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Cuando la Covid-19 no es lo peor que puede pasarte

Ana Viña es voluntaria en el comedor social de La Milagrosa y se ha convertido en la compañía, pero también en la voz, de aquellos a los que la pandemia los ha convertido en invisibles
Ana Viña, durante la entrevista con DIARIO DE AVISOS. / Fran Pallero

Alberto (nombre ficticio) falleció hace unos días a consecuencia de un cáncer. Vivía solo, en una pensión. Podría haber muerto en soledad pero no fue así. Ana lo acompañó. Le llevaba comida todos los días y pudo comprobar como su estado de salud se iba deteriorando. Cuando el empeoramiento fue más que evidente llamó a urgencias y llevaron a Alberto al hospital. Allí falleció días después. Aunque sea un final muy triste, para esta voluntaria del Comedor Social de La Milagrosa, el de Alberto es un caso de éxito. “Si no hubiéramos estado ayudándolo en su soledad y su enfermedad podría haber muerto solo, sin que nadie lo acompañara”, explica esta educadora social y auxiliar de enfermería que, en plena pandemia, decidió responder al llamamiento del comedor social de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul para llevar comida a los usuarios que, debido a las restricciones de movilidad, no podían acudir cada día a buscar su comida.

Su nombre completo es Ana Viña. Lo lleva todo anotado en un pequeña libreta. Lo hace así para acordarse de los detalles de cada usuario al que ayuda, “es que soy un desastre con la memoria”, reconoce con un sonrisa que se atisba tras la mascarilla. Son datos, pero, sobre todo, son historias de vida que la pandemia de coronavirus está dejando a su paso.

“En un principio las necesidades eran las de llevar alimento diario a las personas a sus casas. También había que valorar en algunos casos si eran capaces de hacerse la comida y no tener que ir todos los días, si no llevarles una compra al menos una vez por semana”, explica.

Es en ese trabajo en el que Ana ha ido conociendo las múltiples caras de la exclusión que la Covid-19 va dejando a su paso. “Hay usuarios que se han deteriorado bastante con el confinamiento, que en el comedor los conocían siendo capaces, y que después dejaron de serlo. También hay personas que se han enfermado y no han sido capaces de autocuidarse, y algunos más, por ejemplo, no viven en un sitio en el que puedan cocinar para ellos mismos”.

El del Alberto era uno de estos últimos. “Era un señor que vivía en una pensión. Él bajaba todos los días al comedor, y luego ya no pudo. No era muy mayor (65 años) pero estaba muy deteriorado y empezó a empeorar. Vivía en muy malas condiciones. Cuando se puso muy malito, contacté con el centro de salud y les expliqué que no se ponía de pie, que no comía… Se valoró y fue una ambulancia a buscarlo. Lo ingresaron y murió tres días después”. Ana aclara que no fue la Covid-19 la causa de su fallecimiento. “Son realidades que estaban ahí, pero que con la actual situación se han ido agravando”.

Realidades como la de otro de sus casos de éxito como ella los llama. El de un joven grancanario al que el confinamiento lo cogió en Tenerife donde se quedó sin ingresos y sin poder volver a casa. “Él tenía trabajo en la construcción y un pasaje comprado para viajar a Bruselas cuando finalizara lo que estaba haciendo aquí. Con el estado de alarma se quedó sin trabajo. Cero ingresos y cero alimento”, cuenta la voluntaria. Cuando no pudo más acudió al Centro de Salud de Taco a pedir ayuda. “Cuando fue, era su cuarto día sin comer” detalla Ana. “Allí -continúa- me conocían porque he ayudado a otras personas. Hablé con Belén (la trabajadora social del comedor La Milagrosa), y ese mismo día comió”. En el caso de este joven, más allá del alimento, lo que realmente necesitaba era irse a su casa. “Le ayudamos a gestionar la ayuda de desempleo y le compramos su pasaje. Ahora está en Las Palmas y nos han llamado para darnos las gracias”, detalla con una sonrisa que se adivina.

Cuenta que intentan personalizar cada caso. “Cuando la persona es autónoma ya no necesitas seguirla en su camino, pero cuando están en una situación de vulnerabilidad, en la que tienen que ir de un sitio a otro explicando su situación, una persona que esté a su lado le puede facilitar mucho las cosas y evitar que acaben perdiéndose en el sistema”, añade.

Ana vuelve a mirar su libreta. “Ahora estoy trabajando con un señor que vive en un coche” cuenta con total normalidad. “Salió del hospital y no tenía dónde quedarse. Rechazó ir al albergue y prefirió vivir en su coche”, explica. El trabajo de Ana, y también el de la trabajadora social de La Milagrosa, es el de evaluar su situación y buscar alguna forma de ayudarlo. “Es un paciente con EPOC, lo que lo convierte en un persona de riesgo en esta pandemia. No tiene nada de nada, excepto su coche. Le llevamos comida a diario y le hemos gestionado una prestación que ya ha empezado a cobrar. Ahora, el paso siguiente es buscarle una plaza en algún recurso, pero para eso él también tiene que comprometerse y poner de su parte”, detalla.

Cuando se le pregunta a Ana si no teme el contagio al trabajar con población de riesgo, pone cara de incredulidad y responde, “No. Soy sanitaria, llevo 20 años en esta profesión. Asumo que tengo que tener una protección para acercarme a ellos, pero no me planteo dejar de ayudar a la gente por esto. Para mi es algo natural”.

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