conversaciones en los limoneros

Antonio Salgado: “Yo vi ponerse blanco a José Legrá, a bordo de una avioneta”

Yo sostengo que Antonio Salgado Pérez (nacido en La Palma, hace 83 años) ha sido el mejor cronista de boxeo de España, junto a Fernando Vadillo, Manuel Alcántara y Julio César Iglesias. Cuando se lo digo, y se lo digo siempre, me dice que Vadillo fue su maestro. Y en realidad lo fue, pero aprendió de muchos. En tantas ocasiones sus crónicas eran poesía y a lo mejor no es fácil hacer poesía del boxeo.

Yo sostengo que Antonio Salgado Pérez (nacido en La Palma, hace 83 años) ha sido el mejor cronista de boxeo de España, junto a Fernando Vadillo, Manuel Alcántara y Julio César Iglesias. Cuando se lo digo, y se lo digo siempre, me dice que Vadillo fue su maestro. Y en realidad lo fue, pero aprendió de muchos. En tantas ocasiones sus crónicas eran poesía y a lo mejor no es fácil hacer poesía del boxeo. Pero Antonio va a negar siempre que no haya poesía en este deporte. De hecho, Manuel Alcántara, uno de sus mejores cronistas, fue también uno de los grandes de la poesía española contemporánea (fallecido en 2019). Antonio Salgado, cuyo padre era gallego, se rebela contra esas crónicas de sucesos que llaman ancianos a personas de setenta y pico años: “Es que hoy alguien de esa edad es joven, porque las edades han cambiado y sus definiciones también deben cambiar”. Ha escrito varios libros y no sólo de boxeo: una historia –prehistoria- de la electricidad en Canarias; la historia de la Escuela de Comercio de Santa Cruz de Tenerife, que me entrega, dedicada; la biografía de Juan Albornoz, Sombrita, uno de los más grandes boxeadores nacidos en Canarias. Y centenares de crónicas de los mejores combates librados por nuestros púgiles a lo largo de tantos años. Al final de la charla nos acompañan su mujer, Luisa, su primer fan, y la única hija del matrimonio, Débora. Salgado es profesor mercantil, ha sido auditor interno de Unelco durante casi dos décadas y trabajó años y años para la familia Rodríguez López, de la que guarda un gran recuerdo. Y de su padre, que trajo a La Palma la primera gran máquina de café, una Pavoni, instalada en La Plata Bar de la calle O’Daly.

-Se acabó aquel mundo, Antonio. ¿No crees?

“El mundo nuestro sí, se terminó; ahora existe otro al que procuramos adaptarnos, pero de aquello no queda nada”.

-Era época de penurias.

“Sí, de penurias, pero también de gloria y de educación y de urbanidad”.

-¿Es verdad que has sido una de las pocas personas que ha visto volverse blanco al campeón del mundo José Legrá?

“Aquello fue gracioso. Antes de disputar el campeonato del mundo ante Howard Winstone, don Álvaro Rodríguez López invitó a Kid Tunero, su preparador, y a Legrá, a que vinieran a Tecina (La Gomera) para preparar mejor el combate. En Tecina había sido instalado un gimnasio completo, con ring incluido, y todo el aparataje de entrenamiento y allí se preparaban nuestros boxeadores, entre ellos el gran Sombrita”.

-¿Y qué pasó?

“Pues que don Álvaro me dijo: “Mire, Salgado, acompáñelo usted en la avioneta para no meterlo en el Sancho II (el barco frutero de la familia), no sea que se nos maree”. Yo me mostré de acuerdo”.

-¿Mareó en la avioneta?

“Era una Piper Cherokee que operaba en la pista de la finca, que tenía unos 400 metros y que terminaba, al final, en una montaña de picón. Alfonso Cabello era el piloto y siempre me decía: “Si cojo la pista desde el principio, vale, aterrizo bien, pero si toco tierra a la mitad me para la montaña”.

-¿Y tomó tierra a la mitad?

“No, peor. Antes de la cabecera de pista había un chupón, que hacía bajar la avioneta unos 200 metros. Alfonso lo conocía de sobra y volaba a una altura apropiada para quedar enfilado a la pista y aterrizar, tras superar la corriente de aire, pero me pidió: “No le digas nada a Legrá del chupón, Antonio, y así se prepara para el campeonato del mundo con un susto como el que va a sufrir sobre el ring, porque Winstone es mucho Winstone”.

-Ya me imagino.

“No, no te lo imaginas. Cuando llegó el chupón miré para atrás y vi a Legrá, que es negro como un tizo, blanco como el papel. Pero blanco del todo. Empezó a patalear y a rezar, a maldecir, a gritar, de todo, con aquella vocecita que tenía. Y se preparó en La Gomera para el combate, en Gales, frente a Howard Winstone. Ganó el campeonato mundial de los pesos plumas y noqueó al británico en el quinto asalto. Tuvo un sparring excepcional, que le ayudó mucho: nada menos que Sombrita”.

(La historia, en realidad, tampoco acaba ahí. Antes de partir para Gales, Rodríguez López le envió de nuevo la avioneta para que lo trajera a Tenerife y desde aquí viajar al Reino Unido. Legrá se negó, no había quien lo subiera a la aeronave. Pero sí embarcó en el Sancho II. Les cogió una tormenta y tardaron ocho horas en llegar desde La Gomera a Tenerife. Ocho horas que se pasó vomitando. Y de nuevo Legrá se puso blanco del todo, según Salgado porque el pánico hace posible ese cambio de color. Pero parece que los mareos le sentaban bien, a tenor del resultado de la pelea).

“Legrá era un tío excepcional, extremadamente generoso. Ahora anda muy mermado de facultades, con 78 años. Él decía: “Yo en Cuba subía a un ring por un plátano y un vaso de leche; ahora me dan tres millones de pesetas por noquear a un tío en el segundo asalto. Ese dinero no es sólo mío, lo tengo que compartir”. Y ayudaba a todo el mundo”.

-Antonio, hablemos de la plaza de toros y de su relación con el boxeo. Existe un rico anecdotario.

“Sí, algunas anécdotas son un tanto escatológicas. Una vez se celebraba un combate, no recuerdo cuál, y en medio de la pelea se produce un silencio impresionante. Los boxeadores se golpeaban, se escuchaba el chocar de los guantes contra los cuerpos. En esto que un tío, en la grada, se tira tremendo pedo que, con las condiciones acústicas de aquel lugar, se convirtió en un trueno. De otra parte de la grada surgió una voz, que gritó: “¿Te hiciste sangre, nenel?”. Para qué fue aquello”.

-¿Cómo surgió tu afición al boxeo?

“No lo sé bien, pero en mis libros de texto, de chico, había recortes de combates de Rocky Marciano y de Joe Louis. O sea, que por algo sería. Yo me leía entonces todas las crónicas de Vadillo y de Alcántara; todas. Era mi pasión. Y aquellos combates en la plaza de toros me dieron muchos conocimientos. Había alegría, música, la gente bailaba, era todo un espectáculo, como lo ha sido siempre el boxeo americano”.

-La técnica era muy precaria. ¿No?

“No, qué va. La que imperaba era la técnica. Otra cosa era la cultura general de algunos preparadores. Hay una anécdota que define lo que digo. Una vez, en Bajamar, durante un combate, el preparador Valencia quiso hacer razonar a uno de sus pupilos y le dijo: “Fulano, no te quites la coquina (protección de las partes nobles de los púgiles) porque puede que se te produzca ¡un desprendimiento de retina!”. Las cosas eran así. Recuerdo a muy buenos preparadores: Pampito, Longinos, Santa Cruz, Dos Santos, el propio Valencia, Rogelio Albertos, gente hecha a sí misma, gente de aquí que luchó tanto por el boxeo, en condiciones precarias. Era gente muy honesta y bondadosa, como Tunero, que fue el hombre de confianza de Hemingway en Cuba”.

-Vamos a hablar de Corpas, uno de los grandes del boxeo español. Corpas, que todavía lo puede contar y a ver si un día lo traigo aquí, disputó dos veces el título mundial.

“Y no lo consiguió, por dos injusticias. En el Luna Park de Buenos Aires destrozó el brazo de Nicolino Locche, el Intocable. Locche era un ídolo mundial. El argentino, en ese combate, disputó varios asaltos con un solo brazo. Corpas le inutilizó el otro. Y dos de los tres jueces le dieron ganador, sabiendo que estaban siendo injustos, porque no se atrevían a quitarle el título a Nicolino en Argentina. Le robaron la pelea a Corpas. Y contra Bruno Arcari iba ganando el combate Barrera Corpas y una moneda muy grande lanzada desde la grada le impactó contra una pierna y lo derribó. El árbitro no se dio cuenta de la acción del espectador y dio ganador a Arcari. Dos auténticas injusticias a un púgil nacido aquí, en Candelaria, y que todavía vive entre nosotros. Lo de Arcari fue en el 71 en Liguria, en el asalto décimo, y lo de Locche creo que el mismo año, ambos en el peso superligero”.

-¿En qué lugares estaban situados nuestros púgiles de entonces?

“Muy altos, dentro del ranking del boxeo mundial. La prestigiosa revista The Ring llegó a colocar a Sombrita en el séptimo lugar del mundo y a Corpas en el octavo, en su peso. Una vez se enfrentaron los dos. Sombrita le abrió a Corpas una ceja y lo tiró. Era un superclase, capaz de machacar a sus rivales sin apenas despeinarse. Y un caballero”.

(Hay una anécdota de Domingo Barrera Corpas que define su carácter. Cuando peleó nuestro Ramón Marichal, otro caballero, por el título de Europa con el francés Roland Cazeaux, en el 76, en el peso superpluma y en la plaza de toros, al ver que iba perdiendo el combate el púgil tinerfeño, Corpas se fue para el rincón y le gritó a Marichal: “¡Ramón, dale un cabezazo y túmbalo!”, algo que Marichal, todo estilo y corrección, era incapaz de hacer).

-Te voy a preguntar por algunos boxeadores de la época dorada para que me los definas en una palabra. Bueno, o en dos. Por ejemplo, Sombrita.

“Elegancia”.

-Corpas.

“Ímpetu”.

-Miguel Velázquez.

“Técnica en estado puro y campeón del mundo del Consejo Mundial de Boxeo”.

-Marichal

“Preparación física e inteligencia”.

-Merche.

“Un pegador nato; no le gustaba entrenar, pero era un buen boxeador”.

(Le digo a Antonio que yo conocí al gran Roberto Mano de Piedra Durán en Nueva York. Lo vi varias veces en el Victor’s Café y hablé con él. Me dice que Mano de Piedra estuvo a punto de disputar un título mundial con Miguel Velázquez de aspirante, pero el combate nunca se celebró. Lo mismo que el de Sombrita con Morocho Hernández, en Caracas. Don Álvaro Rodríguez López no dejó ir a Sombrita a Venezuela porque probablemente se olía una encerrona. Y el combate tampoco tuvo lugar).

-Tenerife brilló más que Las Palmas en el boxeo profesional. ¿No es cierto?

“Eran escuelas distintas. En aquella provincia había muy buenos boxeadores. No olvides a Kid Tano, Lelo Suárez, Kimbo y otros muchos. Pero aquí se hacía un boxeo de superior categoría, eso es cierto”.

-Se vivía el boxeo de una forma especial.

“Y se apostaba, incluso fuera de las peleas. A mí me llamaban de madrugada a casa para que aclarara una discusión de bar, con apuestas de por medio, sobre el resultado de un determinado combate. Se vivía este deporte muy intensamente. Una vez, Palenke me dijo que se hacía literatura con el boxeo y era verdad. ¿O es que tú no hacías literatura en La Tarde con aquella sección, Leolandia, que leía todo el mundo?”.

(No nos da el espacio para hablar de la Escuela de Comercio y de su edificio de Manuel de Cámara por el que Antonio ha luchado tanto. De sus tiempos de estudiante recuerda a don Arístides Ferrer, a don Andrés Pérez Faraúdo y a otros ilustres profesores. A profesionales tan distinguidos como don Eduardo Hevia y don Moisés Miguel Gandarillas. De su trabajo en Unelco, una gran empresa, que era ser nada menos que el control de controles y que tanto le costó que algunos entendieran. Una época muy rica en vivencias).

-¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

“No sé si mejor o peor, pero desde luego sí diferente”.

-¿Y aquellos narradores de combates, en la radio, porque televisión no había?

“Pero sí locutores de la talla de César Fernández-Trujillo. Todo lo hacía bien, un partido de fútbol, un combate de boxeo, la publicidad. Tenía un léxico fluido y convertía en muy agradables sus relatos radiofónicos”.

(Tenemos que terminar. Antonio y yo saboreamos los platos de Los Limoneros. Ya no conduce, por un problema en la vista, que no le impide seguir al día de todo. Salgado jamás ha negado una colaboración al medio que se la ha pedido. Ha donado todos sus recuerdos de boxeo, seguramente algunos muy valiosos. Y espero que algún día se le haga justicia a este hombre, que supo también convertir un deporte de golpes y de estilo en pura poesía).

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