaristía y “al sumir la sangre del Señor tuvo la revelación divina de su glorioso martirio, tan grande fue su impresión que mordió el borde del Cáliz, y dejó una mella de sus dientes en él (este cáliz sigue estando en la parroquia de San Miguel Arcángel de Tazacorte)”.
Sea como fuere, al poco embarcaron con el afán de llegar a Santa Cruz de La Palma para después seguir viaje hacia Brasil. Pero no pudo ser. Dicen que todo ocurrió justo frente a la punta de Fuencaliente. Los barcos corsarios abordaron el navío y asesinaron a los 40 jesuitas. No en balde, a Jacques de Sores, (corsario francés, protestante y hugonote de Normandía) se le conocía como el Ángel Exterminador, y 15 años antes de la masacre en aguas palmeras había pasado ya a la historia con el ataque y posterior incendio de La Habana, en ese 1555 apenas una villa. Sería lo propio de la barbarie de aquel tiempo, pero lo cierto es que los pasaron a cuchillo y arrojaron al mar sus cuerpos.
No tuvo que pasar mucho más de media centuria para que el papa Gregorio XV ya diera, en 1623, tratamiento de mártires de la fe a los 40 asesinados, beatificados por Pío IX el 11 de mayo de 1854. La fiesta en su honor se celebra, según el lugar, el 15, el 17 o el 19 de julio.
En 1999, el Cabildo de La Palma les hizo un homenaje sumergiendo 40 cruces de hormigón en el fondo del mar, en el lugar del martirio. Y, en 2014, se inauguró una cruz de piedra de unos cuatro metros de alto.





