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Juan Domínguez del Toro, el concejal que potenció el sentir liberal del pueblo santacrucero

Ayer falleció quien fuera en los años 70 edil responsable de Fiestas en el Ayuntamiento de Santa Cruz y gran impulsor del Carnaval chicharrero, tanto durante su faceta pública como en la empresarial
Juan Domínguez del Toro, en su etapa como concejal del Ayuntamiento Santa Cruz de Tenerife. DA

Con el fallecimiento de Juan Domínguez del Toro, quien en diferentes periodos formó parte del Consistorio santacrucero, se pierde uno de los mayores archivos de recuerdos que por sí solo podría describir con intachable fidelidad nuestra reciente historia. Pese a su carácter jovial y la atenta disponibilidad que mostraba para contar de forma distendida el acontecer no pudimos nunca entrevistarle, pues entendía que existen razones que han de prevalecer en el ámbito de la confidencialidad.

“Cuente eso si usted quiere, pero no me nombre”, era la frase habitual con la que redondeaba lo narrado, cuando nos encontrábamos en su oficina, coincidiendo ocasionalmente con su amigo y compañero Andrés Miranda Hernández, en la empresa familiar Productos Envasados SA (Pesa), el mundo del azúcar, que importaba desde las islas del Caribe, garantizando a sus clientes la mejor calidad. Si existiera un nivel para calibrar el sentir santacrucero, a Juan Domínguez del Toro habría que situarlo más allá del tope de la excelencia. Ese rasgo le vino de cuna y lo compartió con su esposa Mónica, trasmitiéndolo a sus hijas María Mónica y Juana María, y a su nieta Gema. En el Ayuntamiento lo demostró sin límites, siguiendo el devenir de las entretelas administrativas, desde la posición de privilegio que le dio formar parte del grupo de concejales en las alcaldías de Pedro Doblado Claverie, Javier de Loño, Ernesto Rumeu de Armas y Félix Álvaro Acuña Dorta.

A Juan Domínguez del Toro correspondió la compleja tarea de atender a los vecinos de Cabo Llanos directamente afectados por la ejecución del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) del arquitecto Luis Cabrera, siendo alcalde Ernesto Rumeu. Se inauguraba un nuevo tiempo para la capital insular, que cambió por completo la fisonomía de aquellos barrios y dio paso a fortalecer el vecindario en La Salud con las Mil Viviendas.

Domínguez del Toro conocía una a una a las familias, desde San Telmo a Regla, con las que dialogaba y trataba de arbitrar hacia la mejor solución. Luego vendrían otros añadidos, dando paso a lo que alguien ha llegado a denominar la manhattanización de la zona. En diferentes momentos contamos con su atenta aclaración a las ocasionales dudas. A una simple pregunta llegaba pronta su voz con un borbotón de recuerdos, con precisión exacta del momento, como cuando nos contó el hecho casual que le hizo adquirir en el muelle un cargamento de tinajas de barro que iba destinado a un puerto sudamericano, y que a un precio casi simbólico dedicó al ajardinado de un tramo de las Ramblas, frente al García Sanabria. El Carnaval le pudo, desde que junto a su compañero en la Corporación Ernesto de la Rosa comenzó a formar parte de la Comisión de Fiestas, ubicada inicialmente en un pequeño espacio en la planta baja de la Recova Vieja, frente a la taquilla del Guimerá. Poco después, tras el traslado de la Policía Municipal, pasaron a la primera planta de ese inmueble, contando con el buen hacer de funcionarios modélicos como Aproniano Palenzuela y Juan Viñas, pilares fundamentales que permitieron poner en marcha el complejo organizativo en el que con tantos desvelos trabajó, atento a los grupos, que requerían del apoyo que ejemplarmente supo dar. Junto a Juan Viñas, el eficaz gerente de las Fiestas, hizo que el Carnaval tinerfeño recuperara su ancestral cauce de libertad y que lo engrandeciera, superando viejos corsés. Como muestras baste citar el “entierro de la sardina” de 1978, primero tras décadas de silencio, con el reparto de centenares de sábanas y la consigna del respeto, que sumó un apagón no programado, fruto de la acción reivindicativa de los empleados de Unelco, y que no deparó ningún signo de alteración, pues entonces la ciudadanía destacaba por el alto valor cívico, del que hacía gala cada carnavalero, al ser el mejor defensor de la fiesta como espacio ganado para la convivencia.

Años más tarde, en 1985, hizo posible junto al Cabildo, presidido por José Segura, que nuestro Carnaval diera una de sus mejores muestras de autenticidad en Europalia, desembarcando en Amberes, en el inicio del proceso de adhesión de España a la UE. Juan Domínguez del Toro quiso sin límites al Carnaval y defendió en todo momento el hacer de cada carnavalero y de cada grupo, pues entendía que la ciudadanía, y por ello los responsables políticos, debe prestar la mayor atención y apoyo. El mundo del Carnaval le supo homenajear en repetidas ocasiones.

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