santa Úrsula

Vivir para contarlo

Candelaria, Teresa, Lala, Erika y Elena le ganaron al cáncer de mama y participan del programa acuático en la piscina municipal que desde mañana desaparece debido al cierre de la instalación
Candelaria, Erika, Elena, Tere y Lala (arriba) después de salir de una clase del programa acuático en la piscina municipal de Santa Úrsula, y antes de realizar la entrevista con este periódico, café de por medio. Mario González

No quieren la carátula de haber tenido cáncer. Dicen que les cuesta más llevarlo psíquica que físicamente, pero saben que tienen dos opciones: o arrinconarse en un camino y dejarse morir, o pensar que la vida no es de rosas pero tampoco que siempre hay espinas.

Candelaria, Teresa, Elena y Lala son de las que se rinden fácilmente, todo lo contrario. Tampoco Erika, que a pesar de estar en la foto no pudo dar su testimonio, igual que dos compañeras que se sumaron el mes pasado. Su lucha y su empeño por superar una enfermedad muchas veces silenciosa y que no avisa, las llevó a las tres primeras a superar un cáncer de mama, mientras que a Lala todavía le queda una batalla por ganarle a una metástasis en el hígado.

Esta última cuenta que le confirmaron que tenía cáncer un 5 de enero, “ese fue mi regalo de Reyes”, afirma. No se notó nunca un bulto. El ginecólogo le sugirió que después de los 40 años era bueno hacerse una mamografía y fue obediente. Le dijeron que si había algo malo le avisaban en un plazo de entre 15 y 20 días pero nunca lo hicieron.

Al mes y medio fue al médico y le recordó que tenía esa prueba pendiente. El profesional miró los resultados y aunque creía que estaba todo bien la envió al ginecólogo. En la consulta de este último profesional la derivaron al hospital a hacerse una ecografía, de allí le tocó una biopsia porque habían visto un tumor y luego una resonancia en todo el cuerpo para comprobar si se había extendido. “Y la suerte, que me saqué la lotería, tengo metástasis en el hígado”, apunta la más bromista de las cuatro.

No le quitaron ganglios y tampoco el pecho. Le dieron siete meses de quimioterapia antes de operarla. “Llevo con todo ésto siete años. Tengo tres nódulos en el hígado y como a veces crecen y otras se reducen, necesito controlarme siempre y con quimio. Nunca he dejado de estar con tratamiento porque al haber metástasis hay células cancerígenas en todo el cuerpo”, expresa Lala.

Aunque su caso es diferente al de sus tres compañeras, que ya contaban con antecedentes familiares, a las cuatro las unen muchas cosas. La más importante, el tiempo que comparten desde hace cerca de dos años en la piscina municipal de Santa Úrsula al participar del programa acuático de la Asociación Española contra el Cáncer (AECC) que se imparte en la instalación y que desde mañana desaparece debido al cierre del recinto.

Una decisión que les afecta, como al resto de usuarios, pero en su caso especialmente, ya que además de hacer deporte y pasárselo bien, les ayuda a prevenir el linfedema, una de las principales secuelas del cáncer de mama, que se produce al extirpar los ganglios linfáticos.

Les cuenta pensar en que ya no se podrán beneficiar del mismo, y más en verano. Y aunque solo sea por unos meses, hasta que salga a licitación el servicio y se le adjudique a la nueva empresa, para ellas ese tiempo supone perder calidad de vida.

“A mí me hicieron todo, me cortaron, me drogaron y me quemaron y a partir de ahí, voy mejorando”, sostiene Teresa Hernández. Tiene 52 años, los mismos que Lala, pero el primer aviso de la enfermedad fue con 47, gracias a una mamografía. Su madre falleció de cáncer de mama y ella tenía un alto riesgo de padecerlo.

Una “perita en dulce”

Hasta ahora no ha tenido ninguna recaída pero lleva un tratamiento que frena el origen hormonal de la enfermedad. Al principio le trasladaron que el tumor “era una perita en dulce” pero luego derivó en una mastectomía completa, le quitaron la mitad de los ganglios del brazo derecho, y tuvo que pasar por quimioterapia. Desde entonces, toda la familia se vigila, hombres incluidos, dado que pasó un consejo genético y existe una predisposición a sufrir este tipo de cáncer, bien sea por condiciones ambientales o por genes que no han sido estudiados.

Teresa pudo reincorporarse a su trabajo porque tiene una empresa familiar y hace una vida normal. Se cuida para no cansarse en exceso y tampoco hacer demasiado esfuerzo. Empezó a nadar hace dos años porque a veces se le hinchaba mucho el brazo. Desde entonces, igual que sus compañeras, siente una mejoría y además, rápida.

A Elena le salió un tumor que creció de repente y se lo notó. Inmediatamente acudió al médico y le dijo que podía ser un quiste y también, que no se preocupara. Hasta que le hicieron la mamografía pasó casi un mes. Como no estaba tranquila intentó “apurar” un poco la cuestión. Sobre todo, porque tiene antecedentes familiares. Su padre falleció de cáncer y su abuela de cáncer de mama.

Desde ese momento todo fue rápido. La derivaron al Hospital Universitario de Canarias (HUC) a hacerse una ecografía y cuando llegó se enfrentó a una biopsia. Tenía dos tumores, un pequeño y otro grande. Empezaron a darle quimio, cuatro sesiones fuertes. “Desde la segunda, el oncólogo te sugiere que te cortes el pelo porque se te va a empezar a caer y tú piensas que no te va a pasar y un día, duchándote, pasa”, relata.

Para Elena, es uno de los tramos “más duros” por los que tuvo que atravesar porque “realmente tomas conciencia de que pierdes el control”. En su caso, no quiso ir a una peluquería y optó por llamar a la sobrina de su esposo para que se lo cortara.

Por el contrario, Candelaria sí fue porque allí mismo le ponían la peluca, ya que no quería volver a salir sin pelo a la calle. “Todavía me siento en el sillón de una peluquería y revivo ese momento, y veo a la peluquera rapándome”, sostiene.

A su juicio, también hay otro trance muy complicado de afrontar: “cuando despiertas de la operación y a los cuatro días te anuncian que te van a hacer la primera cura y que es mejor que mires porque tienes que tomar conciencia de que te han quitado un pecho. Te miras el tórax y ves el agujero”, certifica.

Su diagnóstico fue en el año 2009. Seis meses antes había fallecido su suegra. Ella en ese momento ya tenía un bulto debajo de la mama derecha y se lo tocaba. Le dio el pecho a sus tres hijos, pero en un momento, “soltó como si fuera calostro” y la enfermera le recomendó que fuera urgente al ginecólogo. Le hicieron la mamografía urgente y a la semana recibió una llamada al trabajo para que acudiera al HUC porque la mamografía estaba confusa y había que repetirla. Al llegar, la sala estaba preparada para una ecografía y una biopsia, pero no le habían avisado. “Es lógico, no te van a decir por teléfono que tienes cáncer”, justifica.

Candelaria vive en El Sauzal. Lleva dos meses en la piscina de Santa Úrsula y “está encantada” por cómo la han acogido además de considerar “muy necesario” que el programa acuático se mantenga. “Luego nos tomamos el café y cada una cuenta su historia, desde qué hacemos de comer hasta lo que le hacemos al marido”, bromea Lala.

Efectos secundarios

En casi dos horas se puede hablar de muchas cosas con estas mujeres que son un ejemplo de vida. Las ventajas de tener o no un reservorio – una especie de pequeño botón que se coloca bajo la piel para poder administrar la quimioterapia-, el momento de hablar con la familia, la importancia de sentirse apoyada y contenida por los seres queridos, la vida sexual después del tratamiento, los efectos en el cuerpo y en la piel, y el estrés como componente desencadenante de una enfermedad que no se acaba después de la operación. “Los efectos secundarios siguen de por vida. Es el dolor del miembro amputado, vives con él, te acostumbras, y eso muchas veces la familia y los amigos no lo entienden, ven que te crece el pelo, que estás bien y piensan que ya estás recuperada”, asegura Elena.

Las cuatro forman parte de un grupo que no solo disfrutaba de un buen rato dentro del agua. Charlaban con personas que pasan por lo mismo, “te entienden de otra manera y te sirven de contención”, afirma Candelaria.

Ella, junto a Teresa, Lala, Erika y Elena compartían todos los martes y jueves el cortado de las diez de la mañana acompañado de risas y anécdotas que desde esta semana ya no tendrán, aunque confían y esperan que sea por poco tiempo.

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