memorias

De Chaves a Chávez

Nunca dos nombres parecidos dieron lugar a circunstancias tan distintas
Andrés Chaves con el presidente Hugo Chávez, en caracas. DA
Andrés Chaves con el presidente Hugo Chávez, en caracas. DA
Andrés Chaves con el presidente Hugo Chávez, en caracas. DA

Tres veces he estado en la localidad fronteriza portuguesa de Chaves, muy cerca del pueblo español de Verín, en Orense. Las tres veces he visto el Chaves histórico y hermoso de siempre, pero ahora falta algo. Antañazo, Chaves era un lugar en donde todo el mundo compraba barato, desde muebles a toallas. Compras de frontera las llamaba yo. Incluso me traje una vez un reloj, muy bonito, de hierro colado, que conservo, pero que nunca funcionó. Es culpa mía, un día lo arreglaré. También compré un arcón de madera, que facturé en Iberia ante el terror del hombre del mostrador, que me envió a la sección de equipajes especiales. Llegó perfectamente y, además, lleno de otras compras.

Bueno, pues Chaves es parte de mi apellido, que es un topónimo. El primer Chaves, oriundo de aquel lugar, vino a Canarias tras la conquista, según el historiador Juan Régulo (reflejado en el Nobiliario de Canarias) y casó con Catalina Hernández de Tacoronte, nombres y apellidos con los que se cristianó a una de las hijas de Bencomo, acaso el más poderoso y prudente de los menceyes guanches. También lo recoge en una de sus obras más recientes el antropólogo y profesor Francisco García-Talavera, con el que hablé el sábado para que me ampliara su visión genealógica de mi apellido, su relación indudable con el pueblo aborigen y su mestizaje con el portugués.

Mis visitas a Chaves, un pueblo anclado en el pasado, con un castillo medieval bien conservado, biblioteca, algunos museos pequeños, unos lavaderos y puente romanos y un jamón estupendo, han sido espaciadas en el tiempo. La primera vez hace como treinta años. La segunda como veinte y la tercera hace tres años, durante un viaje a Galicia. Chaves queda lejos de todo, tiene equipo en la Primera División portuguesa y un cuartel muy grande, que no sé si habrá disminuido de tamaño y de dotación desde que no existen fronteras entre España y Portugal.

Los accesos han cambiado mucho: antes se llegaba desde Verín por una carretera recta, llena de negocios a ambos lados de la vía. Todo eso ha desaparecido. Ahora se llega a Chaves desde Verín por autopista de reciente construcción, impersonal y rápida. Y cuando arribo al pueblo solo puedo comprar un montón de cosas relacionadas con mi apellido y con el mismo escudo heráldico de la ciudad: jarrones de cerámica portuguesa, ceniceros también de cerámica y objetos que imitan a los del pasado, igualmente adornados con el escudo de la Villa de Chaves.

Existen varias placitas recoletas en el centro. Una de ellas alberga una imponente estatua del primer duque de Braganza (don Alfonso, 1371-1461), que vivió, como ven, mucho y fundó una de las principales dinastías de la nobleza portuguesa. Fue un benefactor de la Villa de Chaves, no es que haya nacido allí, porque en Chaves no ha nacido casi nadie que fuera ilustre.

Y en Chaves es fácil aparcar, no hay guardias multones y las tiendas son modestas y animadas. Y ya digo que se come un jamón estupendo. Mi hija Cristina estuvo allí con su novio hace un par de años, pero no guarda buen recuerdo de la visita. Se ahogó y tuvo Nacho que aplicarle la maniobra de Heimlich porque se atragantó con una ensalada. Finalmente todo salió bien. Creo que siguió comiéndose la ensalada. No le va Galicia ni sus alrededores porque en Santiago se intoxicó con una ostra. La próxima vez deberá tirar para Asturias.

Lo más significativo de este bonito pueblo portugués es el castillo de San Esteban, situado en el centro del pueblo, pero con vistas a la campiña. En esas tierras tenía las suyas el primer Chaves que vino a Canarias. La ciudad tiene hoy 40.000 habitantes y los romanos la llamaron Aquae Flaviae. Trajano construyó un puente que aún sigue en pie, precioso e iluminado de noche, sobre el río Támega. Hay unos lavaderos, de esa época, muy bien conservados que yo creo que aún se usan.

Ante el Ritz de la Plaza Vendome, en París. DA
Ante el Ritz de la Plaza Vendome, en París. DA

Cada vez que voy a Chaves me gusta más el lugar, que en invierno es frío, pero en verano hace una calufa notable. Mi última visita fue en verano. Estuve en la biblioteca, muy interesante, pero mis visitas han sido muy cortas, sin espacio para investigar sobre mis orígenes. No hay hoteles de calidad, solo alguno de paso, aunque Verín tiene un parador de turismo situado, si mal no recuerdo, en un viejo castillo. Una vez me encontré allí a mi amigo José Emilio García Gómez, ex alcalde de Santa Cruz, y a su mujer, Pilar, en la noche de los tiempos.

Dejo Chaves y me voy a ver a Chávez. Gracias a Paco Aznar conocí al caudillo venezolano. Nos recibió en La Casona, la residencia-habitación presidencial, cercana al palacio de Miraflores y a Fuerte Tiuna. En Miraflores está el despacho del presidente. Fue extremadamente cordial. Era nada más y nada menos que aquel Chaves romántico de la primera época, de quien hizo tantos elogios Gabriel García Márquez en un famoso escrito inspirado en la conversación mantenida por ambos durante un viaje de avión entre La Habana y Caracas. Hugo Rafael Chávez Frías era un tipo simpático, carismático y encantador de serpientes que luego se echó a perder, como todo el mundo sabe. Y lo echaron a perder entre su enfermedad y el consiguiente deterioro provocado por ella en su cabeza y su amigo Fidel Castro, al que adoraba.

Total, que yo me había ido a Caracas con ropa ligera, sin traje. Dirigía por entonces La Gaceta de Canarias. Era el año 1999 o 2000, no recuerdo bien. Hace ya 20 años. Pregunté qué debía llevar puesto y me dijeron que un flu, que en Venezuela es una chaqueta. Menos mal que tenía la tarjeta de crédito del periódico. Fui a Clement, el sastre del hotel Tamanaco que le hacía los trajes al elegante Mauricio Gómez-Leal y a media Caracas pija, y me hice un traje gris en 24 horas, que solo me puse en esa ocasión y que conservo, que le costó 1.000 dólares a La Gaceta; y eso con la rebaja que le hacía el sastre a Mauricio.

Cuando apareció Chávez a la entrevista, a la que también asistieron Trino Garriga, que hizo las fotos; Rodrigo Frade, a la sazón vice-consejero del Gobierno de Canarias; Paco Aznar, entonces igualmente vice-consejero de Acción Exterior; y el general Arévalo Méndez, que era el primer edecán y secretario del presidente, pues el cabrito de Chávez vestía un chándal horroroso, con los colores de Venezuela.

Maldije los mil euros que le gasté al periódico con mi traje, pero la verdad es que le sacamos mucho jugo informativo a aquel encuentro en varias ediciones. Era un Hugo Chaves simpático, ocurrente, dicharachero. Me dijo: “Deja el hotel y te vienes aquí, yo te invito”. Y pensé: “Leche, si lo vienen a matar, me matan a mí de camino; deja quedarme donde estoy”. Me alojaba en el Meliá Caracas, junto a Sabana Grande, que en esa época era un hotelazo, no sé qué tal estará ahora con Maburro en el poder.

Vaya error de Chávez confiar su liderazgo y su legado popular a este asno integral, según los americanos un narco de bulto como lo es Diosdado Cabello y toda aquella cuerda de desalmados. Conocí a otro Diosdado en mi vida, un tipo muy cojo, compañero de colegio mayor, un auténtico hijoputa, que era tan odiado por el resto de estudiantes que tras un terremoto que azotó Sevilla en los sesenta nadie lo ayudó a salir a la calle, sino que lo dejaron tirado en un pasillo, a ver si se le caía encima el edificio. Se salvó el puñetero, pero estuvo los tres meses siguientes durmiendo en el hall, por miedo a que repitiera el sismo y se quedara engangado en las escaleras y sin ayuda de nadie.

El otro día, veinte años después del encuentro con Chávez, recolocando mi ropa en los armarios, aparecieron en uno de los bolsillos del traje varias notas con apuntes que tomé del encuentro. Chávez nos enseñó un extraño mineral extraído de una zona selvática que iba a ser clave en la fabricación de los teléfonos móviles del futuro. “Este país es una caja de sorpresas”, nos dijo. Fue un encuentro muy agradable, la verdad, aunque yo después perdí toda sintonía con el personaje.

Y de ahí a París, pero retrocediendo en el tiempo. Tras la muerte de lady Di, en 1997, la empresa Maya, y más concretamente mi amigo Kumar T. Bharwani, nos invitó a Versalles a conocer la fabricación en serie para Europa de la primera Olympus digital, una cámara que naturalmente conservo. Yo fui con un equipo de Azul Televisión, que entonces me parece que dirigía su fundador, Manolo Artiles, afortunadamente muy recuperado de su reciente ACV. Hicimos un reportaje, iniciado en la plaza Vendome, del recorrido que hizo lady Di, desde ahí al Puente del Alma, donde falleció al estrellarse su coche, perseguido por los paparazzi. Murieron ella y su novio, Dodi Al Fayed. Y su chófer.

Cuando estábamos grabando en la plaza, con el Ritz de París –propiedad del padre de Dodi— de fondo, dos matones armados salieron como escopetas del hotel y con muy mala leche nos echaron del lugar. No querían que se informara de aquellos hechos; desde luego era una tarea baldía, pues no creo que se haya informado con tanto afán de cualquier noticia ocurrida en el mundo. Pero a nosotros nos tocó.

Estuve a punto de llamar a la policía, pero como los franceses son tan suyos, y los parisinos más, dejamos la fiesta en paz. Pero vaya que si grabamos el hotel. Yo me metí con una cámara pequeña en el hall y en los lugares en donde lady Di solía estar con su amante y lo grabé absolutamente todo, incluido el bar en donde se había tomado varias copas el guardaespaldas y chófer, también fallecido. Creo que montamos un reportaje con aquellas imágenes, ya no recuerdo bien. Ni sé dónde pueden estar.

En fin, qué les digo a ustedes. Nuevos recuerdos para un nuevo lunes de confinamiento, aunque algo atenuado, lo cual se agradece. No he hecho uso de la prerrogativa del paseo del sábado, aunque sí lo haré hoy domingo, madrugada en que escribo. Quizá sufra el llamado síndrome de la cabaña. Ya lo saben ustedes: uno se aficiona al calor del hogar y le cuesta salir. Dicen que este síndrome, aún no aceptado por los psicólogos, nace en las zonas montañosas de mucho frío. Se está tan bien dentro de las casas en los crudos inviernos que uno se resiste a abandonarlas. Sobre todo si, como yo, dispongo de buenos libros y de una nevera aceptablemente nutrida. Aunque me da que este mes no llegaré al final con el mismo optimismo.

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