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60 años de la última gran plaga de langosta en Tenerife

El Estado envió aviones fumigadores, mientras desde tierra se combatían las bolas de insectos con hogueras, cacharros y hasta voladores
La plaga se combatía con métodos rudimentarios. A la derecha, langostas muertas en la playa del Médano. Archivo RTVE
La plaga se combatía con métodos rudimentarios. A la derecha, langostas muertas en la playa del Médano. Archivo RTVE
La plaga se combatía con métodos rudimentarios. A la derecha, langostas muertas en la playa del Médano. Archivo RTVE

Ocurrió hace 60 años, pero la memoria de las Islas conserva intacta uno de los episodios más funestos que sufrió el campo canario en el siglo XX: la última gran plaga de langosta que devastó los cultivos y causó pérdidas millonarias, dejando en la ruina a numerosos agricultores. Las gigantescas bolas de insectos procedentes del continente africano, empujadas por los vientos cálidos del sureste, sorprendieron a los habitantes del Archipiélago a partir del 16 de octubre de 1958.

Plantaciones de tomates, papas y en menor medida plataneras (por las condiciones de la hoja del árbol y de su fruto) quedaron arrasadas por densas nubes rojas compactas que se desplazaban sobre el mar y que al llegar a tierra emprendían el vuelo en todas las direcciones. Era tal la masa de ejemplares de los temibles ortópteros que el sol llegó a quedar oculto por las sucesivas oleadas de estos acrídidos migratorios.

La zona meridional de Tenerife fue la más afectada. El imponente enjambre se ensañó con los municipios de Arico, Fasnia, Granadilla de Abona y, sobre todo, en el Valle de Güímar, donde los cultivos de tomates, papas y algodón quedaron reducidos a la mínima expresión, aunque también se registraron graves daños en la Isla Baja y en Anaga. Campesinos y vecinos recurrieron a métodos rudimentarios para luchar contra la plaga: hogueras, a través de la combustión de neumáticos para generar grandes humaredas; ruidos, empleando cacharros, latas y hasta voladores para intentar espantar las sucesivas oleadas; cebos envenenados y con el espolvoreo de veneno a mano, finca a finca.

Al sexto día de plaga llegaron dos avionetas movilizadas por el Ministerio de Agricultura que actuaron, sobre todo, en las laderas del Valle de Güímar, donde se libró una guerra sin cuartel contra un enemigo que parecía reproducirse con el paso de los días. La fumigación aérea se intensificó con una media de 15 vuelos diarios desde Los Rodeos y hasta se habilitó, con la colaboración de los vecinos de Güímar, una pista de emergencia en El Socorro para que los dos aparatos acortaran el margen de tiempo de cada una de las descargas de plaguicida sobre las zonas más perjudicadas por la voraz plaga de la temida Schistocerca gregaria.

En la franja costera entre Candelaria y Granadilla de Abona, flotillas de barcos pesqueros provistos con redes y pandorgas atacaron las bolas depredadoras con gasolina y fuego. En El Médano se llenaron hasta 30 barcos de millones de langostas muertas que acabarían enterradas cerca de la playa. La imagen de los insectos, de entre 5 y 7 centímetros de largo y de color gris amarillento y rojizo, amontonados sobre la arena pervive en la memoria de los mayores que contemplaron la insólita escena.

La plaga se combatía con métodos rudimentarios. A la derecha, langostas muertas en la playa del Médano. Archivo RTVE
La plaga se combatía con métodos rudimentarios. A la derecha, langostas muertas en la playa del Médano. Archivo RTVE

Las crónicas de entonces relataban que en diferentes áreas del sur tinerfeño se cargaron una treintena de camiones de langostas muertas. Las calles de las ciudades y pueblos se convirtieron en alfombras de insectos que aplastaban los coches a su paso, mientras los peatones se sacudían la incómoda presencia de los invasores voladores sin rumbo. En todas las islas la gente rezaba en las iglesias y en algunos pueblos se llegaron a sacar los santos en procesión.

La noticia dio la vuelta a España. El No-Do, órgano de información audiovisual del régimen franquista, se refirió al episodio cómo la “ruina para el campo insular, agravando la situación de los isleños que aún no se habían repuesto de los efectos devastadores del último huracán”, en alusión al temporal de viento sufrido con anterioridad por el Archipiélago. En el documental se aprecia la fumigación aérea desde las avionetas, la visita al sur de Tenerife del gobernador civil de la provincia, y las montañas de insectos muertos en la costa de El Médano.

El periódico ABC tituló el 23 de octubre: “Todo Tenerife continúa la lucha contra la plaga de langosta”, y subrayaba en uno de sus subtítulos la visita que realizaría ese mismo día el gobernador civil a Madrid “para informar al poder público de las proporciones del estrago”.

Después de más de 20 días de intensos trabajos de extinción, un cambio en la dirección de los vientos, que trajo un descenso de las temperaturas y, sobre todo, la aparición de las primeras lluvias de otoño acabaron con la plaga de cigarra berberisca más dañina del siglo XX en Tenerife.

La otra gran invasión se produjo cuatro años antes

El precedente anterior de una gran plaga de langosta sobre Canarias se sitúa en 1954, cuando otro gran enjambre, después de asolar grandes extensiones en el sur de Marruecos, destrozó más de 10.000 hectáreas de cultivos en las Islas, causando unas pérdidas valoradas en más de 135 millones de pesetas.

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