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El gran maestro del alfombrismo de La Orotava se jubila

Ezequiel de León, hijo del ilustre escultor y restaurador tinerfeño del mismo nombre, deja la Escuela Municipal de Dibujo y Pintura y después de 29 años y el Magno Tapiz de la plaza del Ayuntamiento
El gran maestro del alfombrismo de La Orotava se jubila
El gran maestro alfombrista orotavense se retira, pero no de la manera que le hubiera gustado. Fran Pallero

Llegó el día. Ezequiel de León, el gran maestro del alfombrismo, ha decidido jubilarse un año antes de lo previsto. Lo hace agotado de la docencia y de una situación en la plaza del Ayuntamiento de La Orotava que se había vuelto insostenible, tanto con el equipo directivo como con algunos de sus compañeros.

ras 29 años modelando las arenas naturales del Parque Nacional del Teide para el Corpus Christi, deja la Escuela Municipal de Arte Perdigón a la que ingresó el 1 de octubre de 1996 contratado como maestro alfombrista, “la persona que está capacitada para enseñar a los demás”. Era una plaza única en toda España que le hubiera posibilitado formar cantera. Sin embargo, por intereses particulares de otros nunca se dedicó a la docencia de las alfombras y lo relegaron a dar clases de dibujo y pintura, una labor que desempeñó con entrega pero que no le correspondía por el cargo.

Reclamó y se quejó, pero sus demandas fueron ignoradas por responsables a quienes hoy prefiere no nombrar.

“Hay cantera, porque las personas que están han ido aprendiendo día a día, pero no hay continuidad”, lamenta.

Natural del barrio de La Perdoma, Ezequiel lleva el arte en la sangre. Lo aprendió de su padre, el ilustre escultor y restaurador español a quien acompañó desde pequeño a confeccionar las alfombras, tanto de flores como de arena, y ya no paró.

En 1991, tras la jubilación de su progenitor, el entonces alcalde Isaac Valencia le ofreció hacerse cargo del Magno Tapiz pero no hubo acuerdo económico. “Quizás, de haberlo hecho entonces, la alfombra de la plaza sería hoy otra cosa, no tan modernista, y habría dejado una cantera sólida”, reflexiona con cierta nostalgia.

Fue en 1997 cuando llegó a la plaza del Ayuntamiento y estuvo allí hasta el año pasado. Su trabajo nunca pasó inadvertido. Consiguió plasmar en arena verdaderas obras de arte que para otros parecían imposibles.

Sentado en un taburete o agachado, como era habitual verlo, el artista dibujó los brazos de Miguel Ángel, de unos 16 metros de largo cada uno y una de las primeras obras que “lo marcó”, y el Cristo Crucificado de Velázquez. En 2019, con motivo del centenario de la primera alfombra, la mirada de un niño pidiendo ayuda extendiendo su mano dio la vuelta al mundo. Con su dominio magistral de la perspectiva y la matemática, consiguió que el pequeño siguiera con los ojos a cada espectador que lo observaba.

Resulta extraño no verlo en estos días porque era de los alfombristas que más horas le dedicaba al tener la responsabilidad de la figura del tapiz central. Aunque tenía mucha experiencia y solventaba cualquier problema que le surgía, el tamaño y la complejidad del tapiz le requerían muchas horas. “Estaba cerca de 9 horas diarias, unas 55 a la semana, y además, había ocasiones en las que tenía que supervisar a mis compañeros y colaborar con los problemas que le surgían”, cuenta.

El artista también introdujo las coladeras. Sus compañeros usaban las cernideras o tamices, instrumentos que para él no sirven para trabajar una tierra que es muy gruesa. Recuerda que al principio se rieron de él pero al ver el resultado de su trabajo, “en la siguiente alfombra ya no había cernideras”, apunta.

Es el primer año que ya no forma parte del equipo y le resulta inevitable “no tener un poco de mono después de estar 29 años en ese trocito de tierra”.

Su implicación en las alfombras trascendía al de un simple trabajo. “Puedes tener técnica, pero la pasión hay que plasmarla, si no, es una simple pintura”, afirma. En su caso, sentía cada grano de arena. Tanto, que en 2023, cuando la lluvia destrozó parte del Magno Tapiz, no pudo ocultar las lágrimas.

A pesar de su maestría, el reconocimiento institucional ha sido escaso. No el de vecinos y vecinas de la Villa que durante casi tres décadas, siempre se acercaban en el marco de las Fiestas Patronales a felicitarlo, o el recibido a nivel internacional, invitado a participar en diversos festivales.

Confiesa que no es la despedida que le hubiera gustado tener. “Por un lado necesitaba descansar la mente de una situación asfixiante, pero por otra siento una pena inmensa porque las alfombras son mi vida y las dejo de una manera casi violenta”, sostiene.

Eso sí, deja claro que nadie lo empujó a hacerlo. “Ha sido una decisión personal” y de la que no se arrepiente.

Ezequiel de León se retira con la dignidad del artista que sabe que su obra habla por él. La mirada del niño que dibujó en el año 2019 seguirá recordando cada jueves de Corpus Christi que el arte sin pasión es solo arena, y que él, durante casi tres décadas, logró que esa arena tuviera alma.

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