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Fotógrafos minuteros en tiempos del selfie

Son artesanos de la fotografía, ya que ellos mismos se construyen sus propias cámaras; ahora están luchando para lograr que las administraciones públicas les dejen ejercer su oficio
Foto de Sergio Méndez

Cuando el fotógrafo minutero llegaba a los pueblos, en aquellas épocas en la que trasladarse de un lugar a otro era una aventura, se trataba de todo un acontecimiento. Los habitantes sacaban sus mejores sábanas para tener un telón decente, rescataban su única muda para las grandes ocasiones e incluso algunas parejas de recién casados volvían a ponerse sus trajes, guardados hace ya meses, para tener un recuerdo de su boda. Si no fuera por estos fotógrafos, con sus cámaras hechas por ellos mismos con una caja y sus grandes trípodes, ahora muchos habitantes de Canarias nunca habrían tenido una foto de sus antepasados.

Muchos en Chirche y Taucho recuerdan a Rafael, de origen persa, que recorría los pueblos del sur una vez al mes, cuando ir a Santa Cruz de Tenerife o La Laguna, donde empezaron a surgir algunos estudios de fotografía, era imposible. Algunos de esos fotógrafos profesionales, de hecho, también eran o habían sido fotógrafos minuteros, como los laguneros hermanos García. O los estudios de Pérez y Blanco, en las calles aledañas al Teatro Guimerá.

Los minuteros fueron desapareciendo poco a poco, allá por las décadas de los 60 y 70, pero con la crisis ha empezado a resurgir este oficio histórico, olvidado, sin embargo, en los libros de historia de la fotografía.

Foto de Sergio Méndez

En 2009 había siete en toda España, uno en Canarias. Ahora hay alrededor de cuarenta, seis en las Islas. Pero a pesar del carácter cultural que representan, están maltratados no solo por la historia, sino ahora mismo por las administraciones públicas a nivel nacional. No les dejan ejercer en la vía pública. Esto sorprende todavía más si tenemos en cuenta que “hay datos que sitúan a España como país inventor de este tipo de fotografía”, señala Michi, apasionado y estudioso de esta profesión, “y, sin embargo, son otros países, como Brasil, donde está considerada patrimonio material, y en Chile van por el mismo camino”.

Él y Diana son dos de los minuteros que intentan trabajar en Canarias. “El problema es que en los ayuntamientos nos consideran vendedores ambulantes. Esa calificación nos la escribe un funcionario que no tiene potestad para calificarnos profesionalmente. Nosotros prestamos un servicio, no tenemos nada a la venta. Una persona nos ve, acude a nosotros, le realizamos una fotografía y se la entregamos en el momento, por lo cual recibimos una compensación económica”. A lo que Diana añade que no es solo eso. “Además, de sacar una foto, realizamos una labor histórica, didáctica y cultural, porque también enseñamos la cámara, mostramos cómo funciona y la historia que hay detrás de la fotografía minutera”. Quieren, en definitiva, preservar este oficio antiguo.

Los ayuntamientos no les permiten estar en la calle a pesar de ser el único lugar donde pueden ejercer esta profesión, pues necesitan la luz natural. “Yo estoy dado de alta en la Seguridad Social como fotógrafo sin galería. Supuestamente, yo puedo ejercer mi actividad en cualquier sitio. Mi cámara va con trípode, pero se puede mover, no tiene que estar estable. Pero si viene la policía y me pide la autorización, me multa”, explica Michi. “Es decir, según Hacienda, sí puedo estar, pero según la gerencia de urbanismo de un ayuntamiento, no. Es un problema de competencias”.

Por supuesto que hay ayuntamientos que tienen cierta sensibilidad, y les dejan trabajar como a los mimos o caricaturistas, que piden la voluntad, “pero si nosotros pedimos la voluntad, es nuestra ruina total”, afirma. “Y más aquí en Canarias, donde la química y el papel no se pueden conseguir. Hay que comprar fuera y pagar aduanas”, señala Diana. “Nosotros cobramos 10 euros por fotografía, podemos hacer unas 20 al día, y aun así es barato, porque si cuentas el papel, todo el trabajo que supone sacarla y los materiales que se utilizan, podríamos cobrarlas a unos 25 euros”.

Foto de Sergio Méndez

Les han denegado permisos, tienen muchos silencios administrativos y de vez en cuando les dan alguno para alguna actividad especial, “pero eso no es rescatar el oficio”. “Siempre buscan alguna pega: o la ocupación de la vía pública o que somos vendedores ambulantes. Pero por supuesto que sí nos llaman para fiestas y además que vayamos gratis, porque llamamos la atención y la gente se saca fotos con nosotros. Pero desde que pidas alguna pequeña ayuda para el transporte, un bocadillo y pagar los químicos, no te vuelven a llamar”, sentencia Michi.

Tras estar peleando desde 2009 con los ayuntamientos, ahora han dado el paso de llevar su problemática al Parlamento de Canarias. Y se han reunido con algunos grupos, como los del PSOE, Podemos y Nueva Canarias. Los dos últimos miran con interés su situación y la única esperanza que les queda se vislumbra en septiembre con la Ley de Patrimonio. “Nos han dicho que una solución es nombrar el oficio como patrimonio material. Si se aprueba, podría ser un precedente que ayudaría a los compañeros de toda España”, dice Michi.

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