Erupción La Palma

Salathiel, la palmera que perdió su granja por el volcán: “Mis hijos me preguntan si aún sigue allí”

La explotación de Salathiel sigue en pie a 400 metros de la boca primigenia, en Cabeza de Vaca, de donde huyó con sus animales aquel “terrible” 19 de septiembre

Dos bomberos trabajan en una de las zonas afectadas por la erupción del volcán de La Palma EUROPA PRESS

“¿Por dónde empezar?”. Es lo que se pregunta Salathiel, una ganadera cuya explotación sigue en pie tras casi dos meses de la erupción y a solo 400 metros de la boca primigenia del volcán.


La granja, de paredes blancas y casi totalmente sepultada, sigue allí, testigo mudo del bramido del volcán y de la ausencia de la dueña, que escogió levantarla y vivir del sector primario para sacar adelante a sus dos hijos, de 12 y 14 años, a los que ha criado sola, y que cada día, en la casa de 50 metros cuadrados que comparten ahora con abuelos, tía y primos desalojados, le preguntan si “¿seguimos teniendo la granja? ¿ya se la llevó el volcán mamá?”. Así es la nueva vida de Salathiel, que apostó por el sector primario y la ganadería una década atrás.


“De toda esta situación lo que más pienso, una y otra vez, es todo el tiempo que renuncié a ver crecer a mis hijos por una granja que ahora es del volcán; no sé si volveremos, pero yo quiero creer que sí, que saldremos de toda esta destrucción para volver y tener el medio de vida por el que he trabajado tanto”, indicó. Salathiel no puede evitar pensar en que no pudo salvar a todas sus cabras: “No quería que murieran de aquella manera, salvamos a todas las que pudimos, pero teníamos que salir de allí”. Habla de “aquel día” que empezó como un domingo cualquiera y que terminó con toda su vida transformada, no sabe si para siempre. Sus animales le hablaban a su modo. Explica que “las cabras son animales muy independientes, buscan su propio espacio, pero ese día se mantenían muy juntas, pegadas unas a las otras, y ni siquiera querían echarse”.


Salathiel ha vivido muchos días de angustia y, aunque lucha por evitarlos, sigue en ellos. El trabajo que en su granja le llevaba ocho horas, ahora se triplica. Su explotación se ha convertido en un símbolo de la resistencia del sector primario. Está al norte de la boca del volcán, a 400 metros de la que se abrió en la montaña y que creció de forma lineal hasta llegar a crear otras nueve. De su granja, de su producción y de toda la inversión a modo de préstamos y créditos para “hacer obras en favor del bienestar animal”, en lo que creía una apuesta segura que solo dependía del trabajo de sus manos y de su esfuerzo, queda una instalación vacía de vida, llena de arena y medio derrumbada a donde sueña con volver.


Todo aquello, a unos pocos kilómetros, pero como recuerdos de una vida que se le desdibuja, que ha cambiado por un espacio cedido temporalmente de forma solidaria para sus más de 160 cabras, una ordeñadora prestada y un sobreesfuerzo diario para luchar por algo que quiere creer que tiene sentido.
Para Salathiel, que corrió bajo las piedras que lanzaba el volcán a menos de 500 metros de donde se encontraba con su hijo de 14 años, su pareja y un amigo aquel 19 de septiembre, “es una suerte que en todo este tiempo apenas haya podido pensar en la situación. Ahora sí me planteo buscar ayuda y enfrentarme a lo que me está pasando. A veces siento que esto no nos está ocurriendo a nosotros”. Esa sensación es sustituida por otras. “Al momento siguiente, sé que no podemos elegir, que no puedo sino seguir adelante, continuar luchando por mis niños”.


Entre las esperanzas, como en las de las miles de personas desalojadas, el posible regreso a su hogar en la carretera de San Nicolás, ahora rodeado por metros de la persistente y fina arena del volcán, pero en pie de la lucha, de momento ganada, frente a la guerra contra la ceniza.