Sesenta años después de haber dejado Tenerife, Antonio Morales Méndez visita la Isla con una perspectiva muy distinta: la de quien recorre como turista las calles de su infancia en La Cruz Santa, en Los Realejos, o las del municipio vecino, el Puerto de la Cruz, al que dejó “cuando era todo plataneras, recién comenzaban las construcciones de hoteles como el Oro Negro o el San Felipe, y el camino polvoriento hacia Martiánez se convertía en la Avenida Colón”, rememora.
Su despedida hacia Venezuela quedó marcada por la música de acordeón de Alfonso Foronda -pionero de la animación turística en la Tenerife- en el restaurante Oasis, organizada sus amigos.
A diferencia de otros emigrantes de la época, el futuro de Antonio no era incierto. Acababa de concluir su doctorado en la Universidad de La Laguna como profesor ayudante de Antonio González González, el prestigioso químico, también realejero, Premio Príncipe de Asturias en 1986, a quien considera su gran maestro. “Nunca sentí que fuera a emigrar, sino que me mudé a otro sitio por cuestión de trabajo”, afirma.
Fue el propio González quien le alertó de la apertura de una Facultad de Ciencias en la Universidad de Los Andes (ULA), en Mérida. Tras culminar una estancia en el Centro de Química Orgánica del CSIC en Madrid y apoyado por una hermana que le facilitó alojamiento al llegar, Antonio cruzó “los inmensos llanos venezolanos” para incorporarse al proyecto.
Eran años en los que la economía canaria empujaba a muchos a migrar a Venezuela, pese a que coincidió con los del auge turístico. Eran muchos los jóvenes que no podían acceder a la educación superior y por eso Morales se considera un privilegiado. Su padre, que había emigrado previamente a Cuba para reunir fondos y adquirir tierras para destinarlas a la agricultura, estaba obsesionado con darles carrera a sus hijos. En los años 30 ya alquilaba una casa en Santa Cruz para que estudiaran.
Eligió la química porque era la única carrera posible en ese momento en Canarias, pero terminó apasionándolo. “Es la ciencia que construye la molécula. Nosotros estamos vivos porque continuamente estamos provocando acciones químicas, el día que desaparezcan, nos vamos”, subraya.
En 1967 se sumó al embrión de lo que tres años más tarde sería la Facultad de Ciencias de la ULA. “Éramos dos argentinos, tres venezolanos y el único español era este canario de La Cruz Santa”, bromea. Allí contó con todo lo necesario para iniciar un trabajo de investigación en productos naturales, aplicando las herramientas aprendidas con Antonio González.
Pese a estar jubilado de la docencia desde 1994, Antonio Morales continúa vinculado al ámbito académico. Con cientos de artículos publicados, colaboraciones en comisiones editoriales, una columna en el semanario Magazine Español, e importantes reconocimientos como la Distinción Bicentenaria de la ULA (2008) o la Orden Doctor Rafael Chuecos Poggioli (2016), confiesa haberse emocionado al ver su vida plasmada en la biografía escrita por el historiador Javier Lima Estévez que se presenta mañana a las 19.30 horas en el Ayuntamiento realejero.
Un homenaje merecido para el químico que cruzó el Atlántico llevando consigo el arraigo indeleble de Canarias y de La Cruz Santa.







