invasores

Fernández de Lugo se estrella en Tenerife (III)

Tras fundar Santa Cruz y a pesar de que media Isla ha hecho las paces con el invasor, acaba huyendo malherido de Acentejo

Mural de la Primera Batalla de Acentejo ubicado en el Parque García Sanabria (Santa Cruz de Tenerife). DA

Sabía lo que se iba a encontrar, media Isla ya estaba pacificada en favor de sus intereses, pero aún así fracasó estrepitosamente. a tal punto que tuvo que sus tropas fueron diezmadas, fue malherido y salvó la vida gracias a Pedro el Tuerto y tuvo que huir a Gran Canaria. Con semejante fracaso se saldó la primera gran oleada invasora del que posteriormente lograría culminar la conquista de Tenerife para el Reino de Castilla, Alonso Fernández de Lugo, por otra parte un notable guerrero cuyas hazañas quedaron oscurecidas para la historia porque, simplemente, no es comparable la invasión de un Archipiélago con la de un continente entero.

Bien preparado

Si de algo sirvió a los castellanos el hecho de que la conquista de Canarias se prolongase durante todo el siglo XV fue la experiencia acumulada. Cuando Fernández de Lugo desembarcó en Añaza, venía de ser pieza clave en la conquista de Gran Canaria y líder en la toma de La Palma. Llevaba años explotando un ingenio de azúcar en Agaete, había capitaneado varias incursiones esclavistas en las costas tinerfeñas y hasta estuvo desterrado en El Hierro durante unos meses.

Con semejante hoja de servicios, no es de extrañar que llegase a Tenerife con la tarea hecha. Contaba con la aquiescencia de los Reyes Católicos, fechada en diciembre de 1493, así como la impagable cosecha diplomática que supuso contar con la paz de los aborígenes de media Isla, acordada por Pedro de Vera en los bandos de Güímar, Adeje, Abona y Anaga. No es ninguna coincidencia que se trate de las comarcas que más había sufrido las expediciones para la captura de esclavos, en algún caso desde hacía más de un siglo.

Pero el gran error de Alonso Fernández de Lugo que hizo fracasar su primer intento de invadir Tenerife fue, curiosamente, de carácter militar, dado que cometió un error impropio de su veteranía bélica: fue su enemigo quien decidió el escenario de la batalla.

Tras el desembarco y fundación de lo que luego sería Santa Cruz de Tenerife, Fernández de Luego y los suyos parlamentó en lo que luego sería La Laguna con los bandos hostiles: Taoro, Tacoronte, Tegueste, Daute e Icod. Fue el mencey de Taoro, Bencomo, quien se negó a rendirse y dio paso a las hostilidades. Fue el 29 de mayo de 1494 cuando las tropas de Fernández de Luego, compuestas por veteranos de las invasiones de La Palma y Gran Canaria y un buen número de gomeros y canarios, se adentraron hacia el que ahora llamamos Valle de La Orotava sin encontrar oposición alguna. Tras hacerse con los rebaños que les pusieron como señuelo y en pleno regreso hacia La Laguna, se produjo la emboscada en un terreno inmejorable para los intereses guanches, dado que los invasores se encontraban justo debajo de ellos y en pleno barranco de La Matanza.

Masacre y fuga

Entre lo abrupto del terreno y los numerosos matorrales, la caballería castellana apenas resultó ser un mero espectador de la masacre cometida por los guanches bajo el mando de Bencomo, a quien al parecer secundó como segundo comandante de la guerrilla aborigen uno de sus hermanos, quién sabe si llamado Tinguaro o Chimenchia. El mérito de los guanches, armados con palos y piedras, es indiscutible frente a una tropa dotada con espadas, arcabuces y ballestas tan temible que, junto a los equinos, fueron capaces de doblegar a imperios enteros como el mexica (el término azteca fue inventado por los españoles) o inca. La victoria de los guanches fue tal que los invasores huyeron en desbandada, y el propio Alonso Fernández de Luego, herido de una pedrada en la mandíbula, fue evacuado por su hombres, quienes no pararon hasta llegar a donde habían dejado sus barcos, para zarpar de inmediato a su refugio de Gran Canaria. Se dice que La Esperanza debe su nombre a que los derrotados, en su desesperada huída, vieron desde allí el océano al que necesitaban llegar para seguir con vida. Pero Alonso Fernández de Luego volvería y, por eso, a la Primera Batalla de Acentejo se le denomina La Matanza, porque la Historia siempre la escriben los que ganan las guerras, no las batallas.