
Regresé a mi apreciada Cuba hace unos días, a finales de noviembre, y la primera impresión que tuve fue que parecía que todo seguía igual desde la última vez, hace unos seis años. Luego, con el paso de los días, descubrí que los que no habían cambiado mucho eran los cubanos y las cubanas, cívicos, atentos, imaginativos y siempre con ganas de vivir alegre. Pero sí había novedades y, como es habitual en la isla caribeña, también se habían movido de sitio los ambientes de moda en la capital habanera.
Qué cambios. Para empezar, esta vez no me quedé, como siempre tuve que hacer desde mi primer viaje, en 1976, en un hotel, sino en una casa privada que contraté desde Canarias a través de la plataforma internacional de oferta de alojamientos Airbnb; había internet y wifi; nuevos negocios con estilo internacional en la restauración y el entretenimiento en el que, de forma incipiente, se ensaya con una especie de embrionaria propiedad privada a la que han bautizado con el subterfugio de actividad económica de independientes para no llamarla por su nombre; los homosexuales disfrutan de respaldo oficial que lidera la sexóloga Mariela Castro, hija del presidente Raúl, y comienza abrirse la mano, aunque muy lentamente, a la inversión extranjera, con todas las lupas puestas, desde el oficialismo, para impedir excesos en el blanqueo de dinero por parte de foráneos a través de testaferros nativos.
Aunque, como en todos estos casos, nunca llueve a gusto de todos, es cierto que cuando se llevan horas por las calles de La Habana, y hablas con la gente, con el taxista, con el camarero, con músicos, o con miembros, por ejemplo, de una familia de Miramar, militante, de toda la vida, del Partido Comunista de Cuba, se llega a la conclusión de que algo se mueve en Cuba.
‘Pereztroika’ a ritmo de son
¿Podríamos decir que estamos a las puertas de una perestroika a ritmo de son? No es descabellado pensarlo. Llegamos a la isla, el 27 de noviembre, en un momento crucial por dos razones. Una, porque coincidía con la semana de luto por el primer aniversario del fallecimiento de Fidel Castro. La segunda, porque nuestra presencia en la patria de Martí se producía, en vísperas de un fin de ciclo del castrismo más puro, con la despedida, el próximo mes de abril, de Raúl Castro como presidente de la nación y su relevo, no oficial, pero si más que intuido, del actual vicepresidente segundo y primer secretario del PCC, Miguel Díaz-Canel, de 57 años, de quien en algunos cenáculos cubanos se insinúa que será un nuevo Gorbachov caribeño, que tendrá que lidiar el toro de la recesión económica que sufre Cuba, agravada por las nuevas restricciones de la administración Trump y el mal momento por el que atraviesa el régimen amigo de Venezuela, que no cumple con el pago de los servicios médicos y profesionales cubanos y cada vez envía menos petróleo en apoyo al castrismo, pasando, de 100.000 a 70.000 barriles diarios.
Todo un acontecimiento histórico en la isla. Aunque no deja de ser una persona de confianza de Raúl Castro, hay quien advierte, sin embargo, que un hijo suyo, Alejandro Castro, jefe de la inteligencia cubana, será el poder en la sombra. No obstante, Díaz-Canel, un discreto máximo dirigente, hijo de maestra y mecánico, que procede del interior de la isla y de quien algunos dicen, frívolamente, que su parecido con Richard Gere puede imprimir semblante amable a una Jefatura de Estado cubana muy vinculada estéticamente al uniforme verde olivo, es una firme esperanza, en vos baja, entre los partidarios de reformas en la isla. Sea como fuere, lo que parece evidente es que hay consenso, entre los cubanos, para que el aperturismo siga dando pasos adelante. En una vivienda de La Habana asistimos a una comida familiar. Los dueños de la casa son fieles a la revolución y han ocupado responsabilidades políticas. Ven con buenos ojos los cambios hacia una mayor iniciativa privada en la economía cubana. “Eso es bueno porque ayuda a que el pueblo se relaje y viva mejor, porque puede disponer de más dinero; pero hay que hacerlo con buen pie, porque el cubano es de extremos y lo puede estropear todo antes de tiempo”, comentan en la reunión habanera.
La suerte del cubano es que tiene muchas cualidades para salir adelante, curtido en mil batallas y penurias desde el comienzo de la revolución, hace casi 60 años. Ha sabido resistir y vivir con poco. Y nunca han cambiado su semblante, su sentido del humor y las ganas de divertirse con ron, música y baile. El cubano es feliz con poco y ha recibido formación y cultura. Llama la atención, en este sentido, la extensa red de espacios culturales y recintos para conciertos de toda clase de música. Como botón de muestra, el hallazgo personal que experimentamos del Submarino Amarillo, un Centro Cultural de Artex, al lado de la plaza de Lennon de La Habana, en la calle 17 entre 4 y 6, en Vedado, dedicada a música de los Beatles.
Invento a prueba de EE.UU.
A Cuba la inventaron a prueba de EE.UU. y de huracanes, como el reciente Irma, que inundó la ciudad, hace tan solo menos de tres meses, con el agua en las calles por la cintura de la gente, diez muertos y vientos de hasta 130 kilómetros por hora. Lo curioso es que, en tiempo récord, hoy podemos pasear por estas mismas calles sin huella ostensible de la catástrofe y hay luz, agua, internet, transportes colectivos y los colegios en plena actividad.
Esta ciudad, esta isla, en la que los canarios nos sentimos como en casa, orgullosos, estoy saboreando un buen café en la terraza del hotel Inglaterra, en el Paseo del Louvre, cerca del Capitolio, y frente a la placa, colocada, exactamente, en ese lugar hace 80 años del mismo día que llegó a La Habana, que rememora el reconocimiento de los cubanos a un hijo de Tenerife, el escritor y militar Nicolás Estévanez, que rompió su espada y abandonó el Ejército español en muestra de desacuerdo por el asesinato, a manos de militares españoles, de estudiantes cubanos inocentes. Cuba forma parte de nosotros, los canarios, de nuestra historia común a lo largo de los siglos, de la que quedan huellas perennes, como ese salón Taganana, del mítico hotel Nacional. Rincones que hemos refrescado nuevamente en este reciente paseo habanero y que nos hacen pensar, como a otro canario, Carlos Acosta, delegado de Bodegas Torres en la Perla del Caribe, desde hace 12 años, que tenemos que revitalizar nuestro parentesco canario-cubano. En eso está la célebre cantante Argelia Fragoso, madrina del festival de La Habana, Voces Populares, que dirige Vivian Ll. Florat, y que buscan apoyos para que el próximo año esté dedicado monográficamente a Canarias.
La oportunidad de este viaje ha sido única para renovar la experiencia de este contagioso climax caribeño que nos impregna, al paso por sus calles, con todas las paradojas y contradicciones que definen la esencia vital cubana. La Habana necesita salud, que belleza le sobra, parece ser la máxima que practican a diario los habaneros que, en cada esquina o plaza, arman escandalera hablando sin cesar sobre lo divino y lo humano, aliviadas sus gargantas por el omnipresente ron. La Habana, que también es de los perros, los gatos y los gallos que cantan a cualquier hora, se levanta todos los días dando voces y oliendo a café. Abajo, en la calle, los habaneros se la pasan inventando, resolviendo y pasando trabajo, como Orestes, nuestro inseparable chófer, que no para de saludar a conocidos y de lanzar piropos a sus mamasitas y bebés a las que dedica poesías y hace “pregunticas con respeto”, como él mismo repite sin cesar. No es fácil, pero la gente baila y sonríe. Hay cosas que pueden no entenderse, como que sea imposible encontrar papel higiénico pero sí unas zapatillas Adidas de varios modelos. No hay que buscar explicación, es Cuba y hay que quererla como es.
Íntimo de Omara y festín musical
Impagable momento habanero el vivido en La Covacha de Omara Portuondo en Boyeros [229 número 21017e/210 y 216 Fontanar], la reina de Buenavista Social Club, que a sus 87 años cantó su repertorio más íntimo de son y bolero, dedicado, especialmente, en una noche mágica, a su amigo el productor grancanario Braulio Pérez, al que observaba, incrédulo ante tanta deferencia cariñosa de la diva del filin, el músico español Santiago Auserón, vecino de mesa de una expedición cultural canaria, al que ya habíamos descubierto en la isla, por sorpresa, en una de las salas de La Fábrica de Arte Cubano FAC, en Vedado [calle 13 esquina 11], otra sorpresa y de las grandes, un complejo interactivo y multidisciplinar al estilo Bauhaus, un oasis para los creadores contemporáneos cubanos, creado, con aval oficial, en las instalaciones de la antigua compañía de electricidad de La Habana, por el cantautor cubano X Alfonso.
La Habana es un festín musical, de todas las clases y estilos. Si no vives la noche habanera no sabes lo que te has perdido. En Don Cangrejo, en El Malecón [Avenida 1ra. e/ 16 y 18. Miramar], Alexander Abreu y su Havana D’Primera montaron fiesta salsera a lo grande para celebrar el éxito de su gira europea y allí estaba la Cuba glamurosa, como el cantautor Descemer Bueno, coautor del superventas Bailando, o el afamado Roclan, coreógrafo del Ballet Revolution de Cuba, que bailó para la reina de Inglaterra, y de los últimos vídeos estrella de Enrique Iglesias y Marc Anthony.
Pero la música en Cuba es múltiple, variada y sorprendente y la actividad es incesante, no hay tregua. En esos escasos cinco días de estancia tuvimos, además, la suerte de que Primera Línea, el Fórum Internacional de Música en La Habana, al que nos invitó a dar una ponencia su director, nuestro amigo gallego-alemán Antón Martínez, nos pusiera en bandeja disfrutar, en la Casa de la Música de Miramar [Avenida 20 No. 3308 esq. a 35], de la descarga trepidante de sones, guarachas y guaguancó del Septeto Santiaguero, un Grammy de Santiago de Cuba que saca fuego a la sala de baile.
Cosas del azar. Esos días de finales de noviembre en La Habana, nuestro timplista Josele, que no paraba de actuar y triunfar en la capital cubana, nos llevó hasta Barbaram, en Nuevo Vedado [Ave. 26 e/Zoológico y calle 47. Plaza de la Revolución], a descubrir a un novísimo, Adrián Berazaín, buenísimo, una simbiosis entre Pedro Guerra y Fito Páez, con look de Manu Chao, con el que Silvio Rodríguez acaba de grabar un dueto y al que auguramos un gran porvenir.





