cuadernos de la periferia

La vida en un lugar sitiado por la guerra

Dice Abdallah Al-Khatib, director del documental 'La Pequeña Palestina. Diario de un sitio' que él y sus amigos no podían creer lo que les estaba pasando cuando el Gobierno sirio decidió, en 2013, sitiar Yarmouk
Abdallah Al-Khatib
Abdallah Al-Khatib

Dice Abdallah Al-Khatib, director del documental Little Palestine. Diary of a Siege [La Pequeña Palestina. Diario de un sitio] que él y sus amigos no podían creer lo que les estaba pasando cuando el Gobierno sirio decidió, en 2013, sitiar Yarmouk, zona de refugiados palestinos ubicada a ocho kilómetros de Damasco, capital siria, entre 1957 y 2018. En ese lugar, convertido con los años en un auténtico barrio, habían nacido y crecido. “Nosotros teníamos una vida normal. Estudiábamos, íbamos a la universidad, quedábamos con nuestros amigos sirios, bailábamos, amábamos, teníamos sexo. Y todo eso cambió de repente”, comentaba hace unos días justo después de que se proyectara su documental dentro de la 15 edición del Festival MiradasDoc, que se ha celebrado en Guía de Isora entre el 4 y el 12 de marzo.

El horror no siempre aparece gradualmente. A veces amaga, se relaja, vuelve a amagar, hasta que da el zarpazo y tu calle se llena de tanques rusos y empiezan a caer los muertos. O tu zona se convierte en objetivo de los ataques del Gobierno, que fue lo que le ocurrió al campo de Yarmouk, considerado por régimen sirio de Bashar al-Assad como un nido de rebeldes durante la terrible guerra civil que comenzó en 2011, tras las protestas contra el Ejecutivo de sectores políticos que demandaban una democratización del país, alentados por la Primavera Árabe que había triunfado en Túnez y Egipto. El bullicio de Yarmouk, hogar para unos 160.000 palestinos antes de la guerra, se fue rompiendo poco a poco, especialmente a partir del sitio, dejando escenas de guerra que Abdallah -sin ninguna formación cinematográfica hasta entonces- y sus amigos comenzaron a filmar poniendo la mirada en lugares esenciales: ese puesto de comida que solo tenía hojas de tunera para vender, los alimentos que llegaban de la ayuda humanitaria; el ruido de las bombas y los disparos; niñas con cara de hambre moviendo la boca como si masticaran el aire; un joven pedaleando con una sola pierna; la madre de Abdallah, sanitaria, visitando a ancianas muy deterioradas…Sin comida, sin medicinas, sin poder entrar ni salir.

También llevó su cámara a las constantes protestas que intentaban romper el sitio, y que acababan con disparos de las fuerzas de seguridad sirias. “Yo no quería dar una imagen de pena, sino mostrar que, en cada conflicto, el pueblo siempre encuentra una forma de resistir. Y poner la luz en esa resistencia”, explicaba Al-Khatib durante el encuentro que tuvo con el público tras la proyección del documental.

En ese proceso jugó un papel fundamental la memoria de los mayores que tuvieron que dejar Palestina cuando eran niños por la ocupación israelí. “Tanto a ellos como a nosotros, las generaciones más jóvenes, esa memoria nos ayudó a sobrevivir”, contaba fuera de la sala. El director paseó y paseó por las calles de Yarmouk charlando con mujeres que surcaban ya los setenta y se negaban a abandonar el barrio. O ancianos de dientes amarillentos por el tabaco que cantaban y vociferaban con humor para espantar las amarguras.

La infancia tiene también una presencia fundamental en ‘Little Palestine’. El director escucha atentamente las reflexiones de los niños. O sus sueños, que van desde comer pizza o pollo asado a poder volver a ver a un hermano muerto. “Yo pasaba una gran parte de mi tiempo con los niños. Eran una fuente de inspiración”. Y explica que esa forma de pensar “instantánea” que tiene la infancia, “en el presente”, hizo que maduraran mucho durante el sitio. Pero vivir el ahora, cuenta, también les permitía cambiar de estado de ánimo con facilidad. “Si los niños encuentran algo para comer, ya están felices. Las personas mayores siempre piensan a largo plazo y eso siempre les produce cierta tristeza”.

En 2015, el director tuvo que huir del barrio expulsado por el DAESH, que consiguió penetrar en el campo y controlar algunas zonas. Tardó un año en llegar a Alemania después de pasar por el norte de Siria y por Turquía, aunque tuvo la suerte de no tener que hacer el viaje atravesando el mar, como le ocurrió a miles de refugiados sirios. Ahora vive en Berlín. Su madre y sus hermanos también están en Alemania.

Yarmouk fue completamente desalojado en 2018, aunque a partir de 2020 comenzaron algunos reasentamientos. Su madre volvería, pero él no, asegura mientras toma un té rojo después del almuerzo. Tampoco sabe a dónde le gustaría ir. Mientras, hace un segundo documental contando la vida de algunas de las personas que vivieron en el campamento. Entre ellas, tres niñas que ahora estudian Economía, Medicina y Danza en Francia. Así, contribuye a mantener la memoria y el relato de la diáspora palestina.

Mirando a Ucrania, asegura que muchos países occidentales han tenido una sensibilidad con los refugiados de ese país que no han mostrado con los de otros lugares. “Si fuéramos rubios y de ojos azules, la cosa habría sido diferente”, comentó ante el público. Fue duro escucharlo. Pero así son las cosas.

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