relatos de verano

Pedrín era conocido como pocos en el Santa Cruz de los 70: todos se metían con él

¿Quién era Pedrín? De origen no conocido –se sabe poco sobre su vida-era pequeño de estatura y con una cabecita muy chiquita

Cuenta Caco Senante, en un documentado artículo sobre Pedrín, que cuando se celebraban sesiones de cine al aire libre en la plaza de toros de Santa Cruz, proyectaban en cierta ocasión una película mexicana, de esas de cuernos y lágrimas.

En un momento dado del film, la chica confesó que estaba embarazada, ante la desesperación de su padre, un rico hacendado, quien dando vueltas en la habitación preguntaba, a grito pelado: “¿Quién fue, quién fue?”. En esto que una voz de la última fila rompe la tirantez del momento, al grito de: “¡Fue Pedrín, fue Pedrín, papá!”.

La carcajada sonó en toda la plaza, pero ahí no queda la cosa, porque cuando cesaron las risas se escuchó otro grito, dirigido esta vez al gracioso:

“¡Hijo Tuta, yo no fui!”. Y es que Pedrín también asistía a la proyección y se sintió ofendido.

¿Quién era Pedrín? De origen no conocido –se sabe poco sobre su vida-era pequeño de estatura y con una cabecita muy chiquita. En un momento dado se convirtió en personaje de las calles de Santa cruz, como también lo fueron Venanceo, el Papito, la Heidi, Cambray Zamorano, Manolito el Arroz y otros tantos.

El director italiano Máximo Alviani, que rodó en Candelaria la película El reflejo del alma (1957), incluyó a Pedrín en el reparto. A partir de ahí, nuestro personaje se creyó actor y cada día iba al cine Víctor para ver la película, hasta que los porteros se mosquearon y le prohibieron el paso.

Ante esta medida de fuerza, Pedrín preguntó en la taquilla: “Ah, ¿pero es que los actores también pagamos?”.

Su ocupación preferida era plantarse ante las parejas de novios que se solazaban en el parque García Sanabria. Se ponía a mirarlas en el banco de enfrente, no con otro objetivo que le dieran una peseta; y entonces se mandaba a mudar. “Una yuya”, decía. Recibía el óbolo y se marchaba.

Yo lo conocí en el año 70, cuando él acudía cada día a una conocida charcutería de la calle Viera y Clavijo, donde todos íbamos a comernos los bocatas de tortilla. Trabajaba yo en La Tarde entonces. Llegaba Pedrín, calladito, hasta las chicas que pedían el bocadillo en la barra, les pellizcaba el culo y salía corriendo, dándoles un susto de muerte. Cuando ellas se daban cuenta de quién había sido hasta sonreían. Sabían que no tenía remedio. Aunque alguna salía corriendo detrás del confianzudo para darle en la cabeza con el bolso.

Un día Pedrín desapareció, supongo que para morirse, aunque tampoco sé si tenía familia o si vivía acogido en la casa de alguien o si dormía en la calle. Se conservan muy pocas fotos suyas, una de las cuales hemos podido rescatar gracias a la colaboración de mi compañero y amigo Arturo Trujillo, que la consiguió no sé dónde.

¿Qué le aportó Pedrín a la historia de Santa Cruz? Absolutamente nada, pero era un personaje popular como pocos, todo el mundo se metía con él y hasta se popularizó el dicho, cuando alguien soltaba alguna patujada: “No me seas Pedrín”. Todavía puede escucharse.

Por cierto, en la citada película de Máximo Alviani actuó también Tom Hernández, un actor portuense que siempre hacía de malo en películas de Hollywood. Se encontraba de vacaciones en la isla en aquel año de 1957 y Alviani lo contrató para que participara en el film. Tom era sobrino de don Benito el zapatero, marchó a América, se instaló en Hollywood y triunfó como actor secundario, salpicando sus actuaciones con algún papel de protagonista.

Cuando en el cine Topham, o en el Olympia, las dos salas que existían en el Puerto de la Cruz, se proyectaba una película de Tom Hernández, inevitablemente muerto por el bueno, se producía un ensordecedor pataleo en el cine, la gente protestando porque se hubieran cargado de mala manera a un hijo del Puerto de la Cruz. Por cierto, aquí no tiene ni una triste calle.

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