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Virginia, psicóloga canaria en una cárcel de Nueva York: “En parte, todos somos responsables”

“Creo en la reinserción, la veo cada día, pero depende de apoyos sociales”, cuenta la directora clínica del Departamento de Salud Mental de las cárceles de Nueva York

Por Cristina Gómez (El Español)

Para gran parte de la población, las cárceles son lugares habitados por las peores personas de la sociedad. Espacios que nunca querrían pisar llenos de amargura y violencia. Sin embargo, para Virginia Barber (Lanzarote, 1976) son mucho más que eso y albergan “mucha más humanidad de lo que se pueda pensar”. Como doctora en Psicología Clínica y Forense, lleva más de 15 años tratando con presos y conociendo lo más profundo de sus mentes, vivencias y emociones, que les han llevado a cometer crímenes y perder la libertad.

“La mayoría de las personas encarceladas no son malvadas. Para la gente que nunca ha trabajado dentro de las cárceles es difícil de entender o de imaginárselo, pero realmente la gran mayoría de las personas encarceladas son también víctimas de la sociedad. Víctimas de la marginación social y el maltrato infantil, de desigualdades, traumas, enfermedades mentales… No son diferentes de ti o de mí, sino simplemente han tenido otras circunstancias vitales. Son personas que encerramos en la cárcel y ya no nos preocupamos por ellas, pero que realmente son una parte de nuestra sociedad. Somos responsables también de los delitos que cometen en cierta manera”, explica a MagasIN desde su casa en Nueva York.

Virginia Barber llegó a la Gran Manzana después de terminar la carrera de Psicología para “aprender inglés y conocer una ciudad que siempre me había intrigado”. Una vez allí, acudió de oyente a una clase de introducción a la Psicología Forense en la Universidad de Nueva York y descubrió que eso era a lo que se quería dedicar.

“Siempre me gustó el Derecho, incluso me debatí entre esta disciplina y Psicología cuando estaba decidiendo qué estudiar. La psicología forense me pareció la manera perfecta de combinar estos dos intereses. Después de estudiar inglés unos meses, empecé un máster de dos años en Psicología Forense y luego un doctorado de cinco años en Psicología Clínica y Forense”. Tal y como explica Virginia, la psicología forense, en España llamada psicología jurídica se considera una subdisciplina de la psicología que se aplica al derecho para ayudar a juristas a resolver problemas legales o para la clasificación, tratamiento y gestión de internos en instituciones penitenciarias (psicología penitenciaria). “Otros ámbitos de intervención de la psicología jurídica incluyen a la psicología policial o la psicología del testimonio/jurado”, añade.

Por esa razón, desde que llegó a Nueva York Virginia siempre ha trabajado con personas “envueltas en el sistema jurídico y penitenciario”. Realizó su residencia en el Hospital Bellevue, donde llevan a las personas que están en la cárcel de Nueva York (Rikers Island) que están experimentando síntomas psiquiátricos agudos; hizo rotaciones en un hospital psiquiátrico penitenciario, donde trabajó con personas inimputables -aquellas que han cometido un delito como consecuencia directa de una enfermedad mental y, por lo tanto, no pueden ser imputados-; y, al terminar el doctorado, fue directora en varios programas de alternativa a la privación de libertad y juzgados de salud mental y violencia doméstica, donde desarrollaba planes de tratamiento como alternativa a la encarcelación.

La cárcel de Rikers Island

Desde 2016 es directora clínica del Departamento de Salud Mental de las cárceles de Nueva York y básicamente gestiona al equipo de profesionales que tratan a los internos de la famosa cárcel de Rikers Island. Cada día, Virginia llega en coche a la isla y atraviesa todas las barreras de esta cárcel de máxima seguridad para llegar a su despacho. Una cárcel con mucha historia y también mucha leyenda. Creada en los años 30 del siglo pasado, por ella han pasado presos como el rapero Tupac Shakur; el músico de la banda Sex Pistols, Sid Vicious; Mark David Chapman, el asesino de John Lennon o, más recientemente, el productor de cine Harvey Weinstein.

Conocida como “el Guantánamo de Nueva York”, Virginia la visitó por primera vez hace más de 15 años para “visitar a un hombre con una enfermedad mental que participaba en uno de los juzgados de salud mental en los que trabajaba”. Aunque ahora forma parte de su rutina, en ese momento asegura que le sorprendió “todo”. “Principalmente la sensación de falta de libertad, algo que puede parecer obvio pero que es una sensación que se entiende de manera más visceral cuando pasas algo de tiempo en una institución penitenciaria de máxima seguridad”.

Aunque no está del todo de acuerdo con esos calificativos que recibe la cárcel por parte de la prensa, sí que admite que “es una cárcel dura”. “Esta ciudad es también muy peliculera y se tiende a exagerar todo mucho. Yo creo que es algo que también ha ocurrido respecto a esta cárcel. Dicho esto, desde luego es una cárcel que se construyó hace mucho, cuando no había un pensamiento muy rehabilitador. Arquitectónicamente no tiene mucha luz, no tiene muchas ventanas, es muy vieja… Entonces claro, comparada con otras, hay algo de cierto. Además, es una cárcel que en general tiene muchos presos, es de las 3 cárceles más grandes del país junto con la de Los Ángeles y de Chicago. En los años 90 había 25.000 internos, que es una barbaridad, y ahora mismo hay 6.000. Imagínate antes la misma cárcel con esta misma estructura con 25.000 personas”.

Por esa razón, ha habido periodos de mucha violencia dentro de la cárcel, así como suicidios, uno de los principales problemas que Virginia y su equipo -actualmente de 250 personas- tienen que atajar. “En 4 años no tuvimos ningún suicidio, es el récord en la historia de la cárcel, o sea, que también hay cosas que se consiguen, hay gente haciendo muy bien el trabajo. Ahora estamos en un momento malo y las autolesiones han subido, pero es verdad que también tiene que ver con el estrés que ha causado la pandemia”.

Más allá del delito

Con todos estos años de experiencia, Virginia ha visto cientos de casos diferentes y sigue creyendo rotundamente en la reinserción. “No estaría trabajando en esto si no creyera que las personas se pueden reinsertar, lo veo día a día. Por supuesto, no todas lo consiguen, pero si tuviéramos los recursos adecuados, la mayoría lo harían”. Esa firme creencia le ha llevado, no solo a continuar con su trabajo, sino también a emprender una labor de divulgación y enseñanza sobre las cárceles y la psicología forense. En su libro Más allá del bien y del mal (Debate, 2019) narra sus experiencias y reflexiones para que todos nos acerquemos más a esta otra realidad que generalmente ignoramos. “Es fácil ignorar a un grupo de personas que están encerradas y no participan activamente en la sociedad”, dice.

Por un lado, hay que tener en cuenta la distinción que se hace en EE.UU. entre cárcel y prisión. “Las cárceles son donde se ingresa a los internos preventivos y a aquellos que están cumpliendo sentencias de hasta un año. Una vez que se condena a alguien a un periodo de privación de libertad de más de un año, se les traslada a una prisión, donde cumplen sentencia. Rikers Island es una cárcel y, por lo tanto, casi todos los internos son preventivos y presuntamente inocentes”. En este sentido, afirma Virginia, “la gran mayoría de nuestros pacientes, más de la mitad, no van a prisión, sino que vuelven a la comunidad”. Así, cuando tiene que evaluar a un interno o tratarle, siempre intenta “no juzgarle por el delito que haya cometido”. “Esto no quiere decir que a veces no sea difícil y que no haya delitos que causen mucha reacción, pero suelo ver el expediente de la persona para tener un poco la idea del delito y cuál es su historial de tratamiento: cuántas veces les han arrestado anteriormente, si tienen comportamiento violento… Les intento tratar como a cualquier otro ser humano e ir un poco más allá, como el título de mi libro. Ir más allá e intentar ver quién es el ser humano que está detrás de ese delito. A veces cuando entiendo las circunstancias que les llevaron a eso desarrollo más empatía y otras me da una reacción de rechazo. No siento esa empatía por todos los internos de manera similar”.

A Virginia también le ha tocado tratar con internos que han cometido delitos de naturaleza sexual o incluso relacionados con niños, una clase de crímenes que generan un gran rechazo social. Sin embargo, incluso en esos terribles casos los presos pueden reinsertarse. “Sabemos que la mayoría de los delincuentes sexuales se rehabilitan, es decir, que no vuelven a delinquir una vez que salen de prisión. Pero es que hay muy poca investigación sobre tratamientos específicos, y la que hay suele tener muestras pequeñas y resultados que no se han replicado”, manifiesta.

No perder la humanidad

Pese a que puede sorprender esa humanidad que puede existir en una cárcel, Virginia reconoce que alguna vez ha pasado miedo. Eso sí, “no han sido muchas”. “Por ejemplo, cuando he visto a algún interno agredir a otro o cuando en mitad de una evaluación alguno ha manifestado un comportamiento agresivo. Hace años, mientras evaluaba a un paciente con trastorno Bipolar, me agredió un interno que entró en la habitación sin que me diera cuenta. Me dio en la cabeza con una silla y me tiró al suelo. Sin embargo, el paciente con trastorno Bipolar se levantó, se puso en medio e impidió que me golpearan una segunda vez”, recuerda.

También ha tenido que soportar algunos “comentarios sexuales inapropiados” por parte de algunos internos, “algo por lo que los hombres no tienen que pasar”. No es la única desigualdad que ha vivido y es que “a mí personalmente, al ser mujer me ha costado más acceder a puestos de liderazgo”. Ahora, además de dirigir el Departamento de Salud Mental de las cárceles de Nueva York, también es profesora en el máster de Psicología Forense de la Universidad de Nueva York.

No solo conseguir puestos de liderazgo ha sido difícil, también aprender a gestionar su vida personal con su trabajo, que le ha llegado a afectar emocionalmente. “Mi trabajo, no solo en la cárcel, sino como psicóloga forense en general, me ha afectado emocional y psicológicamente. He ido a terapia muy a menudo para ayudarme a gestionar y sobre todo encontrar un equilibrio y entender que hay muchas cosas que no controlo, que lo que puedo hacer tiene un límite”, explica.

“También, como cuento en un capítulo de mi libro, tienes que tener la suficiente empatía con las personas con las que trabajas y no desensibilizarte porque entonces te deshumanizas y eso hace que no puedas ayudar. Por otro lado, un exceso de empatía lo que hace es que te quema y así tampoco puedes hacer tu trabajo de manera eficaz”. Además de la ayuda de profesionales, supervisores y colegas con los que puede hablar cuando siente que ese difícil equilibrio se le está yendo de las manos, Virginia también recurre a sus hobbies para desconectar. “Intento hacer cosas de fuera del trabajo que me ayudan al descargar estrés como salir a correr, hacer yoga o irme a Lanzarote un par de semanas y estar allí con mi familia”, indica.

Más recursos

Aun con todo, Virginia no se plantea dejar de luchar por la recuperación de los internos y aboga por una mayor inversión en investigación y tratamientos. Si se lograse, afirma, podría aumentar mucho el nivel de reinserción de los internos y, así, mejorar la sociedad. “No se invierte lo suficiente en la reinserción social, eso es un factor objetivo si lo comparas por ejemplo con la investigación contra el cáncer o la diabetes. No hay ni punto de comparación”.

Otro factor a tener en cuenta: el personal. Ella cuenta ahora con un gran equipo de profesionales, pero en otros centros penitenciarios “tienes dos o tres psicólogos, con suerte”. “Con algún psiquiatra que he hablado me decía que a lo mejor tienen 10 minutos para hablar con los internos porque no tienen tiempo. La realidad es que no hay recursos suficientes y cuando no hay recursos suficientes no se puede ir a la conclusión de que las personas no se rehabilitan. Sería como abrir un hospital, no poner suficientes médicos y decir que la gente no se cura”, defiende.