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José Juan y Eufemia, dos años viviendo en la calle

En los alrededores del Pancho Camurria, en Santa Cruz, cohabitan chabolistas y sin hogar, como José Juan, de 75 años, y Eufemia, de 65, dos músicos que tras recorrer media Europa viven al raso, esperando una intervención quirúrgica y la jubilación; los vecinos de Azorín les entregan mantas para hacer frente a los primeros días de lluvia y frío

A veces no hay palabras y muchas otras ni siquiera son necesarias. La mayoría acepta con resignación lo que les ha tocado vivir. Piden una casa, un trabajo, asistencia médica, algo de ropa, de comida, en definitiva, de ayuda. Los motivos por los que alguien vive en la calle son tantos como personas sin hogar hay. El próximo domingo es el Día de las Personas Sin Hogar, un colectivo que en Santa Cruz suma cerca de 500 personas, entre las que duermen en el albergue, las que lo hacen en asentamiento como el del Pancho Camurria o las que pasan la noche al raso entre cartones. En Azorín, donde se ubica el Centro Municipal de Acogida (CMA), el único de toda la Isla, pernoctan en la calle muchas de estas personas con historias tan dispares como la de José Juan y Eufemia, la de Raúl o la de Jacobo. Sus puntos de partida son distintos pero sus lugares de encuentro son comunes: las puertas del pabellón Pancho Camurria. Allí duermen, pasan las horas, conviven, y también reciben la ayuda de asociaciones como la de Azorín, que estos días les ha hecho llegar mantas y zapatos para hacer frente a los primeros días de lluvia y frío en la capital. DIARIO DE AVISOS los visitó ayer.

José Juan y Eufemia llevan 42 años juntos, los dos últimos viviendo en la calle. Hasta hace poco tiempo durmieron en el Centro Municipal de Acogida (CMA), el albergue, pero la convivencia a la hora de pernoctar se hacía difícil, tanto que finalmente optaron para volver a la calle. El martes José Juan estuvo en urgencias. Lleva desde junio esperando para ser intervenido de una hernia. “Se supone que me habían tramitado las cosas para operarme, pero desde la UMA me dijeron que se perdieron los papeles. Por eso me llevaron ayer a Urgencias”, cuenta a este periódico. Dentro de 10 días tiene que llamar para que le informen de la fecha de la operación. Le preocupa conseguir un lugar en el que pasar la convalecencia.

Eufemia, por su parte, explica que diversos problemas familiares, en los que no quieren ahondar, fueron los que los llevaron a la calle. Tienen un hija de la que se sienten muy orgullosos, igual que del camino que han seguido hasta ahora. “Somos músicos. Hemos recorrido media Europa y ahora estamos aquí, es lo que hay”. Mientras José Juan, a sus 75 años, cobra apenas 300 euros, ella tiene que esperar a tener 65 para percibir una pensión. Los cumple en marzo. “Cuando los dos tengamos ingresos podríamos ir a una residencia”, explica Eufemia. Mientras, pasan sus días en las puertas del pabellón, protegiéndose del frío y la lluvia de estos días con mantas y con un hule que les sirve de improvisado impermeable.

Junto a José Juan y Eufemia está Raúl. A sus 44 años lleva seis meses viviendo en la calle. Al igual que sus vecinos del Pancho Camurria, no quiere ahondar demasiado en los motivos que le llevaron a la calle, solo comenta que abandonó el centro de la ONG Remar y que ahora vive en la calle. Es de Jerez de la Frontera, albañil y especialista en montar pladur, pero no tiene títulos ni carnet de conducir que le ayuden a conseguir un trabajo. Tampoco duerme en el albergue. “Me di de baja porque tuve que viajar a la Península y ahora tienes que apuntarte para dormir cada noche y es difícil conseguir una cama”, relata al DIARIO. Cuando se le pregunta si ha pensado en volver a Andalucía o qué espera hacer, dice que no lo ha pensado o prefiere no hacerlo por ahora. “Una casa”, eso es lo único que necesita.

Jacobo es otro de los improvisados vecinos del Pancho Camurria. Apenas tiene 34 años y lleva desde mayo durmiendo en la calle. “Soy de aquí (Tenerife) pero me fui a Italia a trabajar. Cuando perdí el trabajo me tuve que venir y desde entonces estoy en la calle” Cuenta que el ex ministro de Interior italiano Matteo Salvini cambió la política migratoria y le afectó de lleno. Tiene una hija cuya custodia ha cedido de forma temporal a su padre. “No podía tenerla conmigo en estas condiciones”, comenta cabizbajo. Y explica que lo más duro es que al ceder la custodia no puedo vivir en la misma casa que su hija; por eso no vive con sus padres. “Es mejor así. Lo importante es que ella esté bien”, afirma resignado. Jacobo se emociona pensando en la pequeña y pide ayuda para encontrar trabajo. Es cocinero. Ayer mismo pudo abrir una cuenta corriente y arreglar los papeles del desempleo. “Cuando pueda cobrar lo que me queda de paro podré alquilar una habitación, salir de aquí y centrarme en encontrar un trabajo”. Dice que nunca se había visto en estas condiciones. “Llevo tres días con el mismo pantalón”, lamenta. Vuelven las lágrimas. Se levanta y se aleja.

Frente a estos casos de auténtica desolación, está el de Omar, que acaba de conseguir trabajo, un año de contrato. Lleva ocho en las chabolas del Pancho Camurria. Sonríe cuando se le pregunta por la posibilidad de abandonar ese sitio. “Esa es la idea”, dice. Trabaja en el sur, se levanta a las tres de la mañana y vuelve a las cuatro de la tarde, pero está contento.

El último de los protagonistas de esta historia por hoy es otro de los habitantes de las chabolas que aún quedan en el Pancho Camurria. Tiene 58 años, aunque aparenta algunos más. Es parco en palabras y accede a enseñarnos su hogar. Cobra una pensión y tiene, aparentemente, cuanto necesita, aunque, como todos, una casa es el objetivo.

Desde la asociación de vecinos de Azorín se sigue reclamando ayuda para estas personas, “muchas están enfermas y necesitan recursos específicos”. Además demandan más presencia de los equipos de limpieza. Los alrededores del Pancho Camurria les dan la razón. “Sabemos que el nuevo equipo de gobierno no puede arreglar en cuatro meses lo que no se ha hecho en años y que están trabajando caso a caso, por eso les damos un voto de confianza”, concluyen.

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