CLAVES PARA SER BRILLANTE

La verdad sobre la mentira

La verdad y la mentira son caras de la misma moneda. El engaño es muy tentador. Nos seduce para disfrazar la realidad, ocultar inseguridades, enmascarar carencias, impresionar a otros, ganar confianza o manipular según nuestros intereses

La verdad sobre la mentira

Podemos asumir que convivimos con el hecho de que la mentira está presente en una buena parte de nuestra vida, o bien, creer que tan solo representa un porcentaje anecdótico de nuestra comunicación interpersonal. Pero lo cierto es que el engaño forma parte de la naturaleza humana desde tiempos ancestrales, y que demonizarla o justificarla no hace más que evidenciar su omnipresente existencia como parte de nuestras conductas habituales.
La verdad y la mentira son caras de la misma moneda. El engaño es muy tentador. Nos seduce para disfrazar la realidad, ocultar inseguridades, enmascarar carencias, impresionar a otros, ganar confianza o manipular según nuestros intereses. Pero también lo empleamos para protegernos o proteger a los demás, para facilitar las relaciones, agradar a los demás, ser aceptados, salvaguardar la intimidad o simplemente por cortesía.
Pueden ser grandes o pequeñas, cobardes o arriesgadas, descaradas o prudentes, piadosas o malvadas, pero para la mayoría de las personas las mentiras no gozan de una gran reputación, considerándolas como una transgresión moral, una infracción a las normas sociales e incluso un pecado desde los preceptos de muchas religiones. Al menos en teoría.

¿VÍCTIMA O VERDUGO?
De alguna manera, todos somos víctimas y verdugos. Para empezar, el autoengaño es la forma más íntima de relacionarnos con la mentira. Idealizamos a personas, fantaseamos con relaciones idílicas o nos creamos un mundo de ilusiones para encajar o eludir la cruda realidad que nos rodea. Algo que tiene efectos catastróficos en nuestra autoestima y autoconfianza. Una burbuja que, más pronto que tarde, acaba desvaneciéndose y dejando un vacío desolador del que ya nos advertía Nietzsche, uno de los filósofos más brillantes de la historia y autor de la obra Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, cuando decía que la mentira más devastadora es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo.
Pero, además, la historia de la humanidad está impregnada de grandes mentiras que han influido en la política, la ciencia, la cultura, la sociedad o la educación. Solo hace falta echarle un vistazo a nuestro alrededor para tomar consciencia de como la mentira se esconde tras grandes escándalos, guerras, rupturas y conflictos. Pero no todas son iguales, ni tienen las mismas consecuencias. Las más dañinas son aquellas que, de forma intencionada, persiguen la satisfacción o el beneficio propio sin importar el daño físico, moral o emocional que causan. Sin embargo, el mecanismo de la mentira no es perfecto. Hacerlo con cierta pericia requiere de un esfuerzo mental y físico extraordinario, por supuesto dependiendo de su grado de complejidad.
Aunque por un lado resulta extremadamente difícil determinar con certeza si alguien miente, ya que es necesario un análisis minucioso de determinadas variables en las que debemos tener en cuenta aspectos como el contexto en el que ocurre, la ciencia ha demostrado que existen filtraciones inconscientes que encuentran su vía de escape a través de las expresiones faciales, el lenguaje corporal y determinados indicadores en la narrativa de un sujeto. Las vaguedades, las ambigüedades, los detalles inusuales, la falta de espontaneidad, el discurso breve o las pausas prolongadas pueden ser señales de que algo no anda bien.

SEÑALES DELATORAS
Durante décadas, la fascinación por la psicología de la mentira a llevado a numerosos científicos como Rosenthal, DePaulo o Zuckerman, a estudiar e identificar los cuatro grandes grupos de indicadores que pueden revelarnos que alguien no está siendo del todo sincero.
Entre las más relevantes estaría la activación psicofisiológica, como por ejemplo el aumento de la transpiración, la aceleración del ritmo cardiaco, la dilatación de las pupilas, las alteraciones en el movimiento corporal o la agudización del tono de voz. También, el hecho de experimentar determinadas emociones como la vergüenza, la culpa o el miedo a ser descubiertos, con expresiones faciales y gestos propios de esta emocionalidad, pueden darnos pistas acerca de la franqueza de una persona. Además, hay que tener en cuenta que la dificultad para crear y sostener el engaño provocará el incremento de la carga cognitiva, que se traduce en un sobreesfuerzo para el cerebro: argumentar la mentira, memorizarla, darle coherencia, detalles, temporalización, etc. Así como el intento por controlar la conducta, tratando de inhibir la expresión facial y los gestos que pudieran delatar incoherencias.
El precio de la autenticidad está en alza en un mundo donde aparentar, fingir o enmascarar la realidad nos convierte en buscadores de verdades. Algo que, por cierto, se nos da mucho mejor en este apasionante mundo de la conducta humana.

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