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Se vende la “mayor colección de radios antiguas de Canarias”

Vladimiro Regalado, vecino de Guaza, propietario de 360 aparatos exclusivos adquiridos por toda Europa, pone en venta la colección completa tras no hallar apoyo institucional para montar un museo
Vladimiro Regalado
Vladimiro Regalado muestra parte de su colección de radios antiguas que ha comprado durante su vida por toda Europa y que guarda en su casa de Guaza. J.C.M.

Son casi tantas radios de todas las épocas como días tiene el año, 360. Vladimiro Regalado Armas, vecino de Guaza (Arona), las ha ido adquiriendo durante toda su vida para dar forma al museo particular que ha montado en su casa y que guarda como un tesoro.

A sus 67 años, este jubilado natural de Los Cristianos, mira hacia atrás y recuerda el origen de su pasión por los viejos aparatos, que descubrió de niño cuando le arregló el televisor en blanco y negro a su madre, y que confirmó cuando, con 21 años, recién llegado a Suecia, presenció en una fiesta local el combustible que utilizaban para prender las hogueras: “La gente tiraba sillas, muebles y ¡radios antiguas! Intenté salvarlas, pero me decían que no se podía tocar nada. Aquello me dolió y dije: voy a juntar todas las que pueda y aquí no se quema ni una más. Y así empecé a coleccionarlas”.

Vladimiro dejó entonces de fumar para comprar viejos aparatos. Ahí se inició su gran pasión. Hoy no sabe lo que tiene, en términos económicos, en una habitación que se ha quedado pequeña para almacenar tanta historia y apilar tantos recuerdos. De hecho, por falta de espacio, algunas de las adquisiciones las guarda en un taller contiguo, donde cuenta con el material necesario para las reparaciones.

“¿Cuánto puede valer esto? No tengo ni idea, pero aquí hay una fortuna. Todos los aparatos son originales, exclusivos, algunos todavía funcionan. Hay marcas rusas, suecas, danesas… hasta argentinas. Su verdadero valor es que ninguno de ellos se puede comprar hoy”, explica a DIARIO DE AVISOS, mientras subraya los costes que ha tenido que asumir para formar una colección única: “Los he ido comprando en Suecia, San Petersburgo, Letonia, Noruega, Dinamarca, Polonia, Alemania, Francia… He hecho kilómetros y kilómetros para irlos a buscar y traerlos del extranjero me ha costado una pasta: que si el gasto de un furgón, la gasolina, hoteles para dormir, el viaje en barco a Tenerife…”

Entre las joyas del museo doméstico se incluye “la radio que mandó a construir Hitler para el pueblo. Igual que Alemania eligió el Volskwagen como el coche para la gente, Hitler encargó este modelo [muestra un ejemplar de chapa negra y forma rectangular] para popularizar la radio”. Vladimiro también muestra orgulloso un dispositivo de fabricación nórdica con coronas suecas estampadas en el cristal que data de las primeras décadas del siglo pasado.

Preguntado por las unidades de mayor valor sentimental o económico, este ingeniero de aguas, que sigue viajando los veranos a Suecia para reparar calefactores y aparatos de aire acondicionado, reconoce que “es difícil”, porque “cada uno tiene su encanto y su historia, y no puedo decir este es más bonito que el otro”.
“¿Ves esta radio de capilla? ¿o esta de galena con lamparita de principios del siglo XX? ¿o esa radio marina para comunicaciones desde alta mar capaz de leer las señales morse de los faros?: ¿cuánto pueden valer? Pues para el que no ama la radio seguramente no valen nada, pero para el que la quiere paga lo que sea, porque no las va a conseguir en ningún sitio?”, explica.

Después del recorrido por la historia del siglo XX a través de 360 modelos de radio de distintas etapas, a la pregunta de por qué no ha montado una exposición con tan preciado material, Vladimiro lo achaca a la “pasividad” y la “falta de sensibilidad” de los ayuntamientos. “No hay concejales que aprecien qué significa esto. Alguno del Sur ha venido por aquí y ha dicho: ¿Dónde pongo yo esto? Es como si yo te regalo tres sacos de papas y tú, con hambre, me dices ¿dónde los pongo? Esto es cultura, pero esa gente no lo sabe, no tienen la conciencia suficiente como para hacer de esto un museo público”.

Ahora, ya cansado de que su mensaje no se escuche en la misma longitud de onda por los políticos, anuncia a través de este periódico que pone en venta la colección entera. “Toda junta, no por separado”, aclara, aunque reconoce que no ha fijado su precio: “¿Qué cuánto voy a pedir? La verdad es que no lo sé”, consciente de que no existe un medidor que determine el coste de la pasión de toda una vida.

Vladimiro quiere vender una parte de la vivienda -una doble habitación adosada a su casa- con su tesoro dentro. “Siempre pensé que la colección sería un éxito y que se podría montar un museo de la radio en una zona como Playa de Las Américas, pero no hay ilusión, así que ya lo tengo decidido: lo vendo todo y fuera”. Ese todo incluye el taller con las herramientas necesarias y diferentes recambios para reparar cualquier radio, entre ellos más de 1.000 lámparas y alrededor de 500 agujas de pick up y tocadiscos, “ahora que el vinilo resurge con fuerza”, apostilla.

Además, en el almacén conserva una gramola sin pilas del año 1908, una colección de discos originales de Elvis Presley, revistas de los años 50 y grandes pilas originales de un voltio y medio. “El que quiera montarse un museo, ya se lo doy hecho”, comenta.

El coleccionista de Guaza, oyente diario de radio, reconoce que cuando alguien visita su vivienda, una casa próxima a la autopista del Sur, se queda “asombrado” y subraya que no existe ninguna exposición de este nivel y de este tamaño en Canarias: “Ni la he visto ni me consta”.

Admite que le da “mucha pena” desprenderse de la niña de sus ojos. “Me rompe el corazón, pero si me muero, ¿qué va a pasar con esto? ¿le prenden fuego?”. Su comentario nos da pie para hacerle una última pregunta: ¿Y si tuviera tiempo de salvar un aparato de las llamas, qué radio elegiría? “Pues la primera que coja, y si es necesario me quemo para salvarla”.

De los discursos de Hitler a la llegada a la Luna

A Vladimiro Regalado se le enciende la mirada cuando entra en su mundo, una doble habitación donde almacena los recuerdos de toda una vida repartidos entre casi 400 aparatos de radio adquiridos a lo largo de su vida por toda Europa y que hoy reposan en silencio tras ser testigos de gran parte de la historia del siglo XX. Sus altavoces han emitido discursos de Hitler, partes de la Guerra Civil, el anuncio del descubrimiento de la penicilina o la llegada del hombre a la Luna

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