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Jóvenes extutelados: “El sistema solo se preocupa hasta que cumples 18; luego, te botan”

Cuatro chicos en un piso de emancipación gestionado por la Asociación Nahia cuentan sus vivencias a DIARIO DE AVISOS: “Nos tratan como personas raras, problemáticas, y no lo somos”
Zuleima, Mónica, María e Imad, en el piso de emancipación que la Asociación Nahia gestiona en La Laguna | SERGIO MÉNDEZ

Un menor es declarado en desamparo y acaba internado en un centro de la red de protección estatal. Al cumplir la mayoría de edad, es reubicado en un piso de emancipación, recurso en el que permanece durante un año, hasta que el sistema determina que, o ha alcanzado los objetivos marcados -en esencia, conseguir trabajo-, o está abocado a la exclusión. Esta es la historia que persigue a Imad, Mónica, Zuleima y María, cuatro jóvenes que proceden de entornos distintos, pero que comparten haber sido tutelados por el Estado. Ahora, viven bajo el mismo techo, en un apartamento que la Asociación Nahia, de la mano de la Fundación CajaSiete, ha habilitado en La Laguna para darles la oportunidad de formarse y crecer como una improvisada familia.

Imad, de 18 años, es marroquí. Cuando tenía 15, dejó todo atrás para subirse a una patera, donde pasó cuatro días de penurias en el mar -avería del motor incluida-, hasta recalar en Lanzarote y, más tarde, ser trasladado a Tenerife. En los meses previos, según cuenta a este periódico, tuvo que trabajar en un aparcamiento para costearse el trayecto, del que desconocía si saldría con vida. Desde entonces, su día a día se basó en aprender español y adquirir conocimientos para desenvolverse en un entorno hasta ese momento desconocido para él.

Hace poco, cuando cumplió el periodo máximo de estancia en el centro de menores, su trabajadora social lo recomendó para incorporarse al piso de Nahia. Así fue como entró en contacto con Laura Sosa, la presidenta de la entidad, y, tras pasar la entrevista, comenzó a formar parte del proyecto, financiado por la Dirección General de Juventud del Gobierno de Canarias. Imad recuerda que en Agadir, su localidad natal, “era buen estudiante”, tenía el equivalente a la ESO y cursaba estudios de Bachillerato. Una vocación por aprender que no ha perdido. Cuenta orgulloso que ya ha completado 14 cursos de distintas materias, tiene varios certificados de profesionalidad y se está sacando el carné de conducir. Además, trabaja como auxiliar administrativo en Nahia.

El punto de partida de Mónica (19) es diferente. Nació en Brasil, y ya allí “estaba en el sistema”. Tuvo varias familias de adopción, pero las piezas parecían no encajar. Es por ello que la propusieron para entrar en el programa internacional. De ese modo, explica que dio con quien hoy llama “padre”, que la trajo a Tenerife. No obstante, al cabo de unos años su relación “no funcionó”, así que “entré en la red de protección de menores”, prosigue. De nuevo, le tocó una vida nómada, de centro en centro, hasta aterrizar finalmente en el recurso de Nahia. Ahora, cursa un ciclo formativo en Integración Social, y se plantea hacer la EBAU para acceder a la universidad y estudiar el Grado en Psicología. Para ello, dice, cuenta con el apoyo de Laura, que, cual Pepito Grillo, le susurra al oído para que nunca se dé por vencida.

Y es que la presidenta de la asociación actúa, para algunos, como una especie de ángel de la guarda. Es el sentimiento que transmite María (22), natural de Tenerife. Llevaba en el sistema de menores desde los ocho años, hasta que, al igual que a sus otros compañeros, se le acabó la red de protección. Entonces, afirma que “me ofrecieron un piso de emancipación”. A priori, una buena opción, salvo porque, asegura, “no me permitían seguir estudiando; tenía que encontrar trabajo, y podía estar como máximo un año”. De pequeña, Laura había sido su educadora, y, una vez más, acudió a su llamada de auxilio: le tendió la mano para hacer realidad su sueño de estudiar Magisterio. Primero, culminando un ciclo en Educación Infantil; próximamente, confiesa que pretende sumarse al carro universitario, a pesar de reconocer que es un arduo camino.

En cuanto a Zuleima (21), su caso es una demostración de las lagunas que aún carga el sistema. “Estuve de pequeña en centros de menores”, empieza relatando. Entre medias, volvió con su madre, si bien el reencuentro no cuajó y volvió a un centro. Pasó por varios pisos, pero acabó quedándose en situación de calle. Nadie parecía entenderla. “Me tuve que buscar la vida robando y trabajando en negro”, admite. Luego, la recogió su padre, que tiene problemas con el alcohol, por lo que la convivencia tampoco resultó fácil. Finalmente, aparecieron en su vida Laura y Lidia, la vicepresidenta de Nahia, que dieron con la tecla adecuada para que recuperara la ilusión por seguir adelante: “Hice el certificado de profesionalidad de peluquería y ahora estoy haciendo el de Administración. El año que viene me gustaría entrar en el ciclo de Integración”.

Vistas las experiencias que les preceden, reflexionan, en conversación con DIARIO DE AVISOS, acerca de lo que implica ser un joven extutelado: “Nos tratan como personas raras, problemáticas, y no lo somos. Lo que pasa es que cargamos con nuestra propia mochila”. Ese conjunto de vivencias es el que, según explican, les ha llevado a constituir una asociación juvenil. En un inicio, se iba a llamar Jóvenes de Nahia, en honor a la entidad que les había sacado del limbo administrativo entre salir de un centro y adentrarse en la educación superior o el mercado laboral. Pero el Registro les echó para atrás la solicitud. La solución, por curioso que parezca, la hallarían en un viaje a Gran Canaria: acudieron a la isla redonda para unas jornadas de convivencia, y se creó tan buen clima, que decidieron aprovechar el nombre del hotel en el que se quedaron, Faycán. Así nació Jóvenes de Faycán, ya presente en las redes sociales Instagram y Twitter.

Una organización que surge “para brindar apoyo a los que están en la misma situación que nosotros”, detallan, ya que “salir de un centro y no saber a dónde ir es difícil”. “El sistema solo se preocupa hasta que cumples 18; luego, te botan”, zanjan. Partiendo de esas premisas, expresan su deseo de crear El Espacio del Té: “Hay algunos chicos que tienen inseguridades, no se pueden expresar. Queremos un espacio en el que, una vez por semana, podamos hablar con tranquilidad”.

Preguntados sobre el piso en el que cohabitan, indican, con la perspectiva que otorga el tiempo, sentirse sorprendidos por el buen clima que reina en su nuevo hogar. “La verdad es que, a pesar de tener diferentes personalidades y culturas, nos llevamos bien. Tenemos nuestras cosas, como en todas las casas, pero no nos peleamos. Por lo que hemos vivido, sabemos valorar más las cosas. No aislamos a nadie. Nos sentimos unidos”, concluyen.

Sobre la relación con sus respectivos padres, hay asimetría: Imad envía dinero a su madre a Marruecos, con la que sigue en contacto; Mónica no llegó a conocer a sus padres biológicos, y de Tenerife, se lleva, especialmente, con sus tíos y su abuela; Zuleima visita de vez en cuando a su madre y se habla con algunos de sus hermanos, y María aún mantiene vínculos con su madre, que tiene una discapacidad moderada. En ese marco, Nahia y Faycán se refuerzan como una familia.

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