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Las anécdotas de su vida, el mejor regalo para Emilio

Cande Hernández escribió el libro 'Historia de un inmigrante' en el que cuenta las historias que escuchaba de su padre, expropietario del bodegón que aun lleva su nombre y que cumplió 90 años
Emilio junto a su esposa Maricarmen y su hija Cande, autora del libro que relata su vida. Fran Pallero

Emilio tenía nueve años cuando fue a ver con su madre a Candelaria, su vecina en el Camino de Chasna, que había dado a luz. Cuando vio a la bebé en la cuna dijo inmediatamente: “con esta niña me caso yo”. Y así fue. Catorce años después le pidió a Maricarmen, su esposa, que fueran novios y ella aceptó. Tenía 14 años pero también las cosas muy claras así que le puso “sus condiciones” y una de ellas era que no fuera a beber solo a las bodegas. “Pero a mí no me hacía falta porque yo la bodega la tenía en casa y venían los hombres a beber allí”, bromea.

En el medio, en concreto en 1957 y con 26 años, Emilio Hernández Báez se fue a Venezuela porque quería traerse 200.000 pesetas para comprar una casa. Lo hizo porque al proponerle casamiento a Maricarmen y que se fueran a vivir a la parte de arriba de la vivienda de sus padres, su esposa se negó porque quería su propia casa. La única forma de conseguirla era irse a trabajar a Venezuela, en ese entonces, “una tierra llena de oportunidades”.

“Yo veía que mucha gente se iba y se traía el dinero así que decidí intentarlo en dos años aunque después tardé un poco más”, cuenta.

La familia no puso reticencia. Su padre también había marchado a Cuba con el mismo propósito así que le repitió las mismas palabras que escuchó del suyo cuando se marchó: “Tú ya eres grandito y si quieres ir no te voy a poner impedimentos, si puedo ayudarte, te ayudo”.

Llegó a Caracas y trabajó construyendo el hotel Macuto Sheraton, el primero de la cadena en Latinoamérica y el Caribe. Luego se fue al estado de La Guaira. Vivió el golpe de estado de Marcos Pérez Jiménez y tras este acontecimiento volvió a Caracas y trabajó en la empresa viajes y mudanzas hasta que un primo que también había emigrado, le ofreció ir a cosechar cebollas en el estado Lara. En la última cosecha llegó a perder varios kilos porque llovió mucho en un lugar en el que no era frecuente y le obligó a retrasar su regreso casi un año.
Mientras tanto, Maricarmen lo esperaba en La Orotava encerrada en su casa “porque no podía ir sola ni a misa por si algún chico me echaba el ojo”, bromea la mujer.

Al regresar, compró un solar en la Candelaria del Lomo, se puso a construir y tal y como lo había planificado, la pareja se casó y formó una familia con cuatro hijos, Maricarmen, María Dolores, Emilio y Cande.
Emilio había aprendido a cocinar en la ‘mili’, así que además de llevar la bodega familiar montó un bodegón debajo de su casa que atendía junto a su esposa y al que más tarde se sumaron sus hijos. Un establecimiento muy conocido en la Villa que todavía hoy lleva su nombre.

Tiene cientos de anécdotas en torno a la comida, porque siempre “fue un comelón” y quiso cocinar, algo “raro” para un hombre de esa época. Su madre y su hermana trataban en vano de convencerlo para que no lo hiciera, pero él hacía caso omiso. Es más, también fregaba los platos.

Cuando llegó al cuartel, en Las Palmas, había una vacante en la cocina. Confesó que no sabía cocinar pero que quería aprender. Y como a veces vale más la actitud que los conocimientos, lo tomaron e inmediatamente le dieron la llave de la despensa “y me quedé más contento que si me hubieran mandado para casa”, asegura riéndose.

En una ocasión hizo una salsa, empezó a cortar la carne y mientras pelaba las papas iba “picoteando” un poco de carne. En un momento se dio cuenta que no quedaba más. “Me comí la carne de todo el regimiento”, apunta felíz. No sabía bien que hacer hasta que llegó la cocinera y la única solución que encontraron fue reemplazarla por tocino. “Le di cinco hervores. La hervía y le quitaba el agua y así varias veces. Los compañeros me felicitaban por lo buena que estaba y yo les decía que era un plato típico canario”, cuenta pícaramente.

Todas estas anécdotas y más fueron recogidas en el libro Historia de un inmigrante, escrito por su hija Cande, en el que cuenta las anécdotas e historias que escuchaba de su padre.

Un día decidió escribirlas para que no se olvidaran. Tomaba notas a mano que después pasaba a ordenador pero nunca tenía tiempo para hacer un orden cronológico e hilvanar los relatos. El confinamiento hizo lo suyo y durante los días de Semana Santa del año pasado, “en los que no se podía hacer nada”, retomó el libro en el que el 90% es verídico aunque se tomó cierta “licencia literaria” para que fuera más entretenido, añadió “algún invento” y cambió los nombres de algunas personas conocidas.

Se lo regaló el 16 de octubre, en su 90 cumpleaños. Le entregó el paquete pero él no se dio cuenta que era la historia de su vida hasta que empezó a ver las fotos. “Es el libro”, dijo Emilio sorprendido. La portada la diseñó Laura, una de sus nietas, que es graduada en Bellas Artes. El mejor obsequio para resumir una vida singular, llena de emociones, que simboliza además lo que muchos canarios vivieron a mediados del siglo pasado.
Historia de un inmigrante no solo es un homenaje a su padre sino también a todas las personas que han pasado la misma situación en búsqueda de un futuro más próspero pero lejos de sus seres queridos.

Cande siempre estuvo orgullosa de su padre porque fue un adelantado a su tiempo, en el que abundaban los prejuicios. El matrimonio tenía niños pequeños, el bar, Emilio se había comprado un furgón con el que repartía el pan de pan de dos panaderías, fruta y verdura y cuando llegaba a su casa y veía a su mujer que no daba a basto con los cuatro hijos la ayudaba sin problema con los quehaceres de la casa, desde la comida hasta tender la ropa. Y aún hoy lo sigue haciendo. “¿Que van a decir las vecinas?”, le decía Maricarmen, Pero a él poco le importaba.

Su esposa siempre quiso estudiar pero no pudo hacerlo cuando era joven porque le tocó vivir una época en que las mujeres solo aprendían las cuentas básicas y las labores de la casa. Siempre le quedó esa “penita”. Por eso cuando alguna de sus hijas no quería hacerlo, ella les decía que “en estudiar está la ventaja para no depender nunca de nadie”, y pensó que la mejor manera de ayudarlas era estudiar con ellas. Primero sacó con Maricarmen y María Dolores el curso de puericultura y montaron la guardería Yacky en un local anexo a su casa y luego el bachillerato nocturno, al que también se sumó Cande. Llegó hasta segundo pero no pudo terminar porque coincidió que se enfermó su madre y tuvo que atenderla.

A Emilio profesiones no le faltan. Le echó mano a lo que hiciera falta. Puede presumir que trabajó en el campo, cavando pozos, picando piedras, en las bodegas, construyendo hoteles, regentando un bodegón, repartiendo pan, frutas y verduras, haciendo mudanzas, y plantando cebollas.

Siempre le inculcó a sus hijos que no había trabajos indignos sino que lo indigno era no poder comer y vivir bien. Y les aconsejó que “hicieran lo que hicieran, que fuera lo mejor posible, con gusto y ganas”.

Este hombre, muy querido en la Villa y al que una vez alguien le dijo que no iba a llegar a los 45 “y sin embargo los doblé”, alardea también de haber conocido a sus bisabuelos y a sus bisnietos, en total, a siete generaciones.

“¿Pero sabes de lo que estoy más satisfecho?”, me pregunta. No deja siquiera que balbucee y responde al instante: “De que las nuevas generaciones han salido todos estudiosos, mis hijos, mis nietos y mis bisnietos”, añado.

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